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Lunes 20.07.2020 - Última actualización - 20:48
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Ficción aislada preventivamente

Un cuento que te deja sin aliento

Cirano de Bergerac Crédito: Archivo El LitoralCirano de Bergerac
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Ficción aislada preventivamente Un cuento que te deja sin aliento Miles de cargadas me hacían que no soportaba. Había algunos que me tomaban el pelo. Por eso, no lo dudé, fui a la A.R.S.P.D.D: Agencia para el Recambio y Sustitución de Piezas Desperfectas o en Desuso. 

Narigón, cara con manija, ladrón de oxígeno, traficante de mocos, Picazzo, nariz con cara, tucán... todo eso y más me decían. Miles de cargadas me hacían que no soportaba. Había algunos que me tomaban el pelo: “el tipo no es narigón, lo que pasa es que tiene la cara muy atrás.” Por eso, no lo dudé, fui a la A.R.S.P.D.D: Agencia para el Recambio y Sustitución de Piezas Desperfectas o en Desuso. 

 

-¿Qué se le ofrece, señor?- me dijo la recepcionista con cara prestada de utilería y risa sin alegrías.

 

-Mire, quería ver el catálogo de piezas de reemplazo. No estoy conforme con la nariz que uso desde hace varios años. Me parece que pasó de moda. En realidad, creo que nunca estuvo de moda. Nunca tuvo nada de atractivo (fingí enojo). 

 

-La suya es una nariz aguileña, señor. Uno de los modelos más destacados de nuestra firma. Ese perfil se ha vendido mucho en la zona norte de Europa. Se cotiza aún -a pesar del paso de los años- a un precio bastante alto. Tiene -le diría yo- un aire de noble alcurnia. 

 

-Más que aire -por su tamaño- podría decirse que tiene un “ventarrón” de noble alcurnia. Debo confesar que a mi mamá le encantaba mi nariz porque le hacía recordar a la de su padre. Cuando niño, me la besaba y decía que me la iba a robar. Pero -¡como usted sabe!- las madres siempre adoran a sus hijos con un amor que disimula hasta las más grotescas imperfecciones.
 

- A mí su nariz me parece interesante.

 

-¡Vaya término que ha elegido! ¡“Interesante”! Esta “napia” que luzco se ha convertido en maldición. Usted no se imagina lo que significa padecer un resfrío con semejante cañería. Usar lentes es un escándalo: se pierden detrás de este peñasco cartilaginoso. El índice me baila dentro de las fosas nasales: mi dedo parece un escarbadientes extraviado en un túnel subfluvial intercontinental. Muchas veces siento que soy puro hocico; y que siempre husmeo donde no me incumbe porque no puedo domar los movimientos de esta trompa.
 

 

-Le hace juego con las cejas... Digo: cejas pronunciadas y oscuras coronan su refinada nariz. 
 

 

-Usted lo dice porque cuida los intereses de su empresa y porque no me quieren dar otra pieza de repuesto (levanté la voz). ¡Pero voy a hacer que se cumpla mi derecho de cliente! ¡Mi derecho como consumidor! ¡Por eso, aquí me traje el texto de la garantía para que no queden dudas! ¡Aquí dice que tengo hasta diez años para reclamar por cualquier desperfecto, falla o daño!

 

-¡Sí, está en su derecho! ¡Sin dudas! ¡Nuestra empresa se prestigia por la calidad de sus productos y por el cumplimiento de sus contratos al pie de la letra!

 

-Esta nariz -¡estoy convencido!- aleja a las mujeres de mí. ¿Quién se animaría a besarme a riesgo de perder un ojo? ¡Se intimidan ante tamaña y erizada barrera!
 

 

-¡No creo que sea una cuestión de tamaño!

 

-El tamaño importa según tengo entendido... 
 

 

-¿Usted cree? En todo caso, aquí lo que importa es el tamaño de su autoestima. Conozco muchos atletas que ganaron medallas olímpicas por una milésima de nariz. Me acuerdo de actores consagrados que inmortalizaron roles narigones: ¡Gérard Depardieu en el papel de Cyrano de Bergerac! ¡Owen Wilson o Ben Stiller se han hecho millonarios en Hollywood gracias a sus caras puntiagudas! ¡Adrien Brody ganó el Oscar como el pianista de perfil extra large! ¡Barbra Streisand, Lady Gaga o Laura Pausini no podrían cantar con tanto encanto sin el socorro de sus hondas fosas nasales! ¿Cuántos corazones han suspirado por la belleza empinada del rostro de Sarah Jessica Parker? 
 

 

-Yo no quiero ser actor, no quiero consagrarme como artista. 
 

 

-¡No deje que la ñata le tape el bosque! Si usted retoca su fisonomía, renunciará a una parte considerable de su identidad. Aunque le cueste creerlo: numerosos estudios revelan que nuestras facciones definen nuestra personalidad en gran medida. ¿Hubiera ganado el mundial de México ‘86 el Narigón Bilardo sin su afilado hocico de animal de fútbol competitivo? ¿Tan punzante como los alfileres con lo que aguijoneaba a sus rivales en su etapa de jugador en El Pincha? ¿Se imagina a El Pipa Alario sin su olfato goleador triunfar en River o en el fútbol alemán? ¿Hubiera encestado tantos tantos en la NBA Manu Ginóbili sin su faz respingada? 
 

 

-Yo soy malo para los deportes y...
 

 

-¡Ve! ¡Sí, es cuestión de tamaño! ¡Del tamaño de su autoestima! Si usted modifica su semblante, será como resetear sus vínculos más cercanos: ¿Cómo lo van a mirar sus vecinos? ¿Le seguirá fiando el almacenero del barrio? ¿Cómo lo tratarán sus familiares? ¿Qué le dirá la imagen que le devuelve el espejo? (Giró hacia su derecha y tomó un libro gordo y pesado) ¡Aquí está nuestro catálogo! ¡Aquí tiene un abanico de 1000 reemplazos a su disposición! ¡Elija y listo! ¿Romana, griega, chata, angosta, celestial, plana, alta, corta o protuberante? Pero escuche atentamente: hoy viene por su nariz, mañana vendrá por sus orejas o por el color de sus ojos o por su tipo de pelo o... ¡Asúmase como es! ¡Quiérase! 

 

-Bueno, la verdad que... (Miré de reojo el catálogo) Tal vez... ¿Me lo deja pensar? ¡Su asesoramiento me ha hecho reflexionar seriamente sobre el potencial de mi aspecto físico! ¡Lo quiero consultar con la almohada! (Tiré la primer excusa que me vino a la cabeza). 

 

-¡Así me gusta! (Se puso de pie, me sonrió, me palmeó y me indicó la salida) ¡Levante ese ánimo! ¡Sonría y el mundo sonreirá con usted! ¡Estornude y el mundo se transformará con usted!

 

Respiré hondo. Sentí el impulso de nuevos aires que me inflaban el pecho y llenaban de valor. Salí a la calle con la frente en alto, dispuesto a caminar por la vida con franqueza y sin permitir que nadie -ningún prejuicio propio o ajeno- me llevara de las narices. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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