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Martes 19.05.2020 - Última actualización - 22:01
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Por David Groisman (*) y Agustín Botteron (**)

Reconstruyendo mejores ciudades

 Crédito: Pablo Aguirre
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Por David Groisman (*) y Agustín Botteron (**) Reconstruyendo mejores ciudades En Santa Fe, si bien se vienen implementando políticas públicas en favor de la pirámide de movilidad sostenible, algunos grupos presionan por cambios más profundos respecto al uso y jerarquización de las bicicletas y el peatón.

Por David Groisman (*) y Agustín Botteron (**)



Las ciudades cambian lentamente, al menos en sus aspectos estructurales. Sin embargo, un impacto repentino, un evento de gran escala como la pandemia del COVID-19, puede provocar transformaciones de fondo en un corto plazo.

 

Actualmente se observan cambios provisorios en la movilidad y el comercio. Sin embargo, es de esperar que varios de ellos se prolonguen en el tiempo, e incluso sean permanentes. Por ello, es necesario asegurarse que los cambios en las ciudades mejoren la vida de las personas.

 

Las transformaciones en las ciudades son paulatinas. Las fachadas, monumentos, plazas, la red de calles y demás elementos físicos permanecen intactos durante años. Algo similar sucede con los hábitos y costumbres de las personas y las instituciones. Existe una inercia que podría atribuirse a la renovación generacional de la población, a los períodos de gobierno, incluso al avance y penetración de la tecnología en la sociedad. El crecimiento demográfico es uno de los motores de cambio y en ese sentido, por ejemplo, la población de la Ciudad de Buenos Aires no ha cambiado sustancialmente en los últimos 50 años. Una prueba fehaciente de la lentitud de los cambios es que el código urbanístico se modificó recién el año pasado, después de más de 40 años.

 

Los procesos de transición son lentos, hasta que aparece una fuerza mayor que detona intervenciones como las que tomaron lugar en Buenos Aires a principios del 2016. La peatonalización de la Avenida Corrientes, la construcción del Paseo del Bajo y los viaductos, esos trenes elevados que lograron quitar más de 25 barreras y abrir calles donde antes había vías que limitaban la circulación, son algunos ejemplos de las transformaciones sustantivas que cambiaron la fisonomía de la urbe. En la Ciudad de Santa Fe, por su parte, las inundaciones de 2003 y 2007 fueron los detonantes para un cambio de dirección en la conducción de la ciudad y la implementación de políticas públicas y obras de infraestructura en línea con la gestión del riesgo de desastres y la resiliencia urbana.

 

Los ciclos económicos argentinos también constituyen grandes barreras que no siempre permiten que los presupuestos puedan costear grandes obras de infraestructura. Sin embargo, en la actualidad un factor totalmente externo como una pandemia y su consecuente cuarentena están impulsando cambios fundamentales que tendrán impacto en la morfología urbana y en la vida de las personas.
¿Qué cambios podemos esperar? ¿Qué pasará, por ejemplo, con el transporte público?

 

Resulta difícil imaginarse el subte porteño atestado de gente como se vía hace unos meses. Esa situación parece de otra vida frente a las imágenes diarias de la ciudad de hoy, con la gente en la calle esquivándose o separadas por dos metros de distancia en colas que parecen de hormigas y que muchas veces llegan a ocupar más de media cuadra para entrar a un mismo negocio.

 

Es posible que la gente prefiera no viajar en buses y trenes a mediano plazo. Esto sería una lástima ya que la gran apuesta del desarrollo sostenible era un mundo donde se priorizaba al transporte público sobre el auto. Sin embargo esto puede ser una oportunidad para cambiar la distribución modal del transporte; es decir, si va a disminuir la cantidad de gente que viaja en transporte público, es posible compensar esa baja aumentando la cantidad de gente que usa la bicicleta. Esta nueva ecuación no solo satisface el nuevo paradigma en la era de la pandemia, sino que también contribuye a acelerar algunos cambios necesarios para reducir las emisiones de dióxido de carbono que alimentan el cambio climático.

 

De hecho, ¿dónde ha quedado la lucha contra el cambio climático estos días? En los últimos años, las ciudades empezaron a implementar una serie de políticas para disminuir emisiones de gases de efecto invernadero y menguar sus efectos sobre el cambio climático, pero este tema no está saldado ni mucho menos. En la mayoría de las ciudades los resultados todavía son escasos. Para alcanzar las metas propuestas se necesitan grandes esfuerzos de inversión y un cambio cultural en la ciudadanía, en el sector privado y en el mismo sector público. Si queremos evitar que la temperatura global promedio aumente cuatro grados para fin de siglo con efectos realmente escalofriantes, debemos mejorar sustancialmente lo que estamos haciendo.

 

Mejores ciudades 

 

Sin duda, algunos aspectos van a cambiar en los centros urbanos a futuro y deberíamos asegurarnos que los mismos conduzcan a construir mejores ciudades.

 

Este es uno de esos momentos donde las ciudades pueden producir un quiebre y dejar de modificarse lentamente, casi en forma imperceptible, y pegar un salto, cambiar el paradigma. Quizás sea el momento donde el urbanismo incorpore el concepto de distanciamiento y se empiecen a diseñar ciudades para que sus habitantes gocen de más espacio y dejen de convivir amontonados.

 

Es difícil hacer futurología y predecir con exactitud cuáles serán las modificaciones. Si las veredas serán más anchas, si los juegos de las plazas estarán diseñados para evitar que los chicos se amontonen o si la gente va a preferir trasladarse en monopatín. Sin embargo, ya estamos viendo algunos ejemplos adaptados a la emergencia. Por ejemplo en Nueva Zelanda, uno de los países destacados por cómo manejó la crisis, las ciudades ya empezaron a ensanchar sus veredas y ampliar sus esquinas para que la gente no se amontone cuando esperan el semáforo para cruzar la calle. Por su parte Milán transformó 35 kms de calles para darle más espacio a las bicicletas y a los peatones. Buenos Aires no se quedó atrás y ya lanzó su plan para adaptar 100.000 metros cuadrados de espacio público.

 

Además, 100 calles se harán peatonales de manera parcial o total para evitar aglomeraciones e incentivar el comercio de escala barrial sin utilizar medios de transporte público. En Santa Fe, si bien ya se venían implementando políticas públicas en favor de la pirámide de movilidad sostenible, como ensanchamiento de esquinas y peatonalización en el microcentro, hay grupos organizados que presionan por cambios más profundos respecto al uso y jerarquización de las bicicletas y el peatón, y han encontrado en esta emergencia argumentos razonables para sus demandas.

 

En un futuro no tan lejano, y en forma gradual, empezaremos a volver a la normalidad, una nueva normalidad. De a poco volveremos a las oficinas, a las construcciones, a las fábricas y a las aulas.

 

Sabemos que el mundo va a cambiar en el corto plazo. Algunos aspectos de la pandemia marcarán nuestro comportamiento para los próximos años y ello debería posibilitarnos acelerar esas transformaciones que solían llevar mucho tiempo.

 

Debemos aprovechar el sacudón que nos dio este virus y encauzar los cambios que estamos implementando para dar un salto de calidad en el desarrollo urbano que nos permita construir y vivir en mejores ciudades, más integradas, inclusivas, sustentables y resilientes.

 

(*) Economista, especialista en políticas públicas y resiliencia urbana (Global Resilient Cities Network)

(**) Ingeniero Civil (UTN-FRSF), MS en Ingeniería Civil y Ambiental (Tufts University), especialista en resiliencia urbana (Global Resilient Cities Network)

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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