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Lunes 22.06.2020 - Última actualización - 17:13
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Una mirada sobre los problemas del racismo

El último baile de Jordan y Floyd

Estas últimas semanas se ha hablado mucho de Michael Jordan por el estreno de “El último baile”, una “docuserie” de Netflix y ESPN que aprovecha su último año como jugador de los Bulls Crédito: ArchivoEstas últimas semanas se ha hablado mucho de Michael Jordan por el estreno de “El último baile”, una “docuserie” de Netflix y ESPN que aprovecha su último año como jugador de los Bulls
Crédito: Archivo

Estas últimas semanas se ha hablado mucho de Michael Jordan por el estreno de “El último baile”, una “docuserie” de Netflix y ESPN que aprovecha su último año como jugador de los Bulls Crédito: Archivo



Una mirada sobre los problemas del racismo El último baile de Jordan y Floyd Cualquier afroamericano que consigue un éxito significativo tiene una carga adicional, y muchas veces EEUU acepta a Michael Jordan siempre y cuándo no te vuelvas demasiado controvertido en torno a cuestiones más amplias de justicia social.

“Los republicanos también compran zapatillas”, Michael Jordan - 1989.

“Por favor, no puedo respirar”, últimas palabras de George Floyd, mayo de 2021.

 

* * * * *

La historia se juzga con los ojos de la actualidad, lo que nos impide ver el presente y el pasado. Duelen mucho los muertos en esta realidad de súplicas y balcones. “Qué pocas personas veo ahora, y las que hay caminan como si se hubieran despedido del mundo”, escribía Samuel Pepys durante la pandemia de peste en Londres, en 1665. Lo que sabemos es que en las grandes tragedias lo que sobra siempre en cantidad, son los muertos. Al terminar la segunda guerra mundial, los soldados negros americanos vivos volvieron a casa y después de dejar miles de hermanos muertos en los campos de batallas europeos, en su país, se encontraron que tenían que ceder como antes el asiento en el transporte público. Una mañana Rosa Parks se negó a ceder el asiento a un hombre blanco en un micro de Alabama: ahí nació una de las denuncias épicas más hermosas en la historia del ser humano. Cada cierto tiempo, la humanidad debería “no levantarse del asiento” ; debería “no levantarse del asiento” de la deuda caníbal; debería “no levantarse” del enriquecimiento ilícito; “debería no levantarse” del racismo, de los miedos atávicos que nos paralizan como sociedad ausente e inerte ante un sistema de tanta discriminación y tan desigual.

 

Deshaciendo una y otra vez el camino en “En el Útimo Baile”, Michael Jordan se levantó del asiento muchas veces. Se “levantó” para desentenderse del compromiso de piel y darle la espalda a su comunidad. De ensalzar hechos de santos, hemos pasado a exhibir las virtudes del diablo. En 1989, se “levantó del asiento” y se negó a apoyar al senador afroamericano Harvey Gantt, ante el republicano racista, ultaconservador, Jesse Helms, empecinado en reactivar la segregación racial en las escuelas, y retirar, entre otros desmanes, el día festivo en recuerdo por la muerte de Martín Lhuter King. “Hubiera querido que Michael se involucrara un poco más, sabiendo lo que representaba Helms”, manifestaba Obama en el documental, “The Last Dance”. “Los republicanos también compran zapatillas” declaró “Mike”, para justificar su falta de compromiso por los derechos civiles, insinuando estar más preocupado por su fortuna personal que por el enconado conflicto racial que se avecinaba en las elecciones de Carolina del Norte. Las “Air Jordan” Nike, cosidas a 2 dólares el par en las espaldas del mundo, en los infiernos olvidados de la pobreza extrema, en el lecho de los acantilados de la dignidad humana, como Bangladesh, y vendidas en la parte “ilustrada” del planeta a 80 dólares el juego como rosarios de cicatrices, se incrustaron como una herida brutal en la médula profunda de la comunidad negra. Para desconsuelo de los afroamericanos ganó Helms, sumando así su cuarto mandato.

 

“Cualquier afroamericano que consigue un éxito significativo tiene una carga adicional, y muchas veces EEUU acepta a Michael Jordan, Oprah Whinfrey o Barack Obama siempre y cuando no te vuelvas demasiado controvertido en torno a cuestiones más amplias de justicia social”, reconocía el propio Obama en el documental. Jordan paso a ser parte de la cultura estadounidense porque “molestaba poco”. En “El Último Baile”, Michael, desnuda un ego de mercado inducido, tan inmenso como el talento desmesurado que desplegó para convertirse, sin dudas, en el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. No fue la metáfora del sueño americano, fue el sueño americano vendido por las pantallas abrasivas del mundo sin cobertura mediática para el análisis. “Se Mike: Mike es Mike”, decía la publicidad de Gatorade, en el film. ¿Cuál de ellos? “Yo quiero esto. ¿Lo quieren ustedes? Tal vez no deban estar aquí, tal vez no están a la altura. Debo gritarles todo el día”, se expresaba con dureza y desprecio a sus compañeros. “No le importaba herir tus sentimientos. Te alzaba la voz, te señalaba, te ofendía. Te decía vete, si no quieres vencer vete, vete”, declaraba Bill Wennington, jugador de los Bulls de Chicado de 1993-1999 en “El Último Baile”. Es como si te hablara el mercado, el triunfo de lo individual sobre lo colectivo, el mensaje neoliberal perverso de que si renuncias a las “oportunidades del sistema” es porque estás esclavizado por los subsidios, por la vagancia, la negligencia, la torpeza o la ineptitud, y debes formar parte del ejército de invisibles arrinconados en las espaldas del mundo.

 

Han pasado 31 años del rechazo de Jordan a Gantt, y hoy, por primera vez, en su inmenso historial de declaraciones, “Mike” se ha acordado de su gente: “Por una vez no lo hagas. No le des la espalda al racismo”, expresó ante la muerte de George Floyd.

 

En la semblanza de toda desilusión aparece siempre el desasosiego; como si el tiempo se hubiera detenido en la violencia de esa “rodilla” extrema, brutal; en el desamparo agónico del “no puedo respirar” que se enquistó como polvo de cicatrices en el lamento de los acordes que forman la banda sonora del dolor perpetuo del racismo. El alarido ronco de los que saben que no tienen nada que perder porque ya lo han perdido todo.

 

A Rosa Parks se la ha visto caminado sobre las nubes cansadas del paraíso. Caminaba junto a George Floyd, entre brumas blancas, de un blanco eterno de paloma sin alas que nos recuerda el vuelo de un mundo que dejó de volar. Caminaban descalzos, tomados de la mano, con los pies mojados por el rocío de la mañana, pies de una negrura intensa, pies vencidos por tanto desconsuelo, pies deformes, doloridos, que no encajan bien en unas “Nike” de Bangladesh.

 

(x) Ex jugador de Unión, campeón mundial juvenil en Japón con la selección nacional en 1979, actualmente radicado en España.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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