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Sábado 04.07.2020 - Última actualización - 20:45
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La peste en mi pago

Agua que no has de beber…

 Crédito: Marcelo Manera
Crédito: Marcelo Manera

Crédito: Marcelo Manera



La peste en mi pago Agua que no has de beber… Allá o acá, la peste nos puso iguales en ausencias, encierros, miedos, faltantes y esperanzas. Nos pone un poco niños otra vez, queremos abrir la puerta para ir a jugar.

"El arroyo de la sierra, me complace más que el mar…”. La versión de Pete Seeger de los versos de José Martí trajo allá, en la primera salida de la infancia (de una u otra forma volvemos a ser niños y volvemos a escaparnos hacia la adolescencia y la adultez) una re significación del agua.

 

Soy un hombre crecido a orillas de las aguas. Desde Santa Fe a Coronda, Barrancas y Puerto Aragón, Rosario y luego a Buenos Aires (casualidad, vivir en esa ciudad a 500 metros del agua fue casual, pero vaya uno a saber… inescrutables son los caminos de El Señor…) y vivir teniendo las aguas a un costado al caminar, al dormir, al soñar, pone estos días de la peste en mi pago con un faltante que no imaginaba. Mirar las aguas. Oírlas. No desespero pero las ansias están vivas.

 

El verano junto al mar por trabajo, como los primeros veranos juveniles con el arroyito de la sierra, ayudan a cerrar los ojos y saber que el agua está. Imagen y sonido, como en un audiovisual que nos comprende. Que se añora.

 

Las charlas con una señora amiga sobre las ayudas solidarias a quienes nada tienen y que, en tiempos de Peste, tienen menos por el aislamiento, sumaba un fastidio que compartíamos. A qué llevarles leche en polvo si no tienen agua potable ni fuego fácil para usar el alimento.

 

Un funcionario de la Cruz Roja decía en un reportaje, mientras bajaban cajas de barbijos y delantales a un hospital, que lo mejor era la donación de efectivo, que de ese modo compraban aquello que era primera necesidad y no primer desprendimiento. No lo decía, yo imaginaba, como un capricho sino que el hombre de esa ONG mencionaba a los que compran lo que se les ocurre, como a quienes se desprenden de prendas usadas para alivianar los roperos y placards, encontrando así una satisfacción. La vida tiene esos altibajos y esa sinrazón, que de algún modo empata el azar y el desequilibrio, porque lo cierto es que en los fríos cualquier manta sirve para cubrirnos y bienvenida sea.

 

Pero el agua en la civilización subleva. Da rabia su ausencia, su faltante, como también el despilfarro. Se sabe que el agua potable cuesta y en esta peste que nos encierra recibimos, en varias oportunidades, el aviso de la empresa que la provee: limpieza de cañerías y, por algunas horas, el agua potable una ausencia. Se suma ese río inmenso, color león según Borges y sin orillas según Saer (ya puesto en el estuario del Río de la Plata, fin del Paraná y el Uruguay) que viene desprolijo y desvalido porque las represas que río arriba lo convierten en aletas que giran inventando electricidad demoran su deriva, su caída hacia el mar.

 

No sé si este año se desarrollará en Rosario, sobre el mes de noviembre, la Fiesta de las colectividades. Inventada como un juego artístico musical de empanadas y escenarios de a poco se convirtió en lo que fue hasta el año pasado. Un Millón de personas en 10 días comiendo y escuchando música de los más diferentes sitios. Si concurre tanta gente y hay ofertas tan entusiastas como generosas de comidas y músicas típicas es que muchos de ellos tienen, aún, un barco en las espaldas y todas las comunidades son fuertes, con raíces lejanas, indicando que el presente es el pasado, es esa memoria y no la casa donde habitan.

 

Allá o acá, la peste nos puso iguales en ausencias, encierros, miedos, faltantes y esperanzas. Nos pone un poco niños otra vez, queremos abrir la puerta para ir a jugar.

 

Sobre dicha feria usé siempre una figura para ubicarla: dentro de 300 años alguien excavará y quedará sorprendido de los restos de comidas que encontrará cerca del Parque Nacional a la Bandera. La comida de un millón de personas en 10 días, por 30 años, deja un sedimento en la tierra. El encuentro de la gente es siempre eso: un testimonio, un sedimento, un rastro para otros siglos. Siglos donde el agua dulce seguirá siendo nuestro mayor componente. Tal vez nuestra mayor preocupación. Hay una reflexión que, en plena peste, apunta a lo mismo: “Es relevante enfocarse en la cuestión de la implementación, porque hay muchos derechos, básicamente el derecho humano al agua potable, pero pocos niveles de aplicación”, dijo. Y a su vez, analizó: “Si alguien dentro de 200 años quisiera, como ocurrió con el Código de Hammurabi, descubrir una piedra y leyendo las leyes que están en ese código ver cómo vivían las personas de hace 200 años, se llevaría grandes errores, porque nuestras leyes y constituciones describen muchos derechos pero la distancia respecto de la aplicación es muy grande”.

 

En su exposición, Ricardo Lorenzetti también resaltó: “La generación anterior a la nuestra usaba el agua sin ningún costo. Nosotros ya pagamos por ella, y las generaciones siguientes van a pagar mucho más por usar el agua, con lo cual si hay derechos de propiedad vamos a tener muchísimas personas excluidas del mercado y por lo tanto del acceso al agua”. Asimismo, el juez consideró que “es muy importante cómo se califica jurídica o legalmente el agua, en los casos en que está comprometido el derecho humano al agua potable” y aclaró: “Nosotros hemos sostenido, y esto ya está incluido en el Código Civil argentino y en muchos fallos, que es un bien común”…

 

Tomado de una nota del portal de Infobae, el texto que reproduce los conceptos del miembro del más alto tribunal de justicia nada dice de la coyuntura: la peste y el miedo a quedarnos sin agua potable, porque potabilizarla es un trabajo esencial sobre un bien que no es infinito ni económicamente de bajo costo.

 

En el buen sitio de la paranoia donde me siento cómodo imagino el mandato: vaya a fabricar agua potable. No hay materia prima, no hay insumos que la purifiquen, no hay motores que la bombeen, no hay agua, no hay porvenir… la paranoia individual no ayuda a salir de la peste, eso dicen los psiquiatras. Creo que tienen razón. Por eso el disertante no mencionó su falta, solo advirtió que es un derecho humano esencial. En Argentina sí y no. La peste tiró al suelo la sábana y sabemos en qué lugares se encuentra y a cuáles no llegó todavía. Siglo XXI.  Un buen dato que trajo la peste, de por si tan mala para todos.




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