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Martes 28.07.2020 - Última actualización - 22:00
20:59

La peste en mi pago

Estoy viajando muchísimo

"Mi buenos aires querido" de Gardel y Lepera debe ilustrarse con fotos. El Obelisco es una clásica.
Crédito: Archivo El Litoral

"Mi buenos aires querido" de Gardel y Lepera debe ilustrarse con fotos. El Obelisco es una clásica. Crédito: Archivo El Litoral



La peste en mi pago Estoy viajando muchísimo Hay una señorita que me lleva, una vez por semana, a comer el mundo. Se detiene a comer en sitios verdaderamente insólitos. Hace un gesto tan teatral, de todos los cocineros, un gesto demasiado mentiroso, pero según creo obligatorio...

Con este asunto universal, regional, nacional, local, que es donde duele, porque es mi casa, en mi calle, en mi barrio, en mi ciudad y, finalmente, en mi país que no podemos movernos más allá del palier, del portón, del último escalón, estoy viajando como nunca antes. No paro. Hay días que termino agotado de tanta caminata y tanta comida. De las dos cosas. Me duermo con los ojos llenos de paisajes. Si tuviese una televisión con olores esto sería fantástico. Quizás esté inventada y no lo sé. Tal vez no lo sepa, tal vez mejor si no lo tengo porque una televisión con los olores de algunos personajes no sería lo mismo que el olor de los mercados. La peste en mi pago me convirtió en viajero. Nada más cierto.

 

Hay una señorita que me lleva, una vez por semana, a comer el mundo. Se detiene a comer en sitios verdaderamente insólitos. Hace un gesto tan teatral, de todos los cocineros, un gesto demasiado mentiroso, pero según creo obligatorio: “hummm… que rico… francamente deliciossssso…” y se han mandado a la boca en cucharas, tenedores, con la mano, cada cosa que francamente… pero es la comida que estimula o da la excusa del paisaje. Le tolero el gesto trucho del que miente y sostiene que todo lo que se lleva a la boca es sabroso. Lo mío es el paisaje.

 

Días atrás estaba esta niña comiendo en Jamaica (a la isla la conozco desde el Kingston trío, después Belafonte, finalmente Marley). Bellos tonos de verde, espantosos menjunjes, pero los paisajes estimulaban, daban ganas de tomarse el Bus a Jamaica. Más ganas ahora que no se puede. La niña hasta fumaba lo que hay que fumar en Jamaica, mientras probaba menjunjes herbívoros de una olla que alguna vez fue nueva, pero en otra película muy lejana.

 

Dije tonos de verde y se disparó la alacena de las canciones folk. “Paisajes de Catamarca, con mil distintos tonos de verde… un pueblito aquí, otro más allá y un camino largo que baja y se pierde…”. Polo Giménez, el autor de un himno catamarqueño, es cordobés (Polo Giménez, nombre artístico de Rodolfo Lauro María Giménez, (1904-1969), fue un compositor y pianista, intérprete de música folklórica de Argentina, identificado con las provincias de Córdoba donde se crio y Catamarca, donde vivió de adulto).

 

Catamarca, como tal, no aparece. No hay, en los programas internacionales, cuestiones diferentes a Cataratas, Bariloche, Cerro Siete Colores, Valle de la Luna, Tilcara y la agitación que me da cada vez que me llevan, camaritas mediante, a las Alturas de Machu Pichu. Me siento amigo de Neruda en algunas ocasiones, mientras los guías descansan a más de 3.000 metros de altura. Con los programas parece que estoy viviendo en las Alturas de Machu Pichu.

 

Con las canciones paisajistas la vida te da sorpresas: Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, conocido como Agustín Lara (Tlacotalpan, Veracruz, 30 de octubre de 1900 o 1 de octubre de 1897 - Ciudad de México, 6 de noviembre de 1970), fue un compositor e intérprete mexicano de canciones y boleros. Agustín Lara, mejicano hasta el caracú, que fue el eterno enamorado de María Félix, compuso la más conocida canción a una ciudad que es símbolo de la belleza, la opresión mora, la dominación y la fusión cultural: Granada. Por si fuera poco: “el crimen fue en Granada”. Criminal fue que la cantase Francis Albert Sinatra en inglés. La ciudad es bella y las canciones no la arruinan.

 

Todas estas cuestiones aparecen en mis viajes. Venecia la he visitado por las comidas, los hoteles y la ingeniería que sube y baja algunas aguas. Sin avisos de pastillas contra el reuma que provoca la humedad y acompañado de tapices venecianos y el consabido Moro (de Venecia). Agregado: el armenio Aznavourian cobra derechos de autor por los enamorados (de Venecia) y su soledad, ya que fue sin ella (su enamorada) y desde entonces le canta. El abandono y la tristeza fabrican derechos de autor.

 

Soy bastante conocido de los soldados de terracota de los chinos que, me han contado mis acompañantes / traductores / vigilantes, se siguen fabricando porque el molde se conserva y la terracota no es tan difícil de conseguir, China es inmensa.

 

“Mi Buenos Aires Queridooooo, cuando yo te vuelva a ver”… Un claro indicador de la nostalgia de Gardel y Lepera. “Recuerdos que nunca olvido, Rosario de Santa Fe” (en este caso autoría de Lito Bayardo). En los dos casos canciones que deben ilustrarse con fotos. Ignoro si en algún lugar de Madrid, Lisboa o Madagascar alguien observa el paisaje del Obelisco y escucha esas canciones.

 

Una de las canciones donde el robo descarado del paisaje fue autorizado por nuestro corazón (uso la tercera persona del plural porque estoy incluido) es en el hurto descarado del río Paraná, con o sin las represas brasileras abiertas, hurto que fabrica derechos de autor y nostalgias certeras, precisas, inatajables porque así son las cosas y cuando uno escucha que cantan “brazo de la luna que, bajo el sol, el cielo y el agua rejuntarás…” y un salteño, Jaime Dávalos, se los llevó sin devolución, se resigna, más allá de la restitución que consigue Miguel Brascó declarándose paisano santafesino…

 

Los programas de paisajes y breves comentarios remplazan a los libros de viaje y sostienen el deseo nómade que, por tanto, destroza aquello que nos volvimos sedentarios. La peste en mi pago deschavó nuestra índole subalterna. Nos gusta mirar.

 

Creo que la pobreza o la pandemia nos dejan quietos. Mejor, la pandemia ahora, la pobreza siempre, nos dejan quietos. Hay salida, estos programas, por donde he llegado a Alaska, a lo alto de la rueda en Londres, a Nápoles claro que sí, vivo y sin deseos de otra cosa que sobrevivir, mientras he comido cangrejos, bichitos casi sobrenaturales, ajíes picantes de todos los tamaños y colores, en vasijas herrumbradas y cocinas sin certificado de bromatología, mirando esa toma panorámica que abre y cierra estos programas que, por la pobreza pandémica, son la salida del nómade y nos permiten sentirnos Marco Polo, algo que la siquiatría moderna no ha estudiado y los programadores de series viajeras entendieron muy bien.

 

Nos gusta el cansancio de un funicular y una empinada cuesta nos agita, sentados en mitad del living bebiendo agua mineral, que es tan sana y útil en estos menesteres de viajeros.

 

Todo lo lejano, milagro de la tele, está cerca; aún la pandemia pero eso no está en los programas de viajeros. Nadie viaja buscando la mala suerte. Lo saben todos, hasta nosotros lo sabemos. La mala suerte nunca está de viaje, anda por acá cerca. La peste no, esa viaja por todas partes.





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