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Viernes 10.07.2020 - Última actualización - 21:10
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En la mira

Un país que se come a sí mismo



En la mira Un país que se come a sí mismo El desastre provocado por la concentración poblacional en el área metropolitana de la ciudad de Buenos Aires y los tres primeros cordones, es un factor de desequilibrio nacional formado con el correr de las décadas; el embudo voraz que se deglutió a gran parte del país y terminó tragándose a sí mismo.

Lo hecho, hecho está. El desastre provocado por la concentración poblacional en el área metropolitana de la ciudad de Buenos Aires y los tres primeros cordones pertenecientes a la provincia homónima, no tiene vuelta atrás. Es un factor de desequilibrio nacional formado con el correr de las décadas; el embudo voraz que se deglutió a gran parte del país y terminó tragándose a sí mismo. La consecuencia de un diseño radial, con su vértice en la ciudad de Buenos Aires y su puerto, punto de confluencia de toda la producción exportable y ancha boca de entrada de todas las importaciones. La consecuencia: área de concentración de las principales actividades económicas y sus oficinas administrativas, además de sede de los tres poderes del Estado Nacional. Su fuerza de atracción ha crecido más cuanto mayor cantidad de personas se ha ido acumulando en esa mancha urbana que se extiende cada vez más; y su vigor es tal que, pese a las crisis recurrentes, no ha dejado de traccionar la migración de la gente del interior, y de países vecinos que, para matar el hambre e intentar sobrevivir, están dispuestos a cualquier cosa, incluida la ejecución de un repertorio diverso y creciente de crímenes contra vecinos y circunstantes. 

 

La fuerza centrípeta de semejante Leviatán hobbesiano, no sólo ha succionado a los propios; también ha retenido y sigue reteniendo a gran parte de los extranjeros que han llegado y llegan a la Argentina con la ilusión de encontrar un destino. El resultado es una sociedad cada vez más fragmentada, un amasijo de gente sin raíces ni objetivos comunes, amontonada en las peores condiciones en un espacio relativamente reducido si se lo compara con la extensión de una de las geografías más grandes del planeta. 

 

Ciento cuarenta años después de un debate histórico al que enseguida me referiré, el 95 por ciento de los afectados por la pandemia del Covid-19 está concentrado en esa zona de fuerte desequilibrio nacional, tanto en términos poblacionales como en sustanciales aspectos políticos (es el principal mercado electoral del país), sociales, culturales y sanitarios. Esta insensata acumulación de personas, con las múltiples tensiones y conflictos que la pobreza promueve, se ha vuelto prácticamente incontrolable para el Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y para el gobernador de la provincia de Buenos Aires, e impacta de manera directa en el gobierno nacional, radicado en la capital federal.

 

El sostenido fracaso argentino de décadas, la incapacidad de rediseñar el país en busca de un mejor balance (mediante el empleo de estímulos eficientes), los intereses concentrados en la gran ciudad, la angurria por poseerlo todo, han terminado por crear un monstruo intratable. Y no es que hayan faltado advertencias sobre lo que podía ocurrir. Lo que ha faltado es inteligencia prospectiva y generosidad para la promoción del desarrollo integral de la Argentina. 

 

Pero vamos al anunciado debate, que en la perspectiva del tiempo es más sustancioso que lo que yo pueda decir. Ocurrió en 1880, luego de que las fuerzas nacionales derrotaran la revolución iniciada por el Dr. Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires y tenaz opositor a la federalización de la ciudad que había sido sede del Virreinato del Río de la Plata. 

 

En su concepción, Carlos Tejedor sostenía la prevalencia de Buenos Aires y los derechos de Aduana de la ciudad portuaria. Decía en alta voz que “las provincias han venido más tarde que nosotros a la vida constitucional. Oprimidas constantemente por caudillos, la vida libre no ha sido posible en ellas sino por ráfagas.” Y agregaba: “Hoy mismo, sin focos grandes de ilustración, tratadas como frontera por los militares que el Gobierno Nacional distribuye a designio, la vida democrática, yace muerta en ellas, o se manifiesta por sacudimientos desgraciados, que acaban por abatir a los más fuertes.”

 

En verdad, se trataba de un pensamiento extendido entre los porteños, que hablaban en forma peyorativa de los “trece ranchos”, que no eran otra cosa que las provincias del interior, cuyos integrantes recibían el mote de “pajueranos” cuando llegaban a la ciudad habitada por los “padentranos” (diferenciación entre los que venían de afuera y los que estaban adentro, en el centro o eje del poder, los recursos y la cultura).

 

Esa tensión venía de lejos, desde los inicios de la Revolución de Mayo de 1810 y del primer intento constituyente de 1813, en el que fueron rechazados los representantes del Uruguay de Artigas por su ideario federal, que chocaba contra el predominio de la concepción unitaria en la élite revolucionaria de Buenos Aires, centro de los acontecimientos. 

 

Esta puja nunca resuelta, reaparecerá con fuerza en el rechazo de las provincias a la Constitución Unitaria de 1819 y luego a la de 1826, vaciada en similares moldes de institucionalidad centralista. Se bañará en sangre durante las guerras civiles que azotarán el país en ciernes desde 1820; promoverá la aparición de la Joven Generación de 1837, preocupada por buscar una fórmula de conciliación de ambas posiciones, lo que se logrará a medias en el Congreso General Constituyente realizado en Santa Fe en 1853.

 

Es que, si bien se consagra la forma de gobierno representativa, republicana y federal, ratificada por las sucesivas reformas constitucionales, el verdadero federalismo nunca conseguirá hacer pie pleno en la realidad política argentina. Hasta el día de hoy, en que su deformación alcanza su punto máximo desde 1853, minado por la ausencia de sustancia fiscal, sin la cual el federalismo se convierte en mera literatura. 

 

El general Julio Argentino Roca, determinado a conseguir la presidencia de la Nación, había evaluado, frente a la resistencia de Buenos Aires, instalar la capital de la República en la ciudad de Rosario. Pero en esas circunstancias, un asesor le dice que gobernar la Nación desde una por entonces modesta ciudad del interior lo haría un “cuasi-presidente”, con menor poder que el gobernador de la provincia de Buenos Aires (que producía por entonces las tres cuartas partes del PBI nacional). Roca reacciona y fuerza, por las buenas y las malas, el debate de la capitalización federal de Buenos Aires en la Legislatura de esa provincia.

 

En esa circunstancia, sin ser adecuadamente escuchado, Leandro Alem previene: “... Aquí vendrá todo lo que valga, se centralizará la civilización y ¿Saben los señores diputados lo que esto significa? El brillo, el lujo, la ilustración, la luz en un solo lugar, y la pobreza, la ignorancia, la oscuridad en todas partes. Y ya vendrán, también, aquellas odiosas e irritantes distinciones con sus funestas consecuencias sociales.” Y luego, en una segunda intervención, agrega: “No lo dudo, aquí vendrán todos los que valgan y todos los que aspiren, privando a sus respectivas localidades de su eficaz colaboración, y aquí vendrán muchos de ellos a vivir del favor oficial y a corromperse, porque la vida en las grandes capitales es muy costosa, y no todos los espíritus tienen un alto temple. Aquí estará todo el brillo, toda la riqueza, todo el talento...”. Y en otra parte: “Federalizar Buenos Aires es poner la cabeza de un gigante sobre el cuerpo de un pigmeo, llevar toda la vitalidad del cuerpo a la cabeza”, extraordinaria metáfora política que une la literatura con la fisiología para adelantar con precisión lo que después iba a ocurrir.

 

Alem pierde el debate. Enfrente lo tiene a José Hernández, autor del Martín Fierro, quien pone énfasis en la importancia que para los intereses comerciales del país tiene el hecho de que la capital sea la portuaria Buenos Aires, y en el derecho antiguo e inalienable de esa ciudad a ser capital de la República, como siempre lo había sostenido el partido federal. Fin de la discusión. La provincia se ve obligada a proyectar de urgencia su nueva capital: la ciudad de La Plata.

 

Pero la resolución del problema que planteaba la doble capitalidad de Buenos Aires, representa el inicio de un nuevo problema, el temido por Alem, que ahora padecemos todos los argentinos a través de la cotidiana vivencia de nuestro desbalanceado y subdesarrollado país; concentrado en partes hasta el ahogo, y despoblado en otros hasta la vaciedad. Es el crudo resultado histórico de aquella decisión, consolidada y aumentada en el curso del tiempo. Y que hoy golpea en particular a la orgullosa Buenos Aires y su extensa y, en muchas zonas, degradada área metropolitana, centro de la infección que paraliza al país. 

 

A la luz de lo que acontece, ¿habrá llegado por fin el momento de comenzar una discusión inteligente sobre la necesidad de transformar un diseño de país que está agotado en los hechos? 

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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