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Jueves 21.05.2020 - Última actualización - 16:54
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Cuando Galíndez le ganó por nocaut a Richie Kates faltando 12 segundos...

Una pelea sangrienta y épica

Las imágenes que aún perduran en las retinas de los aficionados al boxeo. Galíndez asistido en el rincón, refregándose la sangre en la camisa del árbitro que quedó roja, y la zurda tremenda que dio por tierra a Kates por toda la cuenta, cuando la pelea se terminaba. ¡Tremendo! Crédito: ArchivoLas imágenes que aún perduran en las retinas de los aficionados al boxeo. Galíndez asistido en el rincón, refregándose la sangre en la camisa del árbitro que quedó roja, y la zurda tremenda que dio por tierra a Kates por toda la cuenta, cuando la pelea se terminaba. ¡Tremendo!
Crédito: Archivo

Las imágenes que aún perduran en las retinas de los aficionados al boxeo. Galíndez asistido en el rincón, refregándose la sangre en la camisa del árbitro que quedó roja, y la zurda tremenda que dio por tierra a Kates por toda la cuenta, cuando la pelea se terminaba. ¡Tremendo! Crédito: Archivo



Cuando Galíndez le ganó por nocaut a Richie Kates faltando 12 segundos... Una pelea sangrienta y épica Fue una pelea tremenda, con un Galíndez ensangrentado, asistido como podía por Lectoure y frotándose la cara en la camisa del árbitro para poder ver. Esa camisa, sin lavar, está en el museo de la fama del boxeo. Este viernes se cumplen 46 años de esa pelea y también de la muerte de Ringo Bonavena. Todo el mismo día. Inolvidable para el boxeo argentino.

Tomás Rodríguez

 

El sábado 22 de mayo de 1976, en Sudáfrica, el campeón mundial de la categoría Semi pesado, el argentino Víctor Emilio Galíndez, retuvo el título al vencer por nocaut en el décimo quinto asalto al estadounidense Richie Kates, clasificado segundo en el escalafón universal, cuando restaban 12 segundos para la expiración del combate, previsto a 15 vueltas, cuando un gancho del dueño del cinturón ecuménico determinó el milagro.

 

Ese mismo día, a las 6 de la madrugada un grave suceso conmovió al país, en calle Tillery frente al N° 629 de Mustang, una pequeña localidad de Nevada, apareció el cuerpo de Oscar Natalio Bonavena, de cara al cielo, abatido por un disparo de escopeta, efectuado por el asesino Willar Ross Brymer, de 31 años, 1,85 m. de estatura, 92 kilogramos de peso, ex convicto, quien no le permitió el acceso al establecimiento de propiedad de Joe Conforte, marido de Sally Conforte, la manager del malogrado pugilista argentino de la categoría pesado.

 

El pugilista argentino, gran amigo del campeón Galíndez, quien había llegado al lugar al mando de su moderno automóvil marca Mustang, modelo ’76, descendió del rodado miró hacia arriba, el cartel decía “Mustang Ranch”, no tenía luz, el burdel estaba en silencio, golpeó, una voz del interior le pidió la contraseña, reconociendo la voz de “Ringo” cuando le dijo la misma, entonces le solicitó que se retirara porque tenía prohibida la entrada al establecimiento.

 

Bonavena se resistía a retirarse, entonces, por un costado apareció un hombre desnudo desde la cintura hacia arriba, con una escopeta de caza, calibre 38, era Willar Ross Brymer, insultando al boxeador sudamericano, cuando éste giró para observar a la persona que lo estaba agrediendo de palabra, el homicida disparó desde unos 30 metros. El proyectil del guardaespalda de Conforte hizo impacto de pleno en el pecho del deportista argentino, con orificio de salida por la espalda, muriendo instantáneamente, frente a la puerta de su automóvil que estaba abierta, comenzando su leyenda.

 

Salto a la idolatría

 

Víctor Galíndez, en Johannesburgo, consiguió un inolvidable, histórico, irrepetible triunfo, herido, casi ciego, maltrecho y furioso, cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: la fe.

 

El challenger norteamericano chocó con su cabeza el rostro de Galíndez, abriéndole una profunda herida en forma de “L” sobre el arco superciliar derecho, parecía que el púgil argentino había terminado su reinado, si el referí local Stanley Christodoulou, hubiera aplicado el reglamento, las tarjetas computadas hasta el momento decretarían al desafiante como ganador.

 

En el caso de que el médico de la Comisión de Transvaal, doctor Clive Noble, se hubiera impresionado como los 42.125 aficionados que colmaban el estadio, el dictamen sería el rotundo “basta” que cerraría el capítulo.

 

El que no vaciló un instante fue Juan Carlos “Tito” Lectoure, el apoderado del campeón, quien no dudó del coraje de Galíndez y no arrojó la toalla sobre el tapiz.

 

Todos con él

 

Esa noche histórica, todo el grupo argentino se puso de acuerdo para darle a Galíndez la última chance. Por distintos caminos, sobre diversas pautas y con diferentes argumentos, un referí (Stan Christodolou), un médico (Dr. Clive Noble) y un manager (Tito Lectoure) le dieron la posibilidad para que Galíndez cruzara la frontera hacia la grandeza.

 

El árbitro totalmente convencido manifestó que “el cabezazo fue accidental, si no sigue peleando Galíndez, pido las tarjetas”. El médico, sin embargo, manifestó que “la herida es profunda, pero no grave, puede seguir un poco más”. El manáger o representante fue claro y terminante: “si paramos la pelea, nos quitan la corona, no hay más remedio, hay que seguir el combate para observar hasta donde puede llegar el campeón”.

 

El titular de los semipesados, después de tres minutos de interrupción explicó: “me duele la herida, no veo nada, pero del ring me sacan muerto. Tito, ajústeme los guantes”,

La historia comenzó a cambiar desde el momento en que el campeón, apretó los dientes, disimuló las lágrimas de dolor con la sangre de la herida y comenzó a transitar con frenético estoicismo la meseta que sembraba un ilimitado coraje.

 

Hasta allí, un encuentro: la izquierda de Kates sustentando la distancia propicia para dominar el ring y la pelea. Una estructura vertical que esterilizaba las intenciones ofensivas de Galíndez y un desplazamiento de mínimo desgaste físico que le permitía siempre estar en posición de descarga con un elegante estilo de peleador sutil, fino. Había ventajas para el desafiante y panorama expectante para el monarca.

 

A partir del violento cabezazo se origina otro combate, Galíndez al ataque contra el oponente, la herida, el tiempo, el médico, el referí y sus fuerzas. Entre el cuarto y el séptimo episodio, aquellas miradas de horror se transformaron en vivos mensajes de admiración.

 

La gente se levantaba de sus asientos y todo el estadio, menos el sector alto y lejano poblados por aficionados de color, comenzaron a gritar: “Vic-Tor”, “Vic-tor” con ese sonido extraño y emocionante de la fonética. Si esto se hubiera gritado en “español” y en Argentina, el coro sonaria cálido y contagioso, gritado en inglés o afrikans (idioma local), era una plegaria sobrecogedora. A medida que Galíndez agrandaba su imagen bajo una máscara de sangre que teñía todo de rojo, a Kates parecía achicársele el corazón.

 

Fue una pelea dramática, con todos los matices, situaciones cambiantes; el campeón que estaba herido, parecía perdido, comienza a remontar, el duende una instancia la herida- que hace incierta cualquier perspectiva; un árbitro que tenía la camisa blanca bañada con la sangre de ambos púgiles; el público excitado; el reloj demasiado lento para indicar el final de la epopeya y demasiado rápido para humanizar los descansos.

 

El dedo de Tito

Algo inesperado, insólito, Tito Lectoure, con el dedo índice abierto penetra en los tejidos abiertos de Galíndez para untarlo con una vaselina coagulante norteamericana que formaba una capa excedente; las manos de Miguel Angel Cuello resbalando a toda velocidad sobre las piernas del campeón, el profesor Russo vaciando litros de agua helada sobre la nuca y los órganos genitales; los gritos del empresario porteño Norberto Bianchi; la preocupación del Dr. Roberto Paladino que subió varias veces al rincón y llevó desde el hotel la caja de cirugía en previsión a dicho accidente.

 

En el otro rincón, los esfuerzos para reanimar a Kates son igualmente desesperados; Joseph Granby le hace aspirar sales que parecen penetrarle hasta los sesos; Tony Cócaro, el manager, hace flamear la toalla como si no alcanzara el viento de la noche para que los pulmones del yanqui recibieran oxígeno; Johnn Middleton, accidental ayudante que en las dos peleas anteriores asistió a Galíndez, aprieta la bolsa de hielo contra la cabeza mota del desafiante, produciendo el shock de vapor, como el de una plancha caliente sobre paño frío, pero al revés.

 

La notable victoria de Galíndez resultó al mejor estilo de los grandes campeones, porque después del 10° asalto el verdadero rival era la herida y no Kates que, tambaleante, absolutamente “groggy”, volvió al rincón al culminar el noveno asalto, tomándose de las cuerdas, tambaleante, sin fuerzas en sus puños, ni en su corazón.

 

Pudo ser en el 14to, después de un gancho de Galindez al hígado combinado con un cross de derecha a la cabeza de Kates, también con un uppercut de izquierda abajo.

 

El dramático final fue apoteótico, faltaban exactamente 12 segundos, llega la izquierda de Galíndez, recta, potente, profunda de abajo hacia arriba, se estrella contra el mentón de Richie Kates, el árbitro Christodoulou cuenta; mientras Tito Lectore le gritaba a Galíndez que se vaya a su rincón neutral. El challenger estuvo tirado sobre el tapiz 13 segundos y medio. Así terminó la inolvidable noche del campeón, herido, sangrante, lesionado, casi ciego, convirtiéndose en un verdadero ídolo del pueblo argentino.

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