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El Litoral
Viernes 03.07.2020 - Última actualización - 20:25
20:09

Por Bárbara Korol

En blanco y negro

 Crédito: Bárbara Korol
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Por Bárbara Korol En blanco y negro La blancura tapa los colores naturales del bosque. Todo parece una imagen en blanco y negro. Los altos cipreses, los ñires y los radales mitigan su verdor. Las ramas se cargan de nieve y de pureza, que la tierra necesita para aplacar su sed de eternidad.

Por Bárbara Korol

 

Hace mucho frío en esta tarde invernal. Todo tiene matices de gris y de cristal. Desde el cielo teñido de rosa caen minúsculas plumitas granizadas. El suelo parece un mosaico que se va rellenando de blancura y va tapando los colores naturales del bosque. Todo parece una imagen en blanco y negro. Los altos cipreses, los ñires y los radales mitigan su verdor. Los copos celestiales cargan las ramas de nieve y de pureza, que la tierra misma necesita para aplacar su sed de eternidad. De a poco va anocheciendo. La oscuridad parece resplandecer. Unas chispitas refulgentes alfombran el paisaje dándole una belleza inesperada y frágil. En mi casa, la estufa rusa se enciende con el otoño y no se apaga hasta la primavera.

 

Ahora el calor que desprende endulza mis sentidos helados por el ímpetu de esta estación que llena el alma de melancolías y recuerdos. Preparo una cena caliente para mi familia y juntos compartimos el entusiasmo por la maravilla que nos rodea. La nieve es una fiesta que invita a divertirse y a jugar, a colmarse los ojos de hermosura. Me voy a dormir con el corazón lleno de esperanza y agradezco al Universo este milagro que me conmueve como cuando era una niña e imaginaba lugares fantásticos que escondían duendes y magas. Tal vez un poco de eso habita entre los coihues, los frondosos maquis y las lauras que rodean mi hogar donde sueño que mis perros fantasmas siguen haciendo travesuras mordisqueando la inmaculada novedad que el infinito nos regala. 

 

Me levanto temprano. Una tenue bruma parece envolver la mañana. El frío no me amedrenta y decido salir a correr para cargarme de la esencia más pura de la vida. Cruzo la tranquera y empiezo a trotar por el camino. La sencillez y la belleza del ambiente estallan en visiones perfectas. Mis pequeños pies se entibian al ritmo de emociones placenteras y de mi respiración agitada. Mis impresiones parecen carecer de color pero la naturaleza me sorprende a cada paso. De repente unos gajos rojos de rosa mosqueta rompen la estructura bicolor como un destello enamorado. Un par de caballos de pelaje cobrizo vienen galopando mansos y desorientados. Se nota que el encuentro imprevisto los asusta porque bajan la marcha y me miran casi con disimulo. Seguramente se soltaron por la nevada y algún paisano saldrá a buscarlos en un rato. Yo también tengo miedo y me detengo, los saludo con simpatía y retomo el curso lentamente mientras ellos escapan de mi vista. Sigo unos kilómetros más. Algunas construcciones empiezan a asomar y me advierten que la urbanidad se acerca. Pego la vuelta. Siento que crecen alas adentro mío y un temblor sutil como el vuelo de una abeja me deja resabios de miel en los labios. Los cerros se ven enormes y protectores salpicados de níveos amores. Una nostalgia querida me hace lagrimear. A lo lejos se distingue la rústica chacra de Don Braulio, un antiguo poblador, conocido por su gusto por ayudar a los demás. Las ovejas y las gallinas están fuera del establo y lucen indiferentes a la crudeza del clima. El viejo con su sombrero negro y su canosa barba me sonríe con los ojos alumbrados de bondad y levanta su mano en un gesto cordial. Giro en la curva evitando los escarchados y turbios charcos y emprendo el tramo final del recorrido. La densa arboleda del sendero espolvorea sus notas de nácar y frío. Mi figura femenina se va amalgamando a la armonía del bosque. Llego a mi destino. Un bombardeo incesante de copos glaciares me recibe entre risas y saltos. Mi hija pequeña me abraza feliz, y yo me siento afortunada. Las tonalidades y encantos de esta comarca me seducen cada día. La gloria debe tener el mismo misterio remoto de lo inmortal y el sabor secreto de lo natural y lo divino que se derrama en estos valles inolvidables y bellos. En el asador, donde Hércules, Isuzu y Tornado, mis tres gatos bebes, hacen travesuras y piruetas, el fuego está ardiendo al igual que mis mejillas y mis sensaciones. Todo lo sagrado me invade, me envuelve, me atraviesa, mientras despacito comienza a nevar nuevamente. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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