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Lunes 20.07.2020 - Última actualización - 20:58
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Mirada desde el sur

Fernández, Fito, Lito y la fe

El presidente Alberto Fernández Crédito: Archivo El LitoralEl presidente Alberto Fernández
Crédito: Archivo El Litoral

El presidente Alberto Fernández Crédito: Archivo El Litoral



Mirada desde el sur Fernández, Fito, Lito y la fe Parece demasiado sencillo entender que los “odiadores” de un lado proporcionan la materia para los odiadores del otro lado. Hasta Alberto Ángel Fernández, el porteño, lo sabía, de modo que no se le puede imputar error o desconocimiento.

Hay un punto incandescente de las sociedades. El presente. Dura poco ya que es sucedido de inmediato. Vivir en tal presente es difícil y sucede, sin que se entienda una manera diferente del mando, que gobernar es cabalgar ese instante e incorporarlo a la continuidad del río de Heráclito y el mar iluminándonos de infinito, como confesaba Ungaretti. En esa dualidad de almanaque, Cronos y línea de tiempo, está Alberto Ángel Fernández, el porteño. Debido y gracias al voto popular. No olvidarlo, chicos, no olvidarlo.

 

Escribí, en esta columna, hace poco, que se habían terminado los cheques en blanco a los gobernantes.

 

“Se terminaron los cheques, no hay plata, las leyes laborales son de un siglo y una moneda que ya no existe y de una proyección de país que fue mentirosa en origen y disfuncional en desarrollo. Aventuro descabellada teoría; es con Alberto Ángel Fernández, el porteño, que termina una historia que comenzara el 17 de octubre de 1945 y, formalmente, el 4 de junio de 1946. Las chequeras resecas solo son la fiebre, no la enfermedad”.

 

HABLAR ES LO QUE HACE FALTA

 

“Conversación y más conversación es el pedido y el mensaje de Alberto Ángel, solo que se lee, se quiere leer una conversación como una debilidad y es, nada más, nada menos, que el caudillismo como resorte genético de las interpretaciones el que da tal pulsión. Es durísimo el yerro. Es intencional. No es yerro. Suponen que el que conversa es un debilucho, el que pelea es mi amigo o mi enemigo y eso me deja tranquilo. Soñamos con Europa, pero somos nativos subyugados por un violín, dominados con la cruz y con la espada”. Así entendía, así entiendo.

 

Probemos otra puerta para describir el fenómeno argentino inaugurado con este binomio Fernández - Fernández y un cogobierno de F/K/F. Somos prisioneros del AMBA. Cantemos.

 

“Creo que nadie puede dar una respuesta, ni decir qué puerta hay que tocar; creo que a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida, solo se trata de vivir...”. El tema de Lito Nebbia me mantiene en vilo con una ilusión tan cierta como imposible.

 

La certeza de la ilusión consiste en saber que sí, que hace falta que se cumpla pero ¡ay!, es una ilusión que tiene, por construcción, cumplimiento imposible. Mi ilusión es Alberto Castillo cantando este tema como lo que es: un tango. Adhiero, íntima y abiertamente, al estribillo de la canción.

 

Lito Nebbia es, por sus orígenes, un creador con alma de tango y conventillo y frasea sus temas con esa facilidad tanguera. Algunos lo han “tangueado”. No queda mal, todo lo contrario. Lo devuelven al clarísimo origen de Lito. Su viejo. El tango.

 

MÁS ROSARIGASINOS

 

“¿Quién dijo que todo está perdido?... Yo vengo a ofrecer mi corazón. Tanta sangre que se llevó el río, yo vengo a ofrecer mi corazón”.... Fito Páez también escribe con una espalda de tangos en su fraseo. No es casual. Las ciudades portuarias tienen una frase de balada urbana y el tango es, en dos por cuatro, esa historia de baladas, de narraciones; de sentimientos portuarios. En este caso, como en el anterior, hay muchos cantores que “lo tanguearon”.

 

Sería divertido, divertido y acaso necesario, que Alberto Ángel Fernández, el porteño, que estudiaba guitarra y canto con Lito Nebbia, y ha confesado que le gustan algunos temas de Fito, haga lo que mejor sabe y más le gusta: cantar en reuniones familiares. Es un pacífico anhelo.

 

Toda su vida ha sido ejemplificada por ese texto fundamental de Lito que, según cuenta, estrenó en un pueblo de Méjico donde, en su exilio, lo ofertó al público y tuvo que repetirlo, por los aplausos, varias veces.

 

Alberto Ángel Fernández, el porteño, se encuentra en ese punto: solo se trata de vivir.
Si no se considera un exceso de citas convendría aclarar que Alberto Ángel Fernández, el porteño, es un trágico a pesar suyo como el título del ruso Anton Chejov.

 

El estaba preparado para eso, para entender que solo se trata de vivir. Se trataba. La vida, que es una suma de casualidades causales, lo puso donde evidentemente no logra acomodarse. Debe hacer algo más que derivar por la corriente. Es el Número Uno. El llevaba una vida tejiendo arreglos y desde el 10/12/19 debe ser quien defina lo arreglado, lo desarreglado y lo que debe desarreglarse. No puede. Seamos optimistas. Todavía no puede. Mucho optimismo; ojalá pueda. Todas las canciones, todas, pidiendo lo mismo.

 

GUITARRA O DIVÁN

 

El punto de cruce es una duda que no tiene resolución y debería resolverse. Necesitamos que se resuelva. El tema del amor y del odio. Ese es el pantano nacional. El más de fondo/fondo.

 

“La psique del hombre debería ser estudiada porque nosotros somos el origen de todo mal”, declaró Jung. Hay más. “Pero cuando tienes miedo, cuando en vez de mirar para adelante miras para atrás, quedas petrificado y mueres antes de tiempo”, advirtió Jung, que en una de sus frases más conocidas concluye: “Pensar es difícil, es por eso que la mayoría de la gente prefiere juzgar”.

 

Cuando Fernández presenta a “los odiadores”, cuando alerta sobre ellos y los declara enemigos, define la cuestión fuera de la pura racionalidad. Prefieren juzgar. Carl Jung debería (ojalá pudiese) conversar con los odiadores, de CFK hacia abajo con todos.

 

Pasión. Sus componentes principales, el amor y el odio. “Al buscar el significado del concepto en el diccionario de la RAE nos encontramos con que hace más referencia a algo positivo que peligroso; en muchas culturas se entiende como sinónimo de fanatismo, una pasión es un sentimiento muy fuerte de alguien hacia otra persona o actividad” (Wikipedia).

 

Parece demasiado sencillo entender que los “odiadores” de un lado proporcionan la materia para los odiadores del otro lado. Hasta Alberto Ángel Fernández, el porteño, lo sabía, de modo que no se le puede imputar error o desconocimiento. Suele ser amigo de frases y slogans el compañero presidente. Usó uno que tiene significantes importantes. Lo perdió ese afán de las frases. Esta frase de y por los “odiadores” abrió puertas de mala factura. Reconoce la división y por tanto la asume. El que participa pertenece.

 

Las pasiones mueven muchedumbres y definen circunstancias en personas, sociedades, universos.

 

El punto de la Pandemia, de los relojes mundiales y los señaladores de industria, comercio, intercambios están altísimos en la escala de Giuseppe Mercalli o en la de Charles Richter mejorada. A punto de terremoto.

 

El abogado porteño estaría enfocado si registra a Nebbia en sus actos: a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida... También estaría en foco si despliega a Fito y desliza, con sus actos esperanzados, que no todo está perdido y que él viene a ofertar lo mejor de sí.

 

Sin ánimo de entrar en la desesperación de Nietzsche (tan pariente de Jung) creo que Alberto Fernández, el porteño, es nuestra más clara y democrática salida, sin renuncias ni ditirambos, sin los malos “odiadores” periodísticos (raro... para el presidente podría haber buenos odiadores) que indican que CFK existe y que lo programa o altera su programa.
Equivocado análisis. Eso es cercenar la realidad porque vamos, vamos, todos sabíamos que AF y CFK son contemporáneos hace demasiado tiempo como para asombrarnos. Llegaron juntos ¿quién es el que ahora se dio cuenta?

 

Sin ánimo de otra cosa que pararme entre los pensadores que acompañan a Alberto Ángel sugiero, desde el interior, tan fuera del AMBA que manda en el país, en este análisis elemental de su comportamiento que aquí presentamos, debido a que viene de la rosarinidad la canción sugerida para empezar la esperanza (según creemos) cierre sus anuncios (esperanzados) a los que acompañamos ilusionados, con el texto de otro rosarino típico: todos entenderíamos mejor sus discursos si los resolviese como pedía el otro Alberto: “Y.... si no me tienen fe...”. 

 

Parece demasiado sencillo entender que los “odiadores” de un lado proporcionan la materia para los odiadores del otro lado. Hasta Alberto Ángel Fernández, el porteño, lo sabía, de modo que no se le puede imputar error o desconocimiento.

Suele ser amigo de frases y slogans el compañero presidente. Usó uno que tiene significantes importantes. Lo perdió ese afán de las frases. Esta frase de y por los “odiadores” abrió puertas de mala factura. Reconoce la división y por tanto la asume. El que participa pertenece.

 

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