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Jueves 30.07.2020 - Última actualización - 14:53
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El campeón daba lugar a la leyenda

A 43 años de la última pelea de Carlos Monzón

Fue en el estadio Louis II de Montecarlo. Una semblanza de aquél día histórico, que marcó el final de la carrera del mejor boxeador de la historia de nuestro país, matizado con un escrito genial del colega Ernesto Cherquis Bialo hace unos años en Infobae.

 Crédito: Archivo El Litoral
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El campeón daba lugar a la leyenda A 43 años de la última pelea de Carlos Monzón Fue en el estadio Louis II de Montecarlo. Una semblanza de aquél día histórico, que marcó el final de la carrera del mejor boxeador de la historia de nuestro país, matizado con un escrito genial del colega Ernesto Cherquis Bialo hace unos años en Infobae. Fue en el estadio Louis II de Montecarlo. Una semblanza de aquél día histórico, que marcó el final de la carrera del mejor boxeador de la historia de nuestro país, matizado con un escrito genial del colega Ernesto Cherquis Bialo hace unos años en Infobae.

Se cumplen 43 años de la última pelea de Carlos Monzón. Fue en Montecarlo, el 30 de julio de 1977. Era la décimocuarta defensa de la corona mundial de los medianos que había ganado brillantemente en la noche lluviosa del 7 de noviembre de 1970 en el Palazzo dello Sport de Roma ante Nino Benvenuti. Su rival volvía a ser Rodrigo Valdez, el colombiano con el que había combatido el año anterior.


El querido y admirado colega Ernesto Cherquis Bialo, uno de los periodistas más importantes e influyentes del país en las últimas décadas, acompañó a Carlos Monzón en todas sus peleas. Escribía en El Gráfico bajo el seudónimo de Robinson. Hace tres años se ocupó de ese combate final en Montecarlo y así lo reflejó en Infobae.


“... Monzón ya no era Monzón aunque volvía a subir al ring como único campeón mundial de los pesos Mediano. Su rival, el colombiano Rodrigo Valdez, tampoco era el mismo que aquél de un año atrás cuando resignara ante Monzón su corona reconocida por el Consejo Mundial del Boxeo. Una brutal rapsodia de fama, dinero y placer mundano les había erosionado la energía virginal del querer ser por una mueca que los impulsaba a pretender seguir siendo.


Evoco casi todo con aquello que la memoria ha querido conservar. La llegada de Susana Giménez al Estadio Louis II de Montecarlo fue tumultuosa. Y cuando Alain Delon promotor del combate fue a buscarla a la puerta para acompañarla hasta la silla 24 de la segunda fila, su paso glamoroso hizo que una gran parte del recinto se pusiera de pie. Luego, hasta su asiento llegaron para saludarla y complacer a los fotógrafos internacionales personalidades como Jean Paul Belmondo, Omar Sharif y Gerard Depardieu.

 


No habían resultado fáciles los días de convivencia previos al combate. Monzón nervioso y estresado como nunca se mostró agresivo y poco amigable con todos quienes le rodeábamos. Era como que la pelea le resultaba una enorme carga. No se sentía bien preparado y el doctor Roberto Paladino debió compensarlo emocionalmente hasta dos días antes del combate con fármacos que lo tranquilizaran.


Era su defensa numero 14. Llevaba 7 años de campeón mundial. Le faltaba una semana para cumplir 35 años. Estaba distanciado y por lo tanto no tendría en su rincón a Tito Lectoure, quien se hallaba en la platea junto a su tía Ernestina. Monzón le había confiado sus negocios a José Cacho Steinberg tras diez años de vinculo con el Luna Park. Su ‘padre’ Amilcar Brusa acaso por primera vez en la vida deportiva de ambos mostraba ciertas reservas sobre el futuro deportivo. La relación con Susana había entrado en la agonía perturbadora de los celos y la mano derecha le dolía como nunca. O sea que todo cuanto precedía a este compromiso quedaba bajo el imperio de la exasperación.


Para colmo, antes de que subieran al ring un grupo de espectadores, la mayoría italianos, comenzaron a molestar a Susana Gimenez. Le gritaban y hasta le cantaban estribillos soeces. Alain Delon personalmente fue hasta el grupo y comenzó a arrojarles golpes de puño. Este incidente duró apenas unos instantes. Rápidamente, tres inmensos guardaespaldas de Delon llegaron corriendo hasta el lugar y los agresores comenzaron a caer y por lo tanto a callarse. Fue un mal momento para Susana y en su camarín Monzón lo supo de inmediato.

 

Un año antes el 30 de junio de 1976 otro Monzón le ganaba a otro Valdez en el mismo escenario. Y entonces escribí para El Gráfico con el seudónimo de Robinson, entre otras cosas, éstos párrafos que nos ayudarán a entender mejor lo que fue la ultima pelea del mejor campeón mundial que tuvimos. El titulo de aquella nota fue: ‘Se necesitó un Monzón tan grande para ganarle a un Valdez tan bueno’. Y decía: ‘En un momento las piernas parecían que se me encogían hasta reducirse totalmente. Mis brazos morían de muerte muscular. Sentí que la mirada se fijaba en un punto distante, abstracto y un sudor frío brotaba agresivamente hasta bañarse de alteración. Comprendí que no era el único testigo cuyas células parecían pulverizarse. A mi alrededor, enfrente y detrás, 10 mil personas transitaban el mismo sendero resbaladizo, intrigante, brutalmente incierto. Monzón y Valdez sobre el ring del estadio Louis II daban una respuesta histórica a la carga expectante que el mundo deportivo y aun más allá de el, les había confiado. Y aunque el episodio refleja un justo ganador, los tiempos futuros tendrían que poner de guardia a un soldado que se encargara de aclarar en cualquier punto de la geografia deportiva: ‘Sí, ganó Monzón, pero los dos fueron grandes aquella noche’. Si el mañana convierte a esta pelea en una simple cita estadística, el mañana será injusto con la historia.

 

La caida que le propinó Valdez a Monzón en la segunda vuelta, fue el despertar a su yo. Pues aunque la derecha apenas le hizo perder la estabilidad cuando se disputaba el 2° asalto, Carlos levantó‘rápidamente los brazos en señal de que no había perdido el conocimiento y que estaba bien. Más que eso advirtió todo aquello que no había logrado incorporar en el período previo al combate. Por ejemplo que era el campeón, que no podía irse del boxeo con una derrota, que el país lo estaba siguiendo por televisión, que se trataba del último esfuerzo y que la historia le reservaba el inequívoco lugar que distingue a los grandes del resto. Todo aquello que hace 40 años se ponderaba como un valor empírico.


Monzón derribó a Valdez en el 14° asalto con un derechazo corto, recto y profundo. El colombiano ya arrastraba huellas de su inferioridad. Tenía cerrado el ojo derecho y sangraba de las fosas nasales. Peor aún, sus piernas habían perdido toda armonía para hallar desplazamientos dinámicos en derredor del campeón mundial, quien con su mano derecha fracturada sabía que con sólo mantenerse de pie se retiraría del boxeo siendo el campeón mundial de los medianos.


El fallo fue unánime e indiscutible. Monzón había demostrado ese plus de los grandes, esa dosis de coraje que aflora cuando ya pareciera que no hay nada más para dar, cuando hay que defender la costosa gloria conseguida, cuando se siente que lo que está en juego no es el dinero, es el honor.


En medio de la confusión final y con el ring invadido, Monzon llamó a Lectoure con quien no se hablaba desde hacía un año y le dijo al oído: ‘Tito, no peleo más, esta fue la última. Gracias por todo, Tito’. Los dos hombres se abrazaron sobre el ring, más precisamente en la esquina de Monzón. Y otras gotas de rocío bajaron por las mejillas de ambos para mezclarse con las del sudor del ultimo esfuerzo”.

 




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