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Viernes 19.06.2020 - Última actualización - 21:13
21:05

La peste en mi pago

Sordos ruidos oír se dejan…

 Crédito: Archivo El Litoral
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La peste en mi pago Sordos ruidos oír se dejan… La peste en mi pago nos dejó confinados a la evocación y el potencial del llegaría si alguna vez volviese.

Por el edificio se oyen ecos, ni siquiera son ruidos propios, de algún lado vienen y ahí están, por las paredes se acomodan y llegan. No estoy alto en el bloque de cemento y fierros, queda gente arriba, niños que juegan en los pasillos, los ruidos se aprietan, como los olores de una cocina antes que abran el restaurante y se mezclan, todavía, la cebolla y su fritado con una carne en el horno y un limón.

 

Por el edificio se oyen ecos y es de día, con la luz sorprenden menos pero igual no se entienden porque son complicados en sus mezclas; de noche los ecos son fantasmas que suenan y traen recuerdos como caballos en tropel en los desfiles, cuando arranca la carga de caballería y suenan los clarines, se simula una batalla y esos ruidos se quedan en la memoria, como las sumas de una cuenta del Debe y el Haber de la emoción, de la margarita desflorada y el jazmín que ya no está y la jovencita que llora en un banco y ese sonido no está pero si, caramba, que los ecos son eso que remplaza la vida.

 

Hay ecos de colores si uno cierra los ojos. Digo, de diversos colores ajenos a la verdad de la pupila, los conos y bastones, el quiasma y la retina. El eco bien puede ser una ceguera de la palabra, el resplandor de un insulto anaranjado.

 

Por el edificio se oyen ecos de esas cargas, memorias de memorias y de la calle suben más, más ecos que simulan la vida.

 

Por todo el edificio se oyen ecos, tenemos comprendido que los ecos no son los sonidos verdaderos, son sonidos pero de otro sitio, son un después del ay, ay, ay, como si uno no llorase ahora, sino que viniese el dolor y una lágrima referida a viejas cuestiones sin cerrar.

 

Los sonidos por todo el edificio son martillazos que van y vienen y el eco es un toc toc que avisa el clarísimo hubo una vez aquí y que cuenta la leyenda y en un lugar de La Mancha… quien se esfuerza lo oye. El eco es un cuento inconcluso de algo que pasó.

 

No hay engaño con los ecos, porque no son ni la sangre ni la cuchillada ni el grito, sino el eco de tantas cosas, como el dolor referido del brazo mutilado que en el cerebro aparece y pueden jurar, sin temor a la mentira, que la mano entera llega hasta la corteza y dice presente.

 

Por todo el edificio vagan ecos ciertos pero por lo mismo ambiguos, nada más indefinido que un eco pero, caramba, de qué edificio hablamos… la peste en mi pago nos dejó confinados a la evocación y el potencial del llegaría si alguna vez volviese.

 

La Peste en mi pago, desde el 20 de marzo viene armando paredes. En un edificio diferente cada uno de nosotros, los enteros de cuarentena y enfermos de lejanías persistentes, los que portamos la mochila del te quiero y deseo volver  verte crecemos en ascensores, con el mensajero que trae el pedido de legumbres frescas, palieres rechonchos de papeles viejos, el motor de la heladera conservando su monotonía, como un corazón mecánico que mantiene frías las bebidas y esos, los ecos que simulan un mar en las caracolas y fantasmas en las puertas desvencijadas, son la clara compañía de la soledad que ya se sabe, es apenas la ausencia de aquello que se quiso.

 

Un ruido sordo vive con nosotros como decía Paul Éluard en el final de su poema: “En la salud reencontrada, en el riesgo desaparecido, en la esperanza sin recuerdo escribo tu nombre. Y por el poder de una palabra vuelvo a vivir, nací para conocerte, para cantarte Libertad”. El poeta lo escribió en el 1942, por otras razones más obvias, más duras, pero igual de universales. La peste nos pone cerca de aquellas, sus ausencias retratadas en poemas.





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