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Miércoles 29.07.2020 - Última actualización - 21:32
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Relatos

El lado virtuoso de la vida

Pasaba sus tardes caminando con su perro, en la zona lindera a la cancha, al oeste de la ciudad. Una vez por semana desviaba para encontrarlo en el cantero central. Crédito: Pablo AguirrePasaba sus tardes caminando con su perro, en la zona lindera a la cancha, al oeste de la ciudad. Una vez por semana desviaba para encontrarlo en el cantero central.
Crédito: Pablo Aguirre

Pasaba sus tardes caminando con su perro, en la zona lindera a la cancha, al oeste de la ciudad. Una vez por semana desviaba para encontrarlo en el cantero central. Crédito: Pablo Aguirre



Relatos El lado virtuoso de la vida Alguna vez me dijo que la gente ahuyentaba cierta presencia etérea que insistía en comunicarse, y cuya amistad él consideraba primordial. Yo observaba al observador. Desde antaño.

Sospecho que vivimos en el lado opaco de la vida, que pasamos nuestra existencia terrenal adormilados, como hipnotizados, habitando un mundo prosaico que otros se han encargado de montar hace mucho, quizás miles de años. 

 

La suerte o el destino ha puesto en mi camino un puñadito de casos excepcionales; ciertas personas que parecen haber logrado familiarizarse con la otra cara, con el lado virtuoso de la vida o, al menos, bien saben de su existencia. En esa liga juega Rafael.

 

Como los insectos de la noche hacia la luz del farol, Rafael Mayo se sintió instintivamente atraído por la soledad. Desde niño, supo comprender que no se trataba de un deseo pasajero, ni de un refugio ocasional fruto de un momento de introspección. 

 

Alguna vez me dijo que la gente -incluso los más cercano- ahuyentaba cierta presencia etérea que insistía en comunicarse, y cuya amistad él consideraba primordial. 

 

Yo observaba al observador. Desde antaño.

 

Fui su compañero en la escuela primaria y recuerdo, claramente, que solía poner distancia, miraba desde lejos a sus compañeros. Tomaba nota (aún antes de aprender a escribir) de ciertas actitudes de los mayores. 

 

Y se perdía...Sí, se perdía constantemente obligando a su familia a buscar ayuda para encontrarlo. 

 

Los pibes de nuestra edad terminamos por acostumbrarnos. Bien se sabe que, en los primeros años, la conciencia humana es más flexible, pero los adultos, los adultos no. 

 

Parientes, maestros y allegados a la familia, terminaban sistemáticamente por sentirse molestos, vigilados, hasta interpelados por un niño; un demonio de rulos castaños que optaba por retirarse y observar.

 

Pasé muchos años, más de treinta, sin tener noticias de Rafael Mayo pero, hace cinco otoños lo encontré en una esquina de Boulevard. 

 

Fue él quien llamó mi atención un miércoles de abril, por suerte o por destino, es que seguro yo no hubiera podido reconocerlo. 

 

Sé que vivía en Barranquitas pero pasaba sus tardes caminando con su perro, en la zona lindera a la cancha, al oeste de la ciudad. Yo al principio buscaba excusas, pero ahora, a la distancia, puedo confesar que pasaba para hablar con él. Una vez por semana desviaba para encontrarlo en el cantero central. 

 

Se convirtió en mi maestro y, como tal, llegó a mí cuando más lo necesitaba. Por eso, para no olvidar detalle, desde hace un tiempo me dedico a escribir cada uno de nuestros encuentros. 

 

El que aquí les traigo es sólo un extracto de uno de los primeros, posiblemente el que captó definitivamente mi atención.

 

—...el mundo, la vida, no es lo que parece; todo está asentado sobre mentiras; mentiras de diversos calibres, algunas ocasionales, temporales y otras que llevan instaladas miles de años- largó Rafael, sentado en el banco de madera despintada en el que solía retozar las tardes de sol.
 

 

Escuché esa teoría, los poderosos nos mienten...- alcancé a comentar.
 

 

No, no creo que sea tan así, claro que existe una casta de gente poderosa que pretende no resignar privilegios y está dispuesta a todo, pero no. Nosotros, todos nosotros, hemos optado por vivir en la mentira. Todavía no nos animamos a la verdad. Quizás algún día...

 

Aún con la frase en el aire se dio vuelta y rebuscó algo en una de las bolsas de plástico que usaba para guardar cosas. Extrajo unos anticuados anteojos con marco de carey y me los ofreció, estirando su brazo izquierdo. 
 

 

Póntelos, y comprueba lo que te digo- dijo en tono imperativo, pero sin perder la amable sonrisa de siempre. 
 

 

Yo dudé, tomé los anteojos entre mis manos y los estudié, como si se tratara de algo peligroso.
 

 

Con esos anteojos podrás ver el aura de las personas, y comprobarás que sólo somos energía, nada más ni nada menos que un caldo de energía.
 

 

Me los encajé de un saque. 
 

 

Nada, todo se veía igual que siempre, quizás con un poco más de distorsión, seguro por el aumento de los cristales, supuse.
 

 

Enfocá bien, concentrate en el contorno de la gente- insistió.
 

 

Y resultó. Al cabo de unos minutos, advertí una pequeña nubecita (como un vapor) en torno a las personas que caminaban desentendidas por acá y por allá.
 

 

A medida que el tiempo transcurría la nubecita pasó de tenue a nítida y, un buen rato después, comencé a ver colores, múltiples colores que titilaban de manera singular en torno a cada uno de los transeúntes. 
 

 

Era fascinante, seguramente en mi cara se evidenciaba porque Rafael comenzó a reírse y de pronto los dos nos fundimos en una carcajada sonora que, ahora sí, llamó la atención de la gente que iba y venía con su pequeño arcoíris a cuesta. 
 

 

Todavía falta lo mejor. ¡Sacáte los anteojos!- me volvió a ordenar. 
 

 

Yo obedecí, aunque a regañadientes, el espectáculo de la visión energética era asombroso. 
 

 

¡Increíble!- aún sin anteojos pude ver el aura de toda la gente como antes, quizás mejor todavía. 
 

 

Particularmente, la energía en torno a Rafael era singular, de un lila intenso, supuse erróneamente por la cercanía. 
 

 

Nosotros optamos por mentirnos- concluyó. 
 

 

Pasaron varios años de aquel episodio, desde entonces, cuando me lo propongo puedo ver el aura. Aunque no de todos..., pero eso, eso es otra historia. 

 

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