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Jueves 02.07.2020 - Última actualización - 21:15
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La peste en mi pago

La Contra Cultura no se rinde

Retratos del artista brasileño, Alex Flemming, intervenidos con barbijos Crédito: Agencia XinhuaRetratos del artista brasileño, Alex Flemming, intervenidos con barbijos
Crédito: Agencia Xinhua

Retratos del artista brasileño, Alex Flemming, intervenidos con barbijos Crédito: Agencia Xinhua



La peste en mi pago La Contra Cultura no se rinde El arte, el hecho cultural, es un diferencial, lo era. Esta etapa, en mitad de la guerra, es de camuflaje. Nada tan diferente que moleste, espante, confunda, detenga. El arte. La Cultura siempre es un punto, una curva, un mojón. Era. 

Desde marzo en Argentina, con fechas diferentes en otros sitios, el humano entendió que una Pandemia azotaba a la raza, la confrontaba. Siglo XXI y algo por conocer. No fue poco. Por conocer y sin posibilidad de escape o negación. Todos juntos ahora.

 

Comparto el concepto más dogmático: “todo lo que no es obra de Dios es creación del hombre… eso es cultura”. Se la podemos atribuir a Toynbee, que no se enojará. Vivo en la contradicción, soy agnóstico.

 

Me achico: el hecho cultural refiere a valores, mensajes, significantes que trasladan eso, un mensaje. La cultura es el sostén, la polea, la cadena que, del modo que sea une, tras la flecha del tiempo, aquellos y estos, ellos y nosotros.

 

Todo hecho cultural es un canto rodado y, si bien se sostiene, en la vulgaridad del café, que la música amansa las fieras y no significa nada culturalmente hablando, porque no hay en eso mensaje y/o significantes en la cola que mueve un perro al escuchar una guitarra, soy argentino, americano, vivo en un continente donde los jesuitas sostuvieron que la música acomodaba a esas “cosas parecidas” a un ser humano, los salvajes. Les dejaron un violín, trajeron la escala de las siete notas, y por las suyas apareció el “Berimbau”. Hay algo que, de donde sea, saca fuerzas, se resiste a la tranquilidad de ese perro mencionado o la pasividad de los helechos. Esa pulsión es la cultura como mandato de la corteza. Se difunde, domina.

 

En esta Pandemia una definición acelerada lleva a creer, se sostiene fácilmente con los ejemplos, que las “manifestaciones artísticas”, parte de esa pulsión, al menos parte, se apropió de las herramientas del Siglo XXI y allí salió a batallar con su mensaje. Pago o gratuito, empujado por los grandes sistemas de transmisión en cadena o maravillosamente mágicos, los “mensajitos” salieron. Ni bueno ni malos. Sucedieron. Están. No creo en ellos como unidad, los advierto poderosos como herramientas de una simplificación que debe sonar como alerta de Bomberos o de Bombardeos. Streaming, Skype, Tik Tok, WhatsApp, Twitter, Zoom, Facebook. Faltan, todos los semestres aparece una. Por esas herramientas lo dicho: los mensajitos de la simplificación, la igualdad y la facilidad que esconde la peor confusión, la del olvido.

 

El arte, el hecho cultural es un diferencial, lo era. Esta etapa, en mitad de la guerra, es de camuflaje. Nada tan diferente que moleste, espante, confunda, detenga. El arte. La Cultura siempre es un punto, una curva, un mojón. Era. En esa duda debemos quedarnos.

 

Antes de estas cuestiones (aclaración fundamental, es ésta, la Pandemia del Coronavirus, la entrada real en el Siglo XXI. No hay modo de esquivar este sujeto mundial: COVID-19) quedan reflejos siglo XX, inútiles, están, allí los que querían diferenciarse de “el teatro comercial”, los que se negaban a la música organizada según discográficas, los que se negaban al cine del pochoclo y la familia, ganan los buenos y the end, los que sostenían la inutilidad del caballete o la imperfección del cinemascope y la foto de Kodak Color se encontraban en un punto. Eran “paraculturales”, eran contra cultura, eran el sótano y la rebeldía, eran el “underground”. Siglo pasado.

 

John Osborne en “Recordando con ira”, “Mirando hacia atrás con ira”, Look Back in Anger, trae un concepto: la iracundia (Un hombre culto que, a pesar de su educación universitaria, apenas puede conseguir un trabajo poco calificado. Tal frustración empapa de amargura toda su vida, personal y profesional). En el 1959 se estrena. El tiempo la vuelve un clásico y al texto una repetición, que ya entonces era una advertencia. Todo lo que da dinero queda fuera de control, censura o silencio. Chau denuncia, venga el éxito comercial. Osborne habló por todos.

 

Es el año, los ’60, en que en Argentina el teatro independiente quiere separarse del comercial y ofertar más textos, más mensajes, más cultura diferente.

 

Fue un fenómeno que abarcó de un modo tan perfecto la sociedad que retornaron los actores, los textos, los músicos, los sótanos concert y una vida nueva. La paracultura, el paracultural, el underground aquel es, hoy, un dilecto perfil de amores, recuerdos, naftalina y ungüentos. Sucedió.

 

Hay un punto en donde todo esto, lo que va soterrado y llega a la superficie, se convierte en cíclico. Vamos, hay quienes sostienen que esto que hoy sucede, el triunfo de la mini canción, el riff elogiable y el aullido en un aparato que entra en mi mano y entra en 10 millones de manos al mismo tiempo, es la Cultura. Que ya vendrá el remplazo.

 

Por debajo, si esto es cíclico y debemos aferrarnos a la certeza que da la incertidumbre racional, sumando la seguridad de la loca fe de sostener que siempre sucede lo que debe suceder, estamos en este punto. En algún lugar músicos, pintores, relatores, sensibles mentes, hombres, grupos, pueblos enteros, están gestando las nuevas y mejores formas, las que superen el presente (el arte es el testimonio, el elemento de dominación y permanencia, la savia del mensaje, lo que visceralmente es cultura y responde al mandato).

 

En estos días de la centena de cruces en el almanaque, sin recuperar aquella jornada que nunca será igual, un texto de un músico acompañando su audio (C. Jam Blues) del inmejorable autor, entrega una pista. Ése es el camino.  Leamos: “Un llamado telefónico para unirme desde casa con esta banda propició mi primera experiencia para ser parte de esto que hoy en día se ha popularizado internacionalmente. Allí fui a un rincón con el clarinete Selmer Series 9 que me acompaña desde 1968. Confieso que me fue raro hacerlo, cometí errores técnicos que me fue difícil resolver. Además, básicamente en mi caso NECESITO la proximidad física y sonora de los demás para funcionar y si hay audiencia mucho mejor. Me entran todas las dudas del mundo tocando encima de algo que oigo con auriculares en la oreja como toda compañía. Pero finalmente quedó lo que no tan mágicamente, sino con mucha paciencia armó el incansable Pedro.

 

Mi agradecimiento por la invitación y el reconocimiento a todos los participantes en este clásico del gran Duke Ellington que sólo utilizó dos (si, 2) notas en su melodía. Salud.” (y va la firma).

 

Encuentro en este mensaje el camino. Las herramientas no vencen la canción. Los que encuentran en ellos un modo de adocenar allí están, pero siempre estuvieron. Y los que quieren subir, por la cultura, el conocimiento, a un estado superior del hombre, que ése es el intento, viven para culturalmente, sin rendirse. En algún punto, escribiendo este texto, pienso en Fahrenheit 451 (es de 1953), apuntaba a lo mismo. Sé que Néstor Zapata, Pichi Debenedictis, Rafael Ielpi, Jorge Cánepa, Chiqui González, Walter Operto, hombres de la cultura santafesina como herramienta, estarán en la trinchera: la Cultura no se rinde, apenas si aprende a manejar las nuevas herramientas.





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