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Lunes 08.06.2020 - Última actualización - 14.04.2021 - 10:55
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Espacio para el psicoanálisis

Yendo del diván al living

Charly García en el año 2013 en el Teatro Colón Crédito: Archivo El LitoralCharly García en el año 2013 en el Teatro Colón
Crédito: Archivo El Litoral

Charly García en el año 2013 en el Teatro Colón Crédito: Archivo El Litoral

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Espacio para el psicoanálisis Yendo del diván al living El amor es un símbolo de la castración masculina, porque apunta a lo que no se tiene y, encima, es chiquito. Enamorado el varón siempre la tiene chiquita, quizá por eso muchos cuando aman son impotentes. Incluso en su época más dura (en todo sentido), Charly tuvo la ma-durez para avisar que por el lado de la potencia la cosa no va.

Charly García en el año 2013 en el Teatro Colón

 

En el comienzo de mi libro Esos raros adolescentes nuevos recordé que hace muchos años escuché a Charly García decir que le hubiera gustado ser psicoanalista. Hace un tiempo, un amigo me envió un video en el que dice: “Si no hubiesen existido los Beatles, ahora sería un músico clásico, o un psicólogo, no sé de las dos cosas cuál es peor”.
 

¡Qué psicoanalista nos perdimos! Aunque en realidad pienso que hubiera sido un pésimo analista Charly, ¿cómo habría dejado de ser él mismo para analizar? También pienso en cómo muchos llegamos al psicoanálisis, a partir de frustrarnos en otras cosas, al dejar de ser lo que hubiéramos querido ser. Entre mis colegas (me incluyo), hay muchos músicos, escritores, artistas frustrados. Como si esa frustración fuera no un accidente sino algo constitutivo para llegar a esta práctica.
 

 

La frustración antes que un obstáculo puede ser una condición. ¡Es el movimiento del análisis! Me recuerda al chiste del judío que quiere irse de la Rusia Comunista y le dice al oficial de migraciones que tiene dos razones: la primera, que los soviéticos pierdan el poder y que el nuevo gobierno culpe a los judíos de los delitos comunistas; entonces el oficial le dice que eso nunca ocurrirá, que es imposible... Entonces el judío lo interrumpe y concluye: “Esa es mi segunda razón”.
 

 

Luego de ver el video que me envió mi amigo, volví a ver una entrevista a Charly en la que dice que el único lugar en que no es Charly es cuando está en el baño. Él nunca habla en chiste, por eso me dejó pensando lo que dijo, porque es obvio que no se refería a hacer pis sino a defecar. Los varones podemos compartir el hecho de hacer pis juntos (los baños incitan a eso), pero el reprimido es el otro placer. Esto me hizo acordar que Freud decía que el placer de esta “actividad” es la primera prohibición y el modelo de todas las siguientes. Así es como todo niño aprende que el mundo es hostil y refractario a los deseos; incluso aprende la diferencia entre lo propio y lo extranjero. Dicho de otra forma, así se establece la diferencia entre lo público y lo privado. ¿De qué otra forma se puede construir intimidad sin el secreteo, sin el chusmerío, sin el permiso para pasar al bañito privado? Incluso entre parejas es todo un momento de pasaje cuando empiezan a socializar que irán al baño, después de mucho tiempo a veces. ¿Que el otro te conoce quiere decir que sabe tus miserias (tu mierda)? ¿Qué otro tipo de socialidad podríamos inventar? Y, sobre todo, ¿cómo levantar en un análisis la hipoteca de “contame tus secretitos, lo que no le contás a nadie”, como si el diván fuera un inodoro y el analista una madre que cambia y aplaude a su bebé? Quienes creen que el consultorio es un adentro, del que habría que salir, para ir a la comunidad, a lo público, etc., pueden olvidarse de que un análisis es para subvertir el modo en que vivimos la intimidad. Si algo me fascina de Charly, es que no se esconde, sino que logra hacer de lo íntimo un acto público. Esa es una definición de la honestidad.
 

 

Para concluir, una canción. “Yendo de la cama al living” siempre me impacta cuando la escucho. Narra un breve trayecto, que atraviesa el desierto de lo real que traspasa las apariencias (del éxito), cuando sólo queda caer. Como toda canción de amor, habla de la droga, pero es lo de menos. Más interesante es la exaltación que se atribuye a la sustancia, omnipotencia que tiene mucho sentido para un varón. “Podés, podés, podés” dice la letra, cuyo contrapunto es “Y no tenés”; es decir, cuando se puede todo, no se tiene nada, ni un “poquito... de amor”. El amor no es potente, siempre es un poquito, un cachito, ese resto que descompleta la potencia en un varón. Por eso el amor es un símbolo de la castración masculina, porque apunta a lo que no se tiene y, encima, es chiquito. Enamorado el varón siempre la tiene chiquita, quizá por eso muchos cuando aman son impotentes. Incluso en su época más dura (en todo sentido), Charly tuvo la ma-durez para avisar que por el lado de la potencia la cosa no va.
 

 

Charly no habrá sido psicoanalista, pero no cabe duda de que muchas de sus canciones y entrevistas son interpretaciones para el inconsciente colectivo de los argentinos.

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