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Sábado 06.06.2020 - Última actualización - 07.06.2020 - 20:18
11:53

Por María Teresa Rearte

La fe cristiana hoy

“El llamado de los primeros apóstoles” en la Capilla Sixtina Crédito: Archivo El Litoral“El llamado de los primeros apóstoles” en la Capilla Sixtina
Crédito: Archivo El Litoral

“El llamado de los primeros apóstoles” en la Capilla Sixtina Crédito: Archivo El Litoral



Por María Teresa Rearte La fe cristiana hoy No fueron los discípulos quienes eligieron al Rabí Jesús, como era la costumbre. Sino que fue Jesús el que llamó a los que quiso. La pequeña comunidad que se congregó no lo hizo en torno al libro de la Torah. Sino a la Persona de Jesús.

Por María Teresa Rearte

 

Para algunos de nuestros contemporáneos hablar de la fe cristiana es algo perimido, propio de sociedades oscurantistas. Y hasta una actitud ciega y subjetiva, que puede dar consuelo en la vida privada. Pero no aporta ni significa algo de interés para el hombre actual, sus problemas y expectativas.

 

LA FE CRISTIANA

 

El amor de Dios por la estirpe humana supera todo lo que nuestro entendimiento puede concebir. Y el discurso humano puede expresar. La unión a la que conduce el amor del Señor con los que ama y le aman es difícil de explicar. Por eso la Escritura recurre a imágenes para expresarla. Tanto si recurrimos a la figura de la vid y los sarmientos, como a la de las bodas, o la de los miembros y la cabeza, ninguna por sí sola puede expresar el amor divino por el hombre.

 

Tomando el ejemplo de las nupcias sabemos que pueden unir a los esposos hasta ser y vivir el uno con y en el otro, como es entre Cristo y la Iglesia. Por eso el Apóstol dice de las bodas que es un “misterio grande”, y aclara que lo dice de “Cristo y la Iglesia.” (Ef 5, 31-32). Los miembros unidos en el cuerpo, viven por esa unión. Y si se separan mueren. Sobre todo en lo referido más que a su cabeza, a la unión con Cristo.

 

¿CÓMO FUE EL COMIENZO?

 

Esto comenzó cuando unos pescadores del lago de Tiberíades fueron llamados por Jesús. Escucharon la llamada, lo siguieron y vivieron cerca de tres años con Él. Compartieron su vida diaria y escucharon su palabra. Fueron testigos de su plegaria tanto como de su misericordia con los pecadores y las personas que sufren.

 

No fueron los discípulos quienes eligieron al Rabí Jesús, como era la costumbre. Sino que fue Jesús el que llamó a los que quiso. La pequeña comunidad que se congregó no lo hizo en torno al libro de la Torah. Sino a la Persona de Jesús. La relación de los discípulos con el Maestro no acabó cuando aquéllos aprendieron todo. Ni porque asumieran el rol del maestro. Sólo Jesús siguió siendo el Maestro. Los otros siguieron siendo discípulos. Muerto y Resucitado el Señor permanece con todos los discípulos.

 

El DIOS SALVADOR

 

La esperanza del Pueblo elegido pasó por diversas vicisitudes. No obstante, la escatología israelita había ido adquiriendo un carácter nuevo y fundamental: el mesianismo. Esto es: que la plenitud del “fin de los días” no la llevaría a cabo Dios mismo. Sino un enviado suyo. La religión bíblica permite comprender con claridad el significado de la predicación de Jesús. Es un hecho: “El Reino de Dios ha llegado a vosotros.” (Lc 11, 20). O “Los tiempos se han cumplido”. (Mc , 15). Y yo soy “el que había de venir.” (Mt. 11, 1-6) Con el Credo niceno-constantinopolitano los cristianos católicos confesamos: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... Por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del Cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen, y se hizo Hombre.” Claro que con los cambios modernos y las nuevas concepciones teológicas, e incluso por la exaltación de la libertad del hombre, algunos preguntan: ¿tiene sentido la misión evangelizadora? ¿Acaso la fe cristiana no ha sido superada? O ¿el respeto por la libertad del hombre no excluye el llamado a la conversión?, etc.
El Papa Juan Pablo II decía: “¿Qué decir de las objeciones ya mencionadas sobre la misión ad gentes? Con pleno respeto de todas las creencias y sensibilidades, ante todo debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único Salvador del hombre; fe recibida como un don que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Decimos con san Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree. (Rom 1, 6)”. (Enc. Redemptoris Missio, 11).

 

El mismo Papa afirmaba que “la Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires... Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser la Iglesia de los mártires. Las persecuciones de creyentes -sacerdotes, religiosos y laicos- han supuesto una gran siembra de mártires, en varias partes del mundo...” (Carta apostólica “Mientras se aproxima el Tercer Milenio”, 37). Y no olvidemos que “hoy en la Iglesia hay más mártires que en los primeros tiempos.” (Papa Francisco, Sta. Marta, 15/09/16)

 

FE Y PROGRESO

 

Podemos preguntarnos en qué se ha convertido la esperanza cristiana nacida de la Fe en Cristo. Nuestros contemporáneos no quieren ver que la vida terrestre sea un valle de lágrimas, que motive para elevar la mirada hacia una promesa de celeste felicidad. Es aquí abajo donde los hombres quieren ver concretadas sus esperanzas. Y consideran que disponen de los medios para lograrlo. E incluso esas expectativas están en la base de los programas de los partidos políticos del mundo. Pero es también aquí y ahora donde -no obstante el progreso científico y técnico- nos sorprendió la pandemia del covid-19.

 

El hoy Papa emérito Benedicto XVI decía que “puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado... La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez.” (Enc. “Spe salvi”, 24).

 

A veces se piensa que el mensaje de Jesús elude las responsabilidades temporales y sólo predica la salvación del alma. Pero reflexionemos acerca del impacto moral de la esperanza cristiana, que abre el corazón a Dios y al prójimo.

 

Podemos preguntarnos en qué se ha convertido la esperanza cristiana nacida de la Fe en Cristo. Nuestros contemporáneos no quieren ver que la vida terrestre sea un valle de lágrimas, que motive para elevar la mirada hacia una promesa de celeste felicidad.
 

Es aquí abajo donde los hombres quieren ver concretadas sus esperanzas. Y consideran que disponen de los medios para lograrlo. E incluso esas expectativas están en la base de los programas de los partidos políticos del mundo.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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