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Viernes 03.07.2020 - Última actualización - 20:22
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Coronavirus, efectos colaterales (VIII)

El virus, la política educativa y los discursos altisonantes

 Crédito: Archivo El Litoral
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Coronavirus, efectos colaterales (VIII) El virus, la política educativa y los discursos altisonantes Las mujeres lloraban de sol a sol y a los hombres les anidó en el pecho el pájaro del miedo; no por ellos, más que nada por los niños. Y fue así que, de a poquito, comenzaron a sentir que ya nada sería igual; que el mundo había cambiado. 

La directora de la escuela Manuel Belgrano, nunca imaginó lo que sucedería; era entendible, quién podría haberlo imaginado y, después de todo, ella hizo lo indicado. 

 

Dos semanas atrás cursó nota al supervisor y, ante la falta de respuesta formal, se contentó con un “ok” que éste le enviara por WhatsApp tres días antes. ¿Qué más? ¿Para qué más?

 

El supervisor había leído la nota pero nunca imaginó que la situación se podía desmadrar. ¿Cómo podría?

 

Lo comentó en la sala de regional, pero todos le restaron importancia. ¿Qué podía llegar a pasar? ¿Qué, que no haya ya pasado? 

 

Lo importante era que vuelvan las clases, después de tanta cuarentena, el resto, sólo un trance. Anécdotas de la política.

 

Fue así que ese lunes, entre las autoridades del ministerio, el presidente comunal y el secretario de Cultura, se acomodó (a prudente distancia) el cacique medio chiflado; el de la comunidad Chaná Timbu. 

 

Más aún, ante la consulta de compromiso de los organizadores del acto dijo que sí. Que sí, hablaría ante la concurrencia “Dos o tres palabritas, nada más”.

 

Y a su turno, se largó nomás. 

 

Dicen por ahí que anda dando vuelta un virus, y los indios mucho sabemos de virus. Hace largos años mi gente tuvo que luchar contra un virus bravo. Muy bravo...

 

Los ancianos del concejo lo vieron llegar antes que llegara; venía de lejos, del otro lado del gran río de sal, y lo traían los extranjeros, eso seguro.
La gente aborigen sufrió el virus más que nadie. Quizás por ser salvajes. “Primero se escuchaba un ruido fuerte, como un trueno y luego el cuerpo del indio se llenaba de florcitas rojas de gotas de sangre”. 

 

Las mujeres lloraban de sol a sol y a los hombres les anidó en el pecho el pájaro del miedo; no por ellos, más que nada por los niños. 

 

Y fue así que, de a poquito, comenzaron a sentir que ya nada sería igual; que el mundo había cambiado. La vida..., la vida del Chaná, del indio de las tribus del Paraná, de los de la tierra grande y hasta la vida del extranjero ya no sería igual. 

 

Aquel virus, como este hoy, estaba cambiando el mundo, nuestro bello mundo de libertad. 

 

Extranjeros y gente Chaná parlamentaron cómo seguir. Ellos dijeron que ya habían pasado por esto; la única forma era prevenir. Los salvajes debían cambiar algunas cosas para frenar el contagio. Para evitar que el virus de la florcita roja nos arrase.

 

Se hizo una pausa...

 

Las luces de las cámaras, que se habían apagado con el discurso de las autoridades, comenzaron a encenderse nuevamente, y las miradas siguieron a las luces y los oídos a las palabras del indio. 

 

La política, a través de las cámaras, miró al ministro y el ministro miró al supervisor y el supervisor a la directora... 

 

Y él chiflado continuó... El cacique continuó.

 

Se arregló que los niños debían ir a la escuela y aprender cosas nuevas, para eso tenían que taparse el cuerpo con ropa de tela y lavar sus manos y sus pies constantemente. Hábitos de higiene lo llamaron, como ahora.

 

Nada de andar todos juntos, nada de abrazos, ni caricias, ni manos unidas. ¡Cómo ahora!

 

Para evitar el peligro, dijeron, había que ir de a grupitos. Algunos por acá, otros por allá, algunos de mañana otros de tarde... en burbujas. ¡Cómo ahora! 

 

Y aprender un nuevo idioma, el idioma del futuro dijeron, como dicen ahora el idioma de las computadoras. Es que la lengua chaná había pasado su tiempo. 

 

No fue fácil, la gente aborigen no quería. Pero cuando se revelaban volvían a aparecer las florcitas rojas y con ellas la muerte y el llanto. El miedo jugó su partida. ¡Cómo ahora!

 

De repente el cacique se plantó. 

 

Dejó correr el tiempo. El silencio reclamó por su reinado, al fin y al cabo el río, antiguo aliado, corría a pocas cuadras.

 

¡Qué esta vuelta el hombre recuerde su esencia y el alma tome revancha sobre la razón! 

 

Aplausos cerrados. Los alumnos mayores soltaron sonrisas tiernas; los padres y los maestros miradas complaciente a la directora. La directora sondeó al supervisor y este al ministro. 

 

Y por esta única vez el ministro olvidó la política y no tuvo más alternativa que emocionarse.

 

Las mujeres lloraban de sol a sol y a los hombres les anidó en el pecho el pájaro del miedo; no por ellos, más que nada por los niños. Y fue así que, de a poquito, comenzaron a sentir que ya nada sería igual; que el mundo había cambiado. 


La vida..., la vida del Chaná, del indio de las tribus del Paraná, de los de la tierra grande y hasta la vida del extranjero ya no sería igual. Aquel virus, como este hoy, estaba cambiando el mundo, nuestro bello mundo de libertad. 

 

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