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Viernes 22.05.2020 - Última actualización - 20:58
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En la mira

De virus y piratas

Noria de Viena.  Crédito: Archivo El LitoralNoria de Viena.
Crédito: Archivo El Litoral

Noria de Viena. Crédito: Archivo El Litoral



En la mira De virus y piratas La corona más o menos circular del virus que atormenta nuestros días parece signarlo todo. Nuestras vidas se mueven a ritmo lento en una noria sobre el cambiante eje de las estrategias públicas para hacer esto o aquello.

En la Argentina, donde los días parecen eternos para los confinados, el almanaque político se deshoja a otra velocidad. En ese plano, el movimiento ya es grande. Los actores tienen la vista puesta en las elecciones legislativas del año próximo.

 

Fernández, que mantiene relaciones civilizadas y constructivas con Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos y figura ascendente en el universo de Juntos por el Cambio, tropieza a cada paso con tóxicas iniciativas de dirigentes y sectores aglutinados en el Frente de Todos.

 

La corona más o menos circular del virus que atormenta nuestros días parece signarlo todo. Su geometría se reproduce en el círculo vicioso donde damos vueltas sin solución de continuidad. Las noticias atinentes a la enfermedad, el número de contagios, muertos y recuperados, saturan los noticieros del mundo. Nuestras vidas se mueven a ritmo lento en una noria sobre el cambiante eje de las estrategias públicas para hacer esto o aquello, usar o no usar las mascarillas, mantener tales o cuales distancias, emplear jabón y alcohol para romper la estructura de la microscópica amenaza, salir o no salir a la calle.

 

La mayoría cumple las consignas, aún las de incierto fundamento. Prefieren protegerse a exponerse; otros desafían el potencial riesgo a cara descubierta, y cuando ocurre lo peor maldicen a las autoridades. Algunos hablan de conspiraciones de distintos orígenes y finalidades que mueven los hilos de nuestra existencia como si fuéramos títeres. Los hay de izquierda y de derecha, gnósticos y religiosos, pero hasta ahora, lo único demostrable es que el virus no hace diferencias a la hora de buscar huéspedes que les permitan reproducirse.

 

El fenómeno confirma la diversidad de tipos humanos, la variedad de creencias, conductas y reacciones ante situaciones extremas. Lo que en cambio nos iguala en forma casi unívoca es que la mayoría aguarda que uno de los tantos laboratorios que investigan una vacuna probadamente eficaz, muestre con avales incontrovertibles que el hallazgo se ha consumado, y que la humanidad puede, al cabo, respirar tranquila.

 

Mientras tanto, como habituados integrantes de la cultura exprés, del llame ya, o el pídalo ya, cada día se nos vuelve interminable, reactivando la vigencia de aquel viejo dicho que afirma que “el que espera desespera”. Frente a este estado de ánimo, deberíamos recordar lo que vivieron nuestros abuelos en las guerras mundiales del siglo XX, y las interminables conflagraciones regionales que, sumadas a las víctimas de la gripe española de 1918 y otras pestes de la pasada centuria, más las hambrunas de la China de Mao, rondan en conjunto los doscientos millones de muertos. Ante la extensión de esos tiempos y el volumen de esas cifras, deberíamos morigerar nuestros niveles de angustia o nerviosismo por lo que ahora nos toca vivir.

 

Hay que recordar que aquellos fenómenos humanos y esas catástrofes naturales destruyeron a diario personas, familias y pueblos de modo irreversible, reduciendo la esperanza a su mínima expresión. Ahora es distinto, si se toman las precauciones recomendadas por la experiencia médica acumulada y los alumbramientos de la ciencia, el problema se reduce de manera ostensible.

 

La cuestión de fondo, en cambio, se traslada ahora a terrenos donde médicos infectólogos, investigadores científicos y tecnólogos aplicados, ya no ocupan el centro de la escena. Se trata del tejido inflamado de la política, donde, como ocurre desde la noche de los tiempos, las patologías de la ambición desmedida, el cálculo artero, los dogmas ideológicos, los intereses contantes y sonantes, las adicciones al poder, los odios manifiestos o represados, las amenazas y los miedos, los cantos de sirenas, el “divide y reinarás”, el espionaje y el chantaje, las máscaras y los disfraces, los relatos y contra relatos son más difíciles de decodificar y depurar para el ciudadano de a pie. Pero operan a diario, a toda hora.

 

En la Argentina, donde los días parecen eternos para los confinados, el almanaque político se deshoja a otra velocidad. En ese plano, el movimiento ya es grande. Los actores tienen la vista puesta en las elecciones legislativas del año próximo. El oficialismo apunta a mejorar los resultados de las presidenciales del año pasado y ampliar su representación en la Cámara de Diputados de la Nación. Alberto Fernández, que por el momento goza de buena imagen pública y encabeza el ranking individual de las principales figuras políticas, buscará traccionar votos en esa dirección. Si además logra cerrar un acuerdo razonable con los acreedores privados agrupados en fondos de inversión del exterior, sus perspectivas serán aún mejores. No obstante, el camino a recorrer no está libre de dificultades; acechan en lo inmediato los peores meses de la pandemia y un descalabro económico de homéricas proporciones, que el eventual acuerdo con los acreedores no podrá arreglar per sé.

 

Por otro lado, Fernández, que mantiene relaciones civilizadas y constructivas con Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos y figura ascendente en el universo de Juntos por el Cambio, tropieza a cada paso con tóxicas iniciativas de dirigentes y sectores aglutinados en el Frente de Todos. La última bomba ideológica la detonó la diputada Fernanda Vallejos, ultrakirchnerista nacida y criada en los entresijos del sector público y portadora de un indisimulable encono contra el sector privado. Días atrás, la legisladora parió una de las propuestas más miserables que hasta aquí se hayan conocido en el marco de la pandemia. Sugirió, a modo de globo de ensayo, que el Estado se quede con una participación en el capital accionario de grandes empresas aceptadas en el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), puesto en marcha por el Estado para mitigar los estragos económicos originados por su propia decisión de decretar confinamientos extendidos para ralentizar la expansión del coronavirus.

 

Es tan obvio que se trata de un caso de flagrante fuerza mayor, que los diversos Estados se vieron conminados a tomar excepcionales medidas de emergencia por superiores razones de salud pública. Pero todos hicieron algo más, sabedores de que el altísimo costo económico que la seguidilla de cuarentenas le provocaba a la población en general, y a los distintos sectores de las actividades privadas en particular, dispusieron programas de compensación parcial de los daños involuntariamente inferidos.

 

No se trata pues, de la ayuda graciosa de Estados magnánimos, sino de mínimos de atención a los que padecen la catástrofe y de una reducida provisión de oxígeno dinerario para mantener con vida el patrimonio productivo del país, secular construcción levantada con el esfuerzo del trabajo y la inversión de capitales de sucesivas generaciones, ya se trate de empresas de cualquier tamaño, cuentapropistas, monotributistas y trabajadores informales, quienes en conjunto sostienen al Estado que ahora los acompaña hasta donde puede, para que mañana lo sigan sosteniendo.

 

La ocurrencia de la legisladora, más allá de su manifiesta inconstitucionalidad, exhibe su catadura moral y su incalificable oportunismo. La rémora de la patente de corso fue suprimida en la reforma de 1994.

 

Pretender ahora aprovecharse de una situación de fuerza mayor, ajena por completo al giro de las actividades de los particulares y sus eventuales responsabilidades, desnuda a la luz pública la calidad de quien lo propone.

 

De todos modos, más allá de la ilegalidad y la falta de proporcionalidad de lo que algunos juristas han asimilado a “una suerte de expropiación encubierta”, esta conocida referente de un extremo del Frente de Todos, emplea la técnica de la instalación del tema, intenta que se hable de él, aunque sea mal, que se vaya metiendo de a poco en la sociedad hasta alcanzar un grado de naturalización que, de acuerdo con las viejas pero efectivas elucubraciones goebbelianas, permita intentar un nuevo y más drástico avance.

 

Ella lo impulsa desde la comodidad que le otorga una alta y puntual retribución pública como legisladora, blindada a los sufrimientos de la ciudadanía común, que carece de la seguridad de sus ingresos y de la protección de sus fueros. Pero lo peor es que sigue profundizando grietas en un país hecho pedazos, que reclama a gritos articulaciones inteligentes y productivas entre los sectores público y privado para iniciar su proceso de reconstrucción apenas termine la pandemia.

 

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