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Viernes 24.07.2020 - Última actualización - 20:47
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La peste en mi pago

El amor nunca es culpable

 Crédito: Archivo El Litoral
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La peste en mi pago El amor nunca es culpable Esta peste, además de ponerlas en peligro por su edad, le quita validez a las abuelas y sus remedios. Queda la lucha que desde la edad media se conoce. Encierro y exilio. Cuarentena y adiós. Eso sucede.

En mi pago los infectólogos –y sus razones tendrán – sostienen que las relaciones afectivas, los encuentros afectivos, han disparado los contagios, que ahora ya no se sabe de dónde vino el “Caso Cero”, se perdió la trazabilidad y se han multiplicado esos, los contagios.

 

Como no hay vacuna se insiste en lavarse las manos con agua y jabón varias veces al día, frotarse con alcohol al 70%, usar barbijo o tapabocas permanentemente y andar poco por cualquier lado y nada de contactos con cualquiera.

 

Apretados por las repreguntas de los colegas insisten –los infectólogos y/o pandemiólogos- que las relaciones afectivas, los contactos cariñosos, amistosos, son la forma en que el virus va de rama en rama como un maligno picaflor.

 

Ya de por sí sabemos que la situación que insisten en denominar “nueva normalidad”… y que aún no arribó, no es otra cosa que una nueva situación estadística que indicará qué cosas son las más comunes y, por tanto, “normales” pero ay, ay, ay… nada de eso sucede todavía y sí que, como si todo fuese poco, se nos vino encima un concepto sobre el que, según la peste en mi pago y lo que genera, debería puntualizarse mejor.

 

La culpa la tiene la afectividad. No se brinda un abrazo ni se entrega el beso y la cama o la comida compartida y la medianoche y la vigilia, a quien no se quiere. Eso trae la peste más cerca. Dicho del modo más sencillo. La peste en mi pago obliga a soltarse de los cariños.

 

Hace años, muchos años, comencé a devolver en los programas donde trabajo (soy periodista desde que cobré mi primer peso en LT9 en el año 1959, como cronista de primera local en Audición Deportiva) comencé a devolver el saludo, a despedirme del programa en el que trabajaba pocos años después, ya “trabajando” (comprendan mi exageración, soy periodista) ya laburando en Buenos Aires diciendo… “un beso en la frente”.

 

Una doctora, pediatra y profesional de la salud y la comunicación, la doctora Lida Bianchi me enseñó, en Buenos Aires, que los infectados con HIV sentían el afecto como los niños y que las abuelas, las únicas sabias en todas las tribus, a los niños, para no transmitirles ninguna peste, los besaban en la frente. A un infectado transmítale su afecto con un beso, béselos en la frente. Eso hice y eso recomendé desde entonces. En sustancia recomendé volver a las abuelas.

 

Esta peste, además de ponerlas en peligro por su edad, le quita validez a las abuelas y sus remedios. Queda la lucha que desde la edad media se conoce. Encierro y exilio. Cuarentena y adiós. Eso sucede. No creo necesario indicar que los hospitales de campaña, improvisados, tienen una pátina Siglo XXI que les quita el sentido de leprosarios medievales o la triste lejanía que ofertaban los pabellones de infecto contagiosas, tan solitarios en los viejos hospitales públicos.

 

Historia de la locura en la época clásica (título original en francés: Folie et déraison. Histoire de la folie à l'âge classique) es un voluminoso ensayo considerado la primera gran obra del filósofo francés Michel Foucault. Aborda la visión de la sociedad occidental sobre la locura en diferentes etapas: el renacimiento, la edad clásica (siglos de la Ilustración, finales del XVI y casi la totalidad del XVIII), y la experiencia más contemporánea. Fue publicado por primera vez en 1961 (Wikipedia salva a todos).

 

Los leprosos internados, la internación de los locos, los herejes, los delincuentes y libertinos es –simplemente- una cuestión de normalidad. Lo anormal debe quitarse. En la “nueva normalidad” ¿qué será castigado con la reclusión? Buena pregunta Don Laguna….

 

El ensayo es auspicioso, salva vidas ya que, si los infectados se encuentran en un punto y los no infectados estamos lejos de ese punto las posibilidades de contagio son mínimas, ¿me explico? Es sencillo de entender. Trágicamente sencillo. Es mi vida la que se juega.

 

Llegó con tus ojos… El fin del beso, al menos coyunturalmente, ha llegado. “1- Contacto o presión que se hace con los labios sobre una persona o una cosa, contrayéndolos y separándolos, en señal de amor, afecto, deseo, saludo, respeto, etc. ‘Dar un beso’. 2- Gesto hecho con los labios, parecido a este contacto o presión, pero sin llegar a tocar nada; a veces se acompaña de un gesto con la mano, que se besa en la punta de los dedos y se separa de la boca en la dirección adecuada… ‘Le tira un beso desde lejos’".

 

Abrazo, nombre masculino. Acto de rodear con los brazos a alguien o de hacerlo dos personas entre sí como muestra de afecto, cariño, felicitación, etc. "dame un abrazo".

 

La sospecha es la ausencia de un límite en estas cosas. Hay frases que la nueva normalidad, creo, entendería de un modo diferente. La peste en mi pago corrió los límites de lo posible pero más acá, no más allá.

 

“¿A cuántos le va bien cuando a la economía le va bien? ¿A cuántos desarrolla el desarrollo?”

 

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana”.

 

“Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás”.

 

“Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón de tanto usarlo”.

 

“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

 

“Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.”

 

“El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más, condena al hambre de abrazos”.

 

Estas frases, tan conceptuales, están cerca de la prohibición, al menos de la prohibición afectiva, que es la que verdaderamente importa. No me pertenecen, son de alguien de la provincia Cisplatina, la de Artigas, Osiris Rodríguez Castillo, Viglietti y Zitarrosa. De Onetti. También de Obdulio Varela, que merecería haber jugado en mi equipo, Colón.

 

“El libro de los abrazos es un libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano. Se compone de 191 relatos breves y de diversas ilustraciones realizadas y/o seleccionadas por el autor. Dichos relatos abarcan diversos temas, tales como la política; la religión; la cultura; la sociedad; la literatura; etcétera. Fue escrito en 1989 y publicado ese mismo año por la editorial Siglo XXI Editores”.

 

Entre los protocolos de la Pandemia no aparece impedimento alguno para mencionarlo…. por ahora. Mejor así.





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