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Lunes 13.07.2020 - Última actualización - 22:36
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Mirada desde el sur

No hay mas cheques en blanco

 El presidente Alberto Fernández encabeza el acto por el Día de la Independencia en la residencia de Olivos. Crédito: Noticias Argentinas El presidente Alberto Fernández encabeza el acto por el Día de la Independencia en la residencia de Olivos.
Crédito: Noticias Argentinas

El presidente Alberto Fernández encabeza el acto por el Día de la Independencia en la residencia de Olivos. Crédito: Noticias Argentinas



Mirada desde el sur No hay mas cheques en blanco Tantos años de “componedor”, de tejedor de sutiles arreglos políticos, provocó en Fernández el hábito, con toda seguridad el convencimiento, de que hablando se entiende la gente. Es lo suyo: conversar, pactar, reunir, lograr una certeza: no habrá peleas.

Con la llegada del mes de julio y, pese a que la Pandemia desvirtuó la normalidad, que no volverá, algo del viejo sistema de reflejos de la sociedad se conserva, al menos aparecieron sus efectos en el tiempo justo: el fin de la chequera de la sociedad para con los gobernantes. No más cheques en blanco. Chau.

 

En la nación Alberto Ángel Fernández, el porteño, ya no puede jurar que viene en son de paz porque no hay plata, no hay trabajo, hay cuarentena y nadie, en el mes de julio del 2020, tiene un reflejo social condicionado tan amortiguado que no pregunte: cómo viene el mañana. No hay respuesta; por tanto crece la intranquilidad colectiva. Algunos colegas no la mencionan, otros no quieren mencionarla. Alberto Ángel Fernández la siente en el cuerpo, nosotros también.

 

Aquellos seis meses que, de modo tradicional, tenían los gobernantes, al fin llegaron y parece que agravados: la Pandemia no conlleva el Olvido, tampoco el Perdón.

 

Se ha dicho, repito convencido, que tantos años de “componedor”, de tejedor de sutiles arreglos políticos, provocó en Fernández el hábito, con toda seguridad el convencimiento, de que hablando se entiende la gente. Es lo suyo: conversar, pactar, reunir, lograr una certeza: no habrá peleas.

 

Esa es evidente que fue su idea, como es más evidente que no se logra fácilmente el enunciado. La teoría política trabaja sobre supuestos ideales y la mirada sobre la realidad oferta la visión de un prisma multifacético y enigmático; la confrontación de los verdaderos analistas de la política nacional con los hechos no garantiza éxito y, por el contrario, todos han sido fracasos. Aún el análisis político sobre los factos, lo ya realizado, deja disconforme a una sociedad a la que hasta el almanaque le presenta problemas de interpretación.

 

Balcón, Malvinas, otro balcón, basurales de León Suárez, asesinato de Aramburu, manos de Perón, Rodrigazo, Híper de Alfonsín, 2001, helicóptero, la 125, la corrupción de los hoteles y los millones de dólares de “la nena”, todo suma a la división. Solo permanecen los meses de Luna de Miel. Bueno, se terminaron.

 

Tal vez las partes se sientan más cómodas en mitad del conflicto, tal vez el conflicto sea su hábitat, acaso respondan a leyes que no son fáciles de superar porque no las impuso un marco teórico, ni un código, ni un digesto, sino la cruda, pura y dura práctica de un país en conflicto desde 1930. Reconfirmado en el 1945, después en el 1955, en el 1966, en el 1976, en el 1989, en el 2001, en el 2007 y en el 2015 y ahora, en el 2019.

 

La exigencia de un caudillo, de un padre, de alguien que presida la mesa, atrapa. Más atrapa confrontar con ese padre. El caudillo es una constante de la que no resulta sencillo escapar.

 

Los que mencionan el paternalismo, el populismo interpretado como una dádiva de un generoso hacia “el pueblo”, encuentran que el actual Presidente, más propenso a la charla que a la desproporcionada ejecutividad desde un escritorio, no les satisface.

 

CONVERSAR NO ES PELEAR

 

Hay quienes sostienen, aún en un siglo en el que la “data” impide el alto porcentaje de mentira de los relatos finiseculares, que convienen los buenos contra los malos y la confrontación.

 

Alberto Ángel Fernández, el porteño, tengo la íntima convicción que no podría resolver las situaciones en las que se encuentra de ese modo, esto es con un puñetazo en la mesa, síganme los buenos y un comunicado o seguidilla de tweets diciendo, en pocos caracteres, algo que no se puede resolver en las peleas, ni en los telegramas.

 

Conversación y más conversación es el pedido y el mensaje de Alberto Ángel, solo que se lee una conversación como una debilidad y es, nada más, nada menos, que el caudillismo como resorte genético de las interpretaciones el que da tal pulsión. El que conversa es un debilucho, el que pelea es mi amigo o mi enemigo y eso me deja tranquilo. Soñamos con Europa, pero somos nativos subyugados por un violín, dominados con la cruz y con la espada.

 

Debe encorsetarlo que sus más cercanos colaboradores del peronismo ampliado vienen de tal código genético y son felices en tal escenario.

 

Deberíamos preguntarnos, al cabo, si hablar, declarar, intentar convencer no transporta, al actual presidente, a una mesa examinadora de contradicciones en el discurso. Ya sucede y ese es el primer síntoma: fin de la chequera.

 

Se sostenía (cito de memoria) que J.F. Kennedy insistía con “no pregunte qué puede hacer EE.UU. por Usted, pregúntese qué puede hacer Usted por EE.UU.”.

 

Argentina, que todo lo resuelve en su propia salsa, sostiene tal concepto hace demasiado tiempo: qué debe hacer el Estado por mi. La variación en la respuesta pone la paleta de colores de los muy, los un poco, los medianamente estatizantes, estatizadores, los prebendarios del Estado en alta cota y de trocha angosta. Difícil quedar fuera.

 

EL RIESGO DEL PAIS VAGONETA

 

La suma de planes, planecillos, plancitos y multiplanes para el 54% de la sociedad en bancarrota, fruto de años y años, reconocibles en ineptitud al menos los últimos 10 de gestión estatal errática, cuando no corrupta, siempre fatídica para la economía de todos, lleva a una situación que tienta, tienta demasiado.

 

La tentación Piketty. Un salario mínimo universal por 4 horas de trabajo, acaso 5 horas, una semana laboral de 30 horas, que ponga una igualdad laboral en la miserable situación en que se llevaría a cabo. No está lejana la propuesta, ya hubo sondeos y mini testeos. Ya habría Focus Group.

 

Antecedentes son los planes sociales, la máquina de fabricar dinero, la excusa formidable que proporciona la pandemia y lo básico: ineptitud para gobernar diciendo la verdad, mostrando los datos de la realidad. El PBI, las perspectivas, lo que verdaderamente producimos y lo que más efectivamente consumimos. Estamos fundidos, repartamos la miseria.

 

Para tal salida política, un amable conversador no parece suficiente. No al terminarse los cheques. Muchos sugieren que siga su presidencia a su modo, que simplemente no difiera ni atenúe datos. Esto es obvio, es lo que debe hacerse. Esperar el final de su mandato. 

 

Para la cuestión salario universal, dos sectores lo objetan como mandatario en calma, dicen que esa reforma no puede hacerla este abogado NYC. Lo objetan los que llevaron a tal situación a la economía nacional; los que deberían, al menos, ponerse a trabajar y borrarse del país vagoneta.

 

Tres personas duermen con la misma presión que Alberto Ángel Fernández, el porteño. En su escala, pero con iguales ensoñaciones, pesadillas y confirmaciones. El señor Gobernador de la provincia de Santa Fe y los señores intendentes de las ciudades de Santa Fe y de Rosario.

 

Se terminaron los cheques, no hay plata, las leyes laborales son de un siglo y una moneda que ya no existe y de una proyección de país que fue mentirosa en origen y disfuncional en desarrollo. Aventuro descabellada teoría; es con Alberto Ángel Fernández, el porteño, que termina una historia que comenzó el 17 de octubre de 1945 y, formalmente, el 4 de junio de 1946. Las chequeras solo son la fiebre, no la enfermedad.

 

Tantos años de “componedor”, de tejedor de sutiles arreglos políticos, provocó en Fernández el hábito, con toda seguridad el convencimiento, de que hablando se entiende la gente. Es lo suyo: conversar, pactar, reunir, lograr una certeza: no habrá peleas.

Se lee una conversación como debilidad y es el caudillismo como resorte genético de las interpretaciones el que da tal pulsión. El que conversa es un debilucho, el que pelea es mi amigo o mi enemigo y eso me deja tranquilo. Soñamos con Europa, pero somos nativos subyugados por un violín, dominados con la cruz y con la espada.

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