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Jueves 04.06.2020 - Última actualización - 17:47
17:45

Visitas "programadas"

Reabrirá el Museo del Prado tras su cierre por la pandemia

El museo reabre el sábado un cuarto de su espacio expositivo con aforo reducido y reúne en torno a la Galería Central una selección de 250 de sus obras más representativas. Este fin de semana la entrada es gratuita y hasta septiembre costará la mitad

 Crédito: Samuel Sánchez
Crédito: Samuel Sánchez

Crédito: Samuel Sánchez



Visitas "programadas" Reabrirá el Museo del Prado tras su cierre por la pandemia El museo reabre el sábado un cuarto de su espacio expositivo con aforo reducido y reúne en torno a la Galería Central una selección de 250 de sus obras más representativas. Este fin de semana la entrada es gratuita y hasta septiembre costará la mitad El museo reabre el sábado un cuarto de su espacio expositivo con aforo reducido y reúne en torno a la Galería Central una selección de 250 de sus obras más representativas. Este fin de semana la entrada es gratuita y hasta septiembre costará la mitad

La visita (gratis este fin de semana y a mitad de precio hasta septiembre) estará restringida a un aforo diario de 1.800 personas (un tercio de lo habitual), que deberán obtener su entrada online al menos con un día de antelación, aunque el acceso sea gratuito. Entrarán, previa toma de temperatura corporal (se prohíbe el acceso a los que superen los 37,5 grados) por la puerta alta de Goya para hacer un recorrido unidireccional, con mascarilla, que desemboca en la de Murillo. Habrá dispensadores de gel hidroalcohólico y los ascensores se reservarán para personas acompañadas de bebés o con discapacidad.

 

Las galerías se han reordenado para evitar aglomeraciones. “En cierto modo”, aclaró el director de la institución Miguel Falomir, “es una vuelta a la disposición del siglo XIX. No son solo los espacios arquitectónicamente más nobles, sino también los más diáfanos, que permiten un mejor flujo de visitantes y acomodarse a las recomendaciones sanitarias”.

 

Si antes del coronavirus el relato de la Galería Central arrancaba con la gran pintura veneciana, empujada en la reapertura unos metros más al sur, ahora se remonta a las escuelas flamencas, españolas e italianas del siglo XV, que normalmente están en la planta baja. A la primera sala (la 24) se accede tras ser recibido por la estatua desnuda de Carlos V y el Furor, de Pompeo y Leone Leoni, que luce para la ocasión despojada de armadura por primera vez desde 2008.

 

El arranque está lleno de sorpresas, como esa genial elipsis cinematográfica que sale de enfrentar La anunciación, de Fra Angelico y El descendimiento, de Van der Weyden. En ese espacio y el siguiente se suceden las obras maestras reubicadas y gloriosamente bañadas por la luz natural: El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel el Viejo, el Paso de la laguna Estigia, de Patinir, el Cristo muerto, de Antonello da Messina, la Mesa de los pecados capitales y la Adoración de los Magos, de El Bosco, El cardenal, de Rafael, o ese Noli me tangere, de Correggio, que se ha puesto súbitamente de moda ahora que el coronavirus aconseja no andar tocándose.

 

Estos tiempos interesantes han empujado también a los conservadores del Prado a jugar a romper sus propias reglas y juntar, por ejemplo, dos autorretratos como los de Durero y Tiziano. Yuxtaposiciones como esta, solo al alcance de los editores de libros de arte e inimaginables en las tres dimensiones del museo, se repiten por todo el recorrido. Así, al Saturno de Goya, que emerge de las profundidades de las salas de las pinturas negras, le sigue con naturalidad el de Rubens, cuyas obras mitológicas hacen hueco en la pared de enfrente a la Dánae recibiendo la lluvia de oro, de Tiziano, en otra prueba de que los artistas de las colecciones reales fueron también grandes estudiosos de sus predecesores. Los naturalismos español y europeo se dan la mano sin distancia de seguridad que valga; el Greco convive con otros retratistas contemporáneos, como Artemisa Gentileschi, Sofonisba Anguissola o Antonio Moro, y la monumentalidad de Las lanzas, de Velázquez, adquiere otro sentido flanqueado por los retratos ecuestres de militares españoles del siglo de Oro en una puesta en escena que aventura el espíritu museológico de la ampliación Salón de Reinos.

 




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