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Miércoles 10.06.2020 - Última actualización - 12:28
12:18

La peste en mi pago

Suspiros y una larguísima soledad

 Crédito: Guillermo Di Salvatore
Crédito: Guillermo Di Salvatore

Crédito: Guillermo Di Salvatore



La peste en mi pago Suspiros y una larguísima soledad La igualdad cromática, la incertidumbre, la trazabilidad y la carga viral repuso el todos podemos ser iguales. Todos podemos ser iguales. No lo somos, el coronavirus indica que el potencial existe: podríamos ser iguales. Al menos igualmente indefensos ante lo desconocido, ante el miedo, ante el espejo de la soledad.

En un poema digo, confieso una cuestión elemental: las fiestas son terribles para los amantes (El libro donde lo publiqué se llama “Poemas para leer después de los 40”).

 

Una navidad, esa carrera que va del Niñito Dios a los Tres Reyes Magos, el oro, incienso y mirra, deja solitarios los cuartos, los niditos de amor enmohecen, la vida se altera y, pese a la certeza que da saber que eso pasaría …y pasa, la distancia y el imposible vuelven “suspirosas” las jornadas. Suspirosas es un neologismo que reemplaza a tormentas de suspiros.

 

La peste en mi pago suma, a todas las desventuras, las tormentas de suspiros. Hay más, un amigo confesaba, en este fin de semana de mínimos reencuentros en algunas zonas del país, en otras el coronavirus es un vallado peor que el alambre de púas, que había conocido el balcón de su departamento. Ocupado en el ir por venir de sus negocios y los viajes al balcón, que reconoció que era amplio y por no abrir la ventana entre negocio, viaje y valijas no lo sabía, sirvió, por indicación de su hijo, que proveía las vituallas, de un fenomenal sitio para los “deliverys” del mediodía, en el soleado balcón.

 

Detrás del balcón y el re encuentro lo que estaba presente es que, a su soledad de varón chamuscado de matrimonios, el hijo le puso luz, espaldas, charla, conversación, temas de enojos y alegrías y eso: vida.

 

Los suspiros aumentan con la soledad o, al menos, son diferentes. Creo que una de las cuestiones que de ningún modo volverán serán los diálogos, las presenciales, las ausencias y esa mirada contra el espejo del baño a solas con la madrugada y el primer viaje a equilibrar la vejiga. No volverán… a parecerse.

 

No hay sicólogo o psiquiatra, que no es lo mismo, ni analista de comportamientos sociales, que habilita de modo diferente eso, el análisis de las actitudes individuales y la sociedad y ni siquiera periodista afligido (allí me ubico) que no entienda que la pandemia definió el Siglo XXI, le dio un color. Una única coloratura.

 

La igualdad cromática, la incertidumbre, la trazabilidad y la carga viral (por dónde vino, con quién estuvo y de qué modo portó la partícula inerte que, con su mochila llega hasta mí, que eso es el contagio) repuso el todos podemos ser iguales. Repito el concepto. Todos podemos ser iguales. Una vez más: todos podemos ser iguales. No lo somos, el coronavirus indica que el potencial existe: podríamos ser iguales. Al menos igualmente indefensos ante lo desconocido, ante el miedo, ante el espejo de la soledad.

 

El tango dice algo: “Busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad…”. Es anterior a 1935, obvio. Es un Gardel y Lepera. Es de “Volvió una noche” y define una cuestión: la traición, el retorno, el pedido de perdón y la más difícil realidad que, aún en la soledad, se re define: pedimos y damos piedad. Muchísimos años después es Mario Trejo con Piazzolla quien logra enfatizar espejos, separaciones y soledad con un rigor poético muy alto: “Un sueño breve y antiguo como el tiempo, que los espejos no pueden reflejar… (sugiere que el amor, los sueños, no aparecen en los espejos, ni aún en tiempos de Peste)… Al fin logré reconocer cuando un adiós es un adiós, la soledad me devoró y fuimos dos…” En el mismo poema, Trejo señala que en la soledad estamos solos y, al no tener el amor que fusiona cada uno es eso. Soledad.

 

No lo dirán las estadísticas de una cuarentena que llega a los 80 días. Uno de los ejes es el misterio. Que hacemos con esto que aprendimos a sostener, convivir, cargar. La soledad. Oferto la palabra. Habrá más jornadas “suspirosas”. En esa inspiración, expiración, exclamación el esternón es parte inicial de la única enfermedad que se retroalimenta de su propia especie. La angustia. El coronavirus posee una recidiva inatajable. Frenar la retroalimentación negativa de COVID-19 es sencillo. Es Roberto Galán, aquel animador de televisión quien lo proponía: “hay que besarse y quererse más”.  A los males del alma que trae el coronavirus no hay laboratorio farmacéutico que lo resuelva. Es otra cosa.





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