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Miércoles 24.06.2020 - Última actualización - 21:15
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Por Bibiana Degli Esposti

Los celos en el tiempo



Por Bibiana Degli Esposti Los celos en el tiempo Los celos no sólo atraviesan los tiempos de producción ni son patrimonio de los seres violentos. Es transversal a la derecha y a la izquierda del arco parlamentario, de los colegios laicos y los privados, desde el jardín de infantes al jardín de cada casa.

Por Bibiana Degli Esposti

 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Pablo Neruda.
 

Son los celos unos curiosos seres que nos habitan en todo el territorio de nuestra existencia. ¿Quién no se ha referido a sí mismo diciendo: soy celoso, o bien, no soy celosa? Afirmado o negado, el atributo de ser celoso se hace siempre lugar en la frase.
 

Atraviesan el tiempo de cada vida y lo vienen atravesando a través de los siglos. Cambiaron los modos de producción y los celos de los agricultores y cazadores resistieron la máquina de vapor y el avance de la especulación financiera. No cambian las pasiones. Los celos pueden no ser ya tanto algo que deje un crimen impune, más no por eso deja de ser la pasión con la que acometen los violentos, convencidos de que el otro y la otra le pertenecen.
 

No sólo atraviesan los tiempos de producción ni son patrimonio de los seres violentos. Es transversal a la derecha y a la izquierda del arco parlamentario, de los colegios laicos y los privados, desde el jardín de infantes al jardín de cada casa.
 

Adquieren los celos una potencia que puede crecer desmesurada e inoportunamente. Cuando todo indicaría el momento de la separación o la indiferencia, el pecho se me revuelca, la vista me traiciona y el sistema motor no me responde bien. El desorden funcional no engaña: he sido atacada y aunque crea que es de fuera, es sin embargo íntima la puesta en causa que determina mi conmoción.
 

Se dice que los celos del obsesivo son proverbiales. Y no deja de ser verdad, el obsesivo no suelta fácilmente nada, hay un goce en retener que, cuando imagina cuernos, puede entrar en un ritual atributivo sin pausa. Pero el obsesivo moviliza la libido a su modo como cualquiera. Es más bien la libido en cada una y cada uno la que no suelta prenda, aunque ya no le interese demasiado.
 

Los celos en el tiempo han gozado y gozan de supuestas bondades que no son tales.
 

“De otro, será de otro como antes de mis besos...”. Él no ha visto al otro pero lo atribuye y a partir de ahí el poema se revuelve hasta llegar a un: “Es cierto ya no la quiero. Pero tal vez la quiero...”. El celoso o la celosa puede cambiar en una frase el camino que va a seguir, la ética que quebrantará o no quebrantará, la consideración del “apestoso” que la rechaza se vuelve enseguida dulzura sin par.
 

Curiosa guía de vida.
 

Curiosa porque los celos nos sumergen en la atribución plena, pero la atribución necesita del juicio de realidad para ser algo diferente a un delirio. Y sin embargo, es prueba de amor, es atenuante. Yo creía que estaba con otro señor juez, señora jueza y luego resultó que no pero yo ya había armado tantos escándalos que perdí, la perdí y me perdí en el laberinto y no pude encontrar la salida. A esos curiosos invasores del entendimiento, el imaginario de todos los tiempos les ha dado significaciones positivas o negativas.

 

Valga como ejemplo: ‘Si me cela es que me quiere‘ y si yo ya no me atrevo a esa lectura, siempre habrá alguien en mi entorno dispuesto a interpretar que es claro que él me quiere. ¿Por qué si no te va a dar vuelta la cara cuando pasaste con un amigo? Y sin embargo ¿es seguro que me vio? Basar el futuro en la lectura de ese signo, tranquilamente puede llevarte a la ruina.
 

La universalidad del fenómeno ha de hacernos reflexionar. Por un lado y ante semejante invasión del pensamiento por los celos, debemos poner a estos seres del lado de la anormalidad. Mas y también por la universalidad, debemos ponerlos dentro de la constitución normal, regular del sujeto psíquico. Si bien es universal el fenómeno, es sin embargo singular el lugar que ocupan en cada quién, lo que cada uno se permite en su nombre.
 

Los celos entro-metidos, tejidos en todas las formas del amor y en muchos desencadenantes del odio, nos muestran que aunque la humanidad avance en técnicas productivas y médicas, no obstante el hombre y la mujer siguen detenidos por pasiones antiquísimas.
 

Cuando un hombre no se atreve con una nueva mujer porque la que tiene puede hacer lo mismo, cuando escondo una idea buena porque mi compañera puede salir beneficiada en su despliegue, cuando un niño no sale a jugar con sus amigos por no dejar a la madre a solas con el nuevo bebé o con el padre, en todos estos casos no es verdad que dejo de hacer lo que deseo o debo por fidelidad en el primer caso, competitividad en el segundo o preferencia en el tercero. Dejo de hacerlo porque una pasión íntima y voraz me tiene detenido a las puertas del mundo, me sujeta a razonamientos que son invalidantes y sin embargo defiendo como una legítima forma de amar.
 

Tan ciertos como se presentan, tan potentes como se muestran, los celos son señal de inseguridad y deseos de posesión. Aparentemente no estoy segura del amor del otro, pero en realidad lo que se tambalea es mi propia firmeza. La clínica psicoanalítica muestra que no es bueno quedarse en la manifestación celosa, porque como en toda manifestación humana, hay un más allá.
 

Si como analistas y como lectores estamos dispuestos a no sucumbir a las ideas prejuiciosas que nos dirigen cuando estamos celosos o ante una situación de celos, podremos ver qué lugar ocupan en cada momento y en cada sujeto. Hay celos filosóficos, celos antropológicos, celos del avaro, celos de suegra, celos paranoicos y tremendos celos de un maltratador. El otro día en una supervisión, la analista contaba que una paciente suya le había derivado a una amiga que sufría mal de amores. Pero luego la derivante se peleó a muerte con la derivada y en la transferencia estalló Troya, ya no la atiendas, ya sólo quiéreme a mí...
 

Detrás de una fachada celosa siempre hay una angurria proverbial.
 

De Agustín de Hipona, a quien le atribuyen algo así como que si no celas no estás enamorado, a la abuela picarona de Los Nocheros que asimila los celos a la sal y pimienta del amor, las cosas parecen lindas pero ¿cuál es el límite? Porque también un poco más adelante los Nocheros te cantan: Un poquito de celos/te ilumina la mirada/son tus ojos cuchillos/que me matan por la espalda..
 

Contradiciendo al santo de Agustín (antes picarón) y más en la línea de la canción, sabemos que un maltratador no ama, sólo se ama. No es por ningún tipo de amor contrariado al semejante que llega a matar a su presa. A veces, demasiadas veces, los celos son eximentes de nuestra responsabilidad.
 

Va uno y aun dice, la maté porque era mía, pero no señor, ella no era suya, suyos eran los celos y la atribución de propiedad, y en su nombre usted ha cometido una barbaridad.
 

(*) Psicoanalista. www.aprescoupsp.com.ar

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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