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Lunes 06.07.2020 - Última actualización - 22:21
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Por María Teresa Rearte

Fisonomía de la esperanza cristiana

Detalle de “La creación de Adán” de Miguel Ángel Crédito: Archivo El LitoralDetalle de “La creación de Adán” de Miguel Ángel
Crédito: Archivo El Litoral

Detalle de “La creación de Adán” de Miguel Ángel Crédito: Archivo El Litoral



Por María Teresa Rearte Fisonomía de la esperanza cristiana Los cristianos no estamos invitados a esperar pasivamente el retorno de Cristo. Sino convocados para preparar ese retorno. Se trata de construir el Reino de Dios en este estadio terrestre, en el que hay lucha, sufrimiento, enfermedad, pobreza, muerte, lágrimas, persecución. 

Por María Teresa Rearte
 

La esperanza adquirió importancia para el mundo moderno porque se salía de las sociedades tradicionales, en las que se aceptaba con resignación lo que estaba fijado de antemano. Y todo cambio era visto como una actitud contestataria del orden establecido. 

 

EN BUSCA DE RESPUESTAS

 

¿Hay razones para pensar que el mensaje de Jesús es individualista? ¿La preocupación por la “salvación del alma” es una huida de las responsabilidades temporales? En búsqueda de una respuesta desde la época moderna la novedad se alcanzó en la relación entre ciencia y praxis, que le permitió al hombre restablecer su dominio sobre la creación que Dios le había confiado. Y perdió por el pecado original. 

 

Hasta entonces la recuperación de lo que el hombre había perdido al ser expulsado del paraíso se esperaba de la fe en Jesucristo. Sin embargo, ahora esa “redención” que permitía recuperar el paraíso perdido no se esperaba de la fe cristiana. Sino de la correlación entre ciencia y praxis. Lo que permite advertir que la crisis actual de la fe se muestra también como una crisis de la esperanza cristiana. 

 

Por indiferencia, rechazo o devaluación, la fe cristiana fue desplazada hacia al ámbito de las realidades privadas y ultramundanas. Con lo cual se tornó irrelevante para la vida del hombre y la marcha del mundo. De modo que la esperanza adquirió una nueva forma. Surgió entonces la “fe en el progreso.” Y desde esa perspectiva emergen dos ideas relevantes: las de razón y de libertad. El progreso adquiere consistencia por el dominio creciente de la razón, que posibilita la liberación de toda dependencia. Y por lo tanto la exaltación de la libertad individual.

 

En el siglo XVIII no decayó la fe en el progreso como forma de la esperanza. Pero el desarrollo técnico y la industrialización configuraron una situación social nueva con el surgimiento del “proletariado industrial”, cuyas condiciones de vida fueron sobrecogedoras. Lo que impuso la necesidad del cambio: la revolución proletaria, que provino de Karl Marx. El progreso hacia un mundo mejor no había que esperarlo sólo de la ciencia. Sino de la política científicamente pensada. Con el partido comunista nacido del Manifiesto de 1848 tuvo comienzo la revolución para un cambio radical. Pero el error de Marx fue creer que con la expropiación de la clase dominante y la socialización de los medios de producción estaba todo resuelto. Lo cierto es que el hombre es hombre. Siempre. Y la libertad no lo es sólo para el bien. Sino que -de hecho- también lo es para el mal. Su error es el materialismo. Al hombre no se lo salva sólo con el cambio de las condiciones económicas. 

 

¿QUÉ TIENE PARA DECIR EL CRISTIANISMO?

 

Por poco que se reflexione se puede advertir que el progreso por sí solo y en manos equivocadas se torna en mal. Si el progreso no va acompañado de la ética, y a la vez del crecimiento del hombre interior, se convierte en una amenaza que pende sobre el mundo y el hombre. Recordemos la cita paulina que dice: “Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando día a día.” (2 Cor 4, 16) 

 

La fe cristiana no reniega de la razón, que es un don de Dios. Pero ¿cuándo domina la razón? ¿Cuándo se enaltece? ¿Cuando rechaza a Dios? La razón no se agota en el poder y el hacer. Si el progreso para ser tal necesita del crecimiento moral del hombre, entonces necesitamos del discernimiento entre el bien y el mal. Y la decisión de reconciliar la desgracia del hombre con su salvación en plenitud, de modo que sea una esperanza cierta, no una quimera. No obstante, no pocas veces se ha proyectado la esperanza cristiana a un estadio supraterrestre. El del retorno triunfal de Cristo en los tiempos escatológicos. Lo cual se explica porque se creía en un retorno inminente de Cristo. Esa idea de una escatología a corto plazo tenía una consecuencia lógica: ¿para qué alentar la esperanza de cara a modificar o mejorar la condición humana? 

 

La perspectiva que nos dan las Bienaventuranzas evangélicas (Cf. Mt 5, 1-12) es que el cristiano sabe que el Reino está ya aquí; pero sólo en un comienzo. Los cristianos no estamos invitados a esperar pasivamente el retorno de Cristo. Sino convocados para preparar ese retorno. Se trata de construir el Reino de Dios en este estadio terrestre, en el que hay lucha, sufrimiento, enfermedad, pobreza, muerte, lágrimas, persecución. El Concilio Vaticano II afirmó: “La Iglesia enseña que la esperanza escatológica no disminuye la importancia de las tareas terrestres; sino que más bien sostiene su cumplimiento en nuevos motivos para su realización.” (Gaudium et spes, nº 21). Y otras citas que razones de espacio me eximen de mencionar. Si queremos precisar el carácter teologal de la esperanza cristiana hay que situarla entre la fe y la caridad. Enraizada en la fe, la esperanza teologal “es Cristo entre nosotros, la esperanza de la gloria.” (1 Co 1, 27).

 

¿QUÉ PODEMOS ESPERAR Y QUÉ NO?

 

En el conocimiento de la estructura de la materia, en los inventos y el dominio de la naturaleza está claro que el hombre ha logrado notables avances. Pero no sucede lo mismo en el ámbito de la conciencia moral y de la libre elección humana. Cada uno, cada generación, tiene en esto su propio inicio. Además, nunca se puede ser redimido desde afuera. Se equivocaba Bacon y sus seguidores cuando pensaban que el hombre podía ser redimido por la ciencia. 

 

Jesús dijo de sí mismo que había venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. (Cf. Jn 10, 10) También que: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.” (Jn 17, 2) No es una esperanza sólo para uno, porque la fe lleva a la comunión con Jesús, que murió por todos. (Cf. 1 Tim 2, 6).

 

No es la ciencia la que redime al hombre. Sino el amor. Lo que es cierto aún en el caso de que el hombre encuentre un gran amor, que otorgue sentido a su vida. Pero también comprende que la muerte puede destruirlo. El hombre necesita un amor que -suceda lo que suceda- le otorgue una certeza absoluta. La de saberse “redimido”. A la cual se refiere San Pablo cuando dice: “Tengo la certeza de que ni muerte ni vida (...), ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 8, 38-39). Y aquí no hablo de una causa primera del mundo. Sino de estar seguros. Y poder decir: “Vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Gál 2, 20) 

 

Los cristianos no estamos invitados a esperar pasivamente el retorno de Cristo. Sino convocados para preparar ese retorno. Se trata de construir el Reino de Dios en este estadio terrestre, en el que hay lucha, sufrimiento, enfermedad, pobreza, muerte, lágrimas, persecución. 

En el conocimiento de la estructura de la materia, en los inventos y el dominio de la naturaleza está claro que el hombre ha logrado notables avances. Pero no sucede lo mismo en el ámbito de la conciencia moral y de la libre elección humana. Cada uno, cada generación, tiene en esto su propio inicio.

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