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Miércoles 22.07.2020 - Última actualización - 22:05
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Por María Angélica Sabatier (*)

Donde hubo fuego... algo se quemó sin remedio

Bomberos controlan el fuego en zona de islas Crédito: Archivo El LitoralBomberos controlan el fuego en zona de islas
Crédito: Archivo El Litoral

Bomberos controlan el fuego en zona de islas Crédito: Archivo El Litoral



Por María Angélica Sabatier (*) Donde hubo fuego... algo se quemó sin remedio Hay dos tipos de fuegos... el fuego ordinario, cotidiano, el fuego nuestro de cada día y el fuego extraordinario, el que viene de la mano de alturas del río que no se producían en los últimos 50 años, lo que hace seguramente más extrema la práctica de quema de pastizales.

Por María Angélica Sabatier (*)

 

Humo, quemas, bajante, sequía. Riesgo. La salud del ecosistema y la salud humana. Todo eso entra en juego cuando la práctica de la quema articula ese combo del que se analizan mucho los efectos, pero se soslayan las causas... y se mezquinan las acciones.

 

Un combo que ya se hizo patente en Rosario con mucha intensidad y que ahora se manifiesta sobre la ciudad. Lo de “ahora” es un eufemismo, porque la verdad debe ser dicha, siempre hay humo en el horizonte cuando uno lo observa sentado en la playa, desde la costanera oeste o desde algún piso con vista al este. 

 

Pero ahora parece haber dos humos. La pandemia nos tuvo muy encerrados, metidos entre cuatro paredes, de a poco volvemos a ver eso que es frecuente, mucho más habitual de lo que creemos, tanto que nos hemos acostumbrado a su ocurrencia. Por otro lado, la bajante histórica ofrece una oportunidad de oro a los que empujan la frontera agropecuaria a fuerza de quema de humedales. 

 

Entonces hay dos tipos de fuegos... el fuego ordinario, cotidiano, el fuego nuestro de cada día y el fuego extraordinario, el que viene de la mano de alturas del río que no se producían en los últimos 50 años, lo que hace seguramente más extrema la práctica de quema de pastizales, para sumar superficie productiva. Entonces, vamos por parte. 

 

El fuego nuestro de cada día. “Tenemos incendios todos los días. La semana pasada hubo dos días que tuvimos el fuego cerca de casa”, me dice una vecina de Colastiné Norte el último miércoles por la noche al mandarme unas imágenes que meten miedo. Cuando le pregunté sobre el porqué de las quemas, me dice “Tendrías que venir a ver los basurales y las montañas de vegetales secos que hay por esta zona... queman basura, queman desechos de poda, queman todo lo que no es recolectado adecuadamente”. Un conocido que vive en la misma zona confirma: “Sí, es terrible. Hasta que no suceda una tragedia, las autoridades no se van a poner las pilas con hacer algo al respecto”. Y yo me pregunto, ¿las autoridades, sí, claro, pero todo el resto? ¿Todos nosotros?
 

 

Hasta aquí, estamos frente a un riesgo concreto, fuego en plena zona urbana, en área habitada con viviendas cuyos propietarios pagan impuestos y tienen derecho a una disposición ordenada, a recolección adecuada... la quema de lo que sea en zona urbana debería ser considerada un delito, una amenaza a la vida humana. Porque cuando el vecino dice tragedia, dice una desgracia, un hecho luctuoso, como la pérdida de vida o de bienes... Pero cualquiera que haya estudiado la quema de residuos domésticos sabe lo que ese humo disemina, todos contaminantes muy dañinos para la salud humana, respirados cotidianamente por unos y otros, por niños y ancianos, los más vulnerables al desarrollo progresivo de enfermedades respiratorias. Los pediatras lo saben muy bien. Los médicos de adultos mayores también. 
 

 

Entonces la tragedia describe un arco muy amplio, desde el fuego visible a la invisible pérdida de la salud humana, arco que se sostiene con la negligencia en todos los niveles. La educación ciudadana, ese gran ausente crónico, podría hacer mucho por esto. Y un buen plan de manejo de residuos, con mucha constancia, perseverancia. Y esto vale para toda la ciudad, porque también se quema en el norte, en el oeste y en el sur. Sólo que el este se ve más y mejor.
 

 

El otro fuego

 

El otro es más grande, mas asustador, ese que daña la flora y la fauna, que lesiona el ecosistema, gratuitamente.

 

Sin embargo, que el humo llegue al casco céntrico e invada la vida de los citadinos amenazando su salud, su bienestar, no es nada frecuente. Un gran indicador de que algo está pasando allá en las islas del delta medio, que se extiende, enorme, entre Santa Fe y Entre Ríos. La verdad es que la quema de pastizales es una práctica antigua de cuando la pérdida de biodiversidad, la destrucción de hábitat de especies de flora y fauna natural no se ponía en la balanza y el deterioro de la calidad del aire no se consideraba un daño capaz de afectar la salud humana. Daño difuso, que no se contabiliza en los costos de la actividad ni en el precio de los bienes comerciados
 

 

Basta ver lo actuado por la Ciudad de Rosario y sus ciudadanos para entender la magnitud del fenómeno y el daño real que causa. Un video recientemente publicado por enREDando, da cuenta que allí, en ese delta interior se han inventariado 37 especies de mamíferos, 259 especies de aves migratorias, 37 de reptiles, más de 600 especies de plantas, 27 de anfibios, 187 especies de peces y el roedor mas grande del mundo, el carpincho. 

 

Números de biodiversidad y capital turístico natural. Números dinámicos porque hay especies que se refugian en las islas huyendo de las alteraciones de otros hábitats puestos a producir o en los que han perdido el sustento por sequía prolongada. Números dinámicos porque después de estos fuegos, no se sabe cuál será el saldo. Después de los fuegos provocados, lo que queda en lo humedales es destrucción, aire viciado de humo y nidos quemados por las llamas.
 

 

No está demás repetir que lo que se pierde en salud de los ecosistemas se pierde, con creces, en salud humana. Tenemos una sola salud, creer que son independientes es pura ignorancia, mucho de arrogancia y sobre todo, total indiferencia, porque como sabemos el riesgo de perder la salud se gerencia muy diferente.
 

 

Un fenómeno que se registra con alguna periodicidad, pero que ahora seguramente se relaciona con la bajante extraordinaria, que lleva muchos meses, en un contexto regional de escasez de lluvias que seguramente incide en la disponibilidad de alimentos para la crianza de ganado. Ese podría ser un argumento válido si no fuera porque hay muchas señales de que nada queda por fuera de la presión extractivista del agronegocio, que a fuerza de desmonte y quema de humedales protegidos por ley expande su desarrollo. 
 

 

La imagen aérea publicada por este diario da cuenta de que no es un fenómeno local, está muy extendido y tampoco es de ahora. Tengo en la memoria de infancia imágenes -para mi dantescas- de la quema de cañadas en tierra firme y de enormes frentes de islas frente al eje Coronda-Diamante para después meter animales. 
 

 

Estaba pensando en escribir todo esto cuando me cruzo en Instagram con Daniela Losada, joven arquitecta que cerró formación con una tesis anclada en el riacho Santa Fe, que me dice: “Me indigna ver día tras día humo en la zona de islas. Me angustia ver cómo hacen arder nuestros humedales y su diversidad biológica. Me entristece pensar que el fuego está calcinando todo tipo de plantas, árboles, nidos, huevos, anfibios y toda la vida que habita allí y no logra escapar. Me irrita respirar el humo de ese fuego intencional. Me da bronca ver con qué impunidad dañan nuestros ecosistemas. Me da miedo que las quemas en islas no tengan fin. Me preocupa que no nos alarmemos frente a las quemas y no nos organicemos colectivamente para exigir que se preserve efectivamente nuestro patrimonio natural. Y pregunta: Y vos, ¿que sentís cuando ves que están prendiendo fuego nuestros humedales?”.
 

 

Siento que es hora de instrumentar otra forma de manejo. Es hora de declarar la quema como delito contra bosques, humedales y personas. Es hora de actuar a fondo, que haya responsables, que paguen por el daño y que se desplieguen la educación y la vigilancia necesarias. No se puede dañar el ecosistema para beneficio de una (ninguna) actividad, porque está probado que hacerlo deteriora la salud humana y amenaza la vida; la pandemia que atravesamos es una buena señal de esto.

 

El Art. 41 de la CN (1994) consagra el derecho de todo ciudadano a un ambiente sano, la ley general del ambiente el principio de precaución y este fallo instala dos principios que llegaron para quedarse “In dubio pro natura”, “In dubio pro acqua”. Ignorar esto es elegir de qué lado se está.
 

 

Este pedacito del fallo de la CSJN ante un amparo por especulación inmobiliaria en un humedal en jurisdicción entrerriana, dice mucho más de lo que se podría escribir acá. 
 

 

Cierro con las palabras del Intendente de Rosario, porque me siento representada: “Que paguen las consecuencias”... “Los que queman tienen una actitud criminal. No voy a para hasta que haya una solución de fondo, con responsables presos y protección ambiental. Basta de impunidad”.
No es momento para flojos.

 

 

(*) IRH, Magíster en Gestión Ambiental 
Docente Investigadora FADU UNL 

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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