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Miércoles 17.06.2020 - Última actualización - 11:13
11:00

La peste en mi pago

La rebelión del encierro




La peste en mi pago La rebelión del encierro La rebelión de nuestras ganas, de nuestras silenciosas oscuridades el alma, la queja contra el encierro es la chiquilinada de mamá quiero ir al patio, no nene, primero termina la comida. Es eso...

Desde el 20 de marzo a la fecha han pasado muchas cosas y una se mantiene: el miedo a la Peste.

 

De poco tiempo a la luz, de más horas, del verano finalizado ahí, al día siguiente del decreto de Cuarentena y en horas al otoño y este invierno que se acerca acá en el sur del mundo. Poco tiempo.

 

Llevamos una vida pensando que se duerme dentro y se trabaja fuera. El 95% de la población vive de día y duerme sus noches. El 5% restante es la guardia que pone la sociedad para vigilar el sueño.

 

Cuando alguien dice, de las programaciones nocturnas, que tiene un altísimo porcentaje de audiencia debe pensarse que el total sería el 5% de la población. Conviene resguardarse de las interpretaciones de la estadística.

 

Ahora aparecieron estadísticas, todas sugeridas, todas sugestión, todas impresiones y en rigor sólo números, no estadísticas; ahora aparecieron números sobre los que trabajan dentro y fuera de la casa.

 

“Ha crecido el trabajo a distancia”. Cuanto… un montón. Bueno, creamos en el titular periodístico porque hay una cuestión imposible de quitar del medio: estamos encerrados.

 

Lo que la noticia no aclara, además del número, es la calidad de coyuntural o definitivo. Charlaba días pasados con un concejal rosarino que se quejaba de dolores del cuello y la columna, tramo cervical. Demasiados programas “vía Zoom”, demasiadas video conferencias, demasiado “chateo”. Se advierte que deseaba volver a los debates en un recinto y mirarse las caras, pedir café y salir a fumar.

 

Los médicos clínicos extrañan sus salas de espera llenas de pacientes. Hasta los cardiólogos de las urgencias sostienen que hay menos trabajo y eso que el corazón, que ya no es un cazador solitario, ni un corazón delator, trabaja a destajo y aún más, cuando desde la mitad del esternón algo inconsciente empuja insistentemente con una certeza: mucho encierro. Pero ni se distrae ni se rinde. No hay angustia “panicosa” que lo distraiga. La Pandemia puede más, la Peste en mi pago le viene ganando, pero con un resultado cada vez más apretado, a la rebelión del encierro.

 

El claroscuro es, en el fondo, una manera de señalar lo difuso. Este encierro, la angustia que nos ayuda a cargar, es real en un estado real o aparente en un estado de tales características. Estamos enfermos del corazón… estábamos… en qué punto no se trata de una rebelión contra un encierro que impide que duelan más las muelas y protestemos por el café frío en ese bar de siempre.

 

Michel Foucault, en Nacimiento de la Biopolítica refiere al tema: “Solo se gobierna un Estado que se da ya como presente. Solo se gobierna en el marco de un Estado, es cierto, pero este es, al mismo tiempo, un objetivo a construir. El Estado es lo que existe y, a la vez, lo que no existe en grado suficiente. Y la razón de Estado es justamente una práctica o, mejor, la racionalización de una práctica que va a situarse entre un Estado presentado como dato y un Estado presentado como algo a construir y preservar…”

 

Después de Miguelito Foucault me repregunto el tema que aflige. El encierro es una decisión del Estado. Bien, sigamos por allí. Ese Estado que me ordena encerrarme para salvar mi vida y, también y por la misma veredita, la de todos por partes iguales y crecientes. Pero al encerrarme sostengo la creencia en ese Estado que mañana me va a pedir cuentas de impuestos, comportamientos, obligaciones a las que el encierro, por mi bien y el de todos, dieron mayor legitimidad.

 

Vamos de nuevo. Un Estado excesivamente vigilante, como uno demasiado permisivo llegaron a la conclusión que el encierro salva vidas. Las individuales. Las del colectivo social.

 

Otros Estados excesivamente liberales, como demasiado desaprensivos, coincidieron en dejar que se infecten, contagien, transmitan, se mueran y se vayan al infierno, importantes cantidades de personas a las que decidieron desatender en tanto células, para atender en cuanto cuerpo social con economías y equilibrios de la balanza de pago muy demandantes.

 

El pensador, ensayista, novelista lo que sostiene es que hay un Estado Aparente y un Estado que vamos creando. Cuando nos rebelamos por el encierro y el esternón empuja angustiosamente… ¿contra qué Estado avanzamos…?

 

La rebelión de nuestras ganas, de nuestras silenciosas oscuridades el alma, la queja contra el encierro es la chiquilinada de mamá quiero ir al patio, no nene, primero termina la comida. Es eso…

 

Pasados todos los días que vienen desde el 20 de marzo hasta hoy, esta rebelión es por el encierro y ya no se banca del mismo modo un Estado Aparente que apenas ordenó el encierro y manda, por la pasiva de la aceptación, el mensaje: miren, muchachos, no puedo hacer nada contra el virus. Esperemos dentro

 

Allí aparece Miguelito. Lo aceptamos al Estado y lo estamos, por eso, construyendo o lo estamos construyendo como un monstruo al que le hacemos caso pese que nada hace para sacarnos de esta habitación.

 

La Peste, cuando se vaya, si se va, obligará a una pregunta: che, había un Estado o el pavor construyó uno que usamos como bandera del miedo universal a la muerte.

 

Aclaración: los peores entrevistados son aquellos que elogian al inquisidor: buena pregunta… Por lo tanto, insisto ¿Hay un Estado Aparente y un miedo real? Las burocracias salvan a los Estados de la anarquía basal, decía un viejo librito de Bakunin. Hace mucho tiempo. Tiempos sin peste, según imaginamos solos, en este cuarto, donde estamos hace más de 80 días porque hacemos caso al miedo… y al Estado. Real y aparentemente.





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