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Jueves 04.06.2020 - Última actualización - 05.06.2020 - 8:02
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Crónicas santafesinas

Raúl Alfonsín junto a Aldo Tessio, durante una visita a Santa Fe en 1982 Crédito: Alejandro Villar - Archivo El LitoralRaúl Alfonsín junto a Aldo Tessio, durante una visita a Santa Fe en 1982
Crédito: Alejandro Villar - Archivo El Litoral

Raúl Alfonsín junto a Aldo Tessio, durante una visita a Santa Fe en 1982 Crédito: Alejandro Villar - Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas Tengo dos anécdotas para contar cuando me preguntan por alguna situación digna de recordar en el día del periodista. Una, está relacionada con la política y lo tiene como protagonista a Raúl Alfonsín; la otra, lo tiene como protagonista a un hampón.

I

A todo periodista viejo le suelen preguntar en las cercanías del 7 de junio, algunas anécdotas dignas de recordar, no sé si por aleccionadoras, divertidas o trágicas. Como soy periodista y soy viejo (ya está, ya lo dije) algunas cosas me han ocurrido a lo largo de una actividad que vengo desarrollando sin pausa desde hace casi cuarenta años y, a decir verdad, sería lamentable, desoladoramente triste, que nada me haya ocurrido en tanto tiempo y en una profesión que se supone se ejerce en la calle, aunque luego se escriba en una oficina, afirmación un tanto convencional, porque más de una vez a las notas las he escrito en un bar, viajando en un colectivo, sentado en el banco de una plaza o a la madrugada, después de llegar no sé si exactamente desde el infierno o desde algún lugar parecido. Respecto de la calle, digo que es un componente decisivo de un buen periodista. No hay periodista bueno sin buen oído, buena vista y buen olfato. Y esas virtudes se desarrollan en la calle, o para decirlo de un modo más académico, interactuando con la sociedad. No hay periodista sin calle y mucho menos periodista sin un piso cultural por lo menos aceptable. La calle es un buen punto de partida y de llegada. El otro, es la lectura. Un periodista sin una buena relación con los libros, sin un dominio de la cultura de su tiempo, está complicado. Por supuesto, se puede trabajar en un diario, una radio o un canal sin estos atributos, pero yo no estoy hablando de una relación laboral, sino de las condiciones que debe ejercer un periodista que pretenda honrar ese nombre.

 

II

Dos anécdotas siempre tengo presentes para contar cuando me interpelan. Una, está relacionada con la política y lo tiene como protagonista a Raúl Alfonsín; la otra, lo tiene como protagonista a un hampón. Hay más anécdotas, pero a estas dos las considero aleccionadoras porque aluden a dos ambientes antagónicos y a dos personajes antagónicos: un político virtuoso como don Raúl Ricardo y un delincuente respetado en su ambiente pero con prontuarios y pecados como para marchar al infierno sin necesidad de entrevistas previas con San Pedro. Agregaría, a continuación, que esta capacidad o esa predisposición a recorrer los ambientes más opuestos, es si se me permite, un atributo no se si esencial pero recomendable para todo periodista que quiera conocer el mundo en que vive.

 

III

A Alfonsín le hice varias entrevistas. No era fácil entrevistarlo. Primero, porque repreguntaba y si no estabas preparado te dejaba pagando y te lo hacía saber. Segundo, porque era un gallego chinchudo y se enojaba o, por lo menos se hacía el enojado. Y Alfonsín enojado era un caso serio. Por lo demás, era un placer conversar con él, porque era un político de garra y un hombre culto. La historia que les cuento ocurrió a principios de los años noventa. Alfonsín había llegado a Santa Fe para participar de un acto público que se hizo un viernes a la noche en una sala ubicada detrás de la terminal de ómnibus. El sábado a la mañana lo fui a ver al hotel. Estaba con Changui Cáceres y fue Changui quien me propuso que hiciera la entrevista mientras los acompañaba a Santo Tomé, porque Raúl (así le decía) deseaba saludar a don Aldo Tessio. Acepté en el acto. Changui manejaba, Alfonsín iba sentado al lado, y yo en el asiento de atrás. En la esquina de Avenida Luján y 7 de Marzo, Alfonsín propuso estacionar el auto y caminar hasta la casa de don Aldo, ubicada a unas seis o siete cuadras.

 

IV

Ya dije que era sábado. Con esa singular luminosidad que tienen los sábados en otoño. Los tres comenzamos a caminar y fui testigo de la experiencia que significa caminar con Alfonsín por la calle. Los tres solos. Yo miraba y registraba. Una ama de casa que sale a la vereda y de pronto lo ve. El asombro en la cara. “Alfonsín”, exclama la señora. Y después continuaron las manifestaciones de simpatía. Era digno de verse. Alfonsín nos dijo en voz baja: “Me saludan y me quieren, pero después no me votan ni en joda”. Hubo abrazos y besos. Las mujeres a don Raúl lo adoraban. A su manera y con el recato del caso, todas estaban enamoradas de él. Pero el momento más notable lo protagonizó un viejo taxista. Alfonsín lo saludó con un apretón de mano y este viejo taxista, pelo blanco, bigote canoso, la cara con esas arrugas que parecen cicatrices, saco gris de corderoy, le dijo: “Lo veo y me acuerdo de aquellos años de la campaña electoral de 1983... un año difícil para mí; pero en medio de esas complicaciones había un momento de felicidad, y ese momento me lo brindaba usted doctor. Yo llegaba a casa, me daba una ducha, me acomodaba en el sillón con las pantuflas, mi mujer preparaba una picada mientras yo servía el vino, y después me dedicaba a verlo a usted por televisión y, aunque no lo crea, escucharlo me transformaba en el hombre más feliz del mundo. Esto se lo cuento, doctor, porque pasaron diez años, a mi mujer se la llevó Dios, no vivo más en esa casa, pero nunca me olvido que en esos tiempos usted me ayudó a vivir, me dio esperanzas, y un hombre que recibe esas atenciones debe ser agradecido”.

 

V

Llegó a mi casa una siesta de invierno, un día de semana, miércoles o jueves. Lo acompañaban dos tipos que conocía de vista, dos tipos que cuando te miraban más de dos segundos te daban ganas de ser el hombre invisible. Yo vivía entonces en una planta alta de calle Cándido Pujato. Pasaron los tres. Los dos matones -vamos a decir lo que eran- se quedaron cerca de la ventana, mirando hacia la calle. Trajes oscuros, corbata y gomina. Mi amigo, traje marrón, camisa rosada, corbata azul con lunares. Alrededor de cincuenta años. Modales cautelosos; mirada atenta. Se sentó en un sillón y yo prepare café. La última noticia que tuve de él es que estaba preso. Creo que cumplió una condena de cinco o seis años. Sobre su estilo de vida no quiero extenderme en detalles. Alcanza y sobra con saber que estaba muy lejos de ser el chico más bueno del barrio. Nos hicimos “amigos” en la noche, en un ambiente que a veces junta aquello que jamás se juntaría bajo la luz del sol. Alguna vez le di una mano a su hijo y él alguna vez me sacó de un apuro en un cabaret que ya no está, con tipos que creo que tampoco están. Nos veíamos muy de vez en cuando. Creo que me respetaba, como creo que yo también lo respetaba.

 

VI

Según me contó, el sábado a la madrugada la policía había allanado un garito regenteado por él. Fueron todos presos. Su abogado logró sacarlo en libertad, pero la causa continuaba. Lo escuchaba y lo miraba como diciéndole qué tengo que ver yo con todo esto. Muy sencillo. La noticia del allanamiento al garito saldría en el diario. Como también su nombre y apellido. “Te pido por favor, hacé algo para que mi nombre no salga”, me dijo. No era una orden, tampoco un pedido de clemencia. Hablaba en voz baja, como susurrando. No amenazaba, pero con él nunca se sabía. Le dije que iba a tratar de hacer lo posible, pero que la página de Policiales no dependía de mí y los muchachos son celosos con los colegas que se meten en una quinta que no les pertenece. “Por favor te lo pido”, insistió. Me llamaba la atención esa insistencia. Les estoy hablando de un tipo que, como hubiera dicho Borges, debía un par de muertes, había estado en cana unas cuantas veces, su nombre en la noche era sinónimo de hampa y sin embargo ahora estaba en el living de mi departamento parta pedirme algo absolutamente menor: una crónica en una página del diario: “Allanan garito en Barranquitas”.

 

VII

El hombre estaba afligido. Si hubiera fumado, habría sacado un cigarrillo, pero como al vicio ya lo había dejado, hojeaba un libro, “Hombrecitos” de Louisa M. Alcott, el preferido de mi hija que entonces tenía ocho años. En un momento me dijo: “Mi mamá (no dijo mi vieja, sino mi mamá) compra el diario desde que yo era chico; todas las tardes de su vida lee El Litoral. Y hace unos meses, después del último inconveniente que tuve, me dijo: ‘Si otra vez tu nombre sale en el diario, olvídate de venir a almorzar los domingos a esta casa’...”. Me lo dijo y se quedó mirando las hojas del libro. Me consta que era un tipo valiente. No le tenía miedo a la cana ni a otros hampones. Tampoco creo que le tenía miedo a la muerte. Pero estaba atormentado por la amenaza de su mamá. Hice lo que pude y a él lo perdí de vista. Unos años después me dijeron que había muerto o que lo mataron. No estoy seguro.

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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