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Viernes 31.07.2020 - Última actualización - 21:30
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La peste en mi pago

Juanito y el balcón

 Crédito: Pablo Aguirre
Crédito: Pablo Aguirre

Crédito: Pablo Aguirre



La peste en mi pago Juanito y el balcón De tanto viajar a nada de viajes, quédese dentro y lávese las manos. Se cansa, se aburre de la quietud por ordenanza sanitaria. Las estructuras no esperadas, la sorpresa sobre la casa ordenada.

Llegó demudado Juanito en el primer día de su salida a la calle, después de 125 días de encierro. “He descubierto cosas”, dijo de modo apresurado, respiró y siguió contando: “he descubierto cosas y no sé qué hacer”…

 

Juanito no es un improvisado en la vida. De una fábrica de zapatos de su familia a los estudios de abogacía. En el principio de esto un yerro, si se puede llamar así, que definiría su vida. Varias vidas. La de muchos que quedaron atrapados en la suya. Tal vez la palabra no sea atrapados. Envueltos. Complicados. Participando pero sin quejas, no es una tragedia su vida, simplemente es distinta. No es de las comunes.

 

Aparecía en las reuniones en la sede de un diario porteño en estos pagos, cuando se podía caminar por las calles libremente y, en la puerta de esa sucursal, el titular de la corresponsalía, termo bajo el brazo, mate amargo en mano, discutía de fútbol y política con nosotros y ya está dicho: otros tiempos. Juanito es un heredero final de aquellos años. Conoció la libertad de equivocarse y que no costase tanto.

 

El fútbol es eso que, en mitad de la peste en mi pago, se discute para definir si será en una burbuja de una ciudad y cómo, pero ya no se discute que es necesario volver a jugar. El cómo no es el porqué y nunca lo será.

 

Los yanquis decidieron que una ciudad será la ciudad burbuja del Básquet y la NBA allí se asentó con sus negros aguiluchos, sus cuervos, sus cóndores y las blancas palomitas y el negocio sigue como quería Fellini, verdadero precursor que avisó, todo es neorrealismo, dijo, y también que la nave seguía.

 

En esa sede de ese diario porteño se concentraba la misión de atender el deporte para “El Gráfico”, una histórica revista semanal que traía las semblanzas firmadas de cada partido importante, por importantes periodistas deportivos, eran años en los que ocupar la tapa de la revista semanal era una consagración, algo muy serio más allá de los dineros de los contratos y cuestiones que ahora cambiaron totalmente, porque cambió el sistema económico al punto que la revista no es más aquella. En estos tiempos una foto con determinadas casaquillas, con ciertas marcas, representa una cantidad de dinero tanto o más importante que un gol en un partido contra el rival del pueblo, del barrio, de la ciudad.

 

Juanito era parte del diario y de la revista, de las asambleas callejeras y la continuidad en los bares y en la sobremesa. Ese fue su destino y así su vida se fue de los zapatos al deporte.

 

Juanito es un ortodoxo de los buenos, de los verdaderamente estructurados. La hora del desayuno, la del viaje, la del contrato, la de la hora justa y de la palabra empeñada. Si se dice se cumple. Si se pacta es lo acordado. Jugar a las cartas con Juanito es un ejercicio estricto de las leyes del juego. Nada es sencillo con las estructuras dadas, menos con los estructurados. Debería andar bien con la vida en una vida llana, pero, ay, la peste es una molestia que altera los costados, quita los cierres, fabrica muros y paredes en mitad del paisaje. Me jode, me jode mucho suele decir en ese idioma español de sus padres y sus hermanos, Juanito es el único nacido en estos pagos, hoy tan apestados como aquellos.

 

Una vez viajó 28 horas seguidas porque uno de sus representados estaba alojado con otros que no tenían buena reputación y Juanito, que terminó siendo el doctor en leyes de los contratos de muchas esas cosas cuestiones las hacía valer. Firmamos decencia y no promiscuidad decía. Aclaración muy necesaria. Juanito se recibió de abogado y ejerce de patrocinador de gente, como él dice, de buena gente que no merece ser estafada.

 

La peste en mi pago quitó lejanía a Juanito porque convengamos, contratos y firmas electrónicas van por un lado, pero las sobremesas no son aquellas y Juanito tiene destrozados los nervios por la quietud, el silencio, el tiempo del descanso a jornada completa. De tanto viajar a nada de viajes, quédese dentro y lávese las manos, Juanito se cansa, se aburre de la quietud por ordenanza sanitaria. Las estructuras no esperadas, la sorpresa sobre la casa ordenada.

 

Entró Juanito y explicó “Mi hijo me trae la comida y varias veces me dijo salgamos al balcón, viejo. Mi departamento tiene un balcón, figuraba en los planos. Nunca salí. Las puertas dobles tenían llave y nunca las toqué, la señora que limpia viene cuando yo no estoy, para que no me moleste y no molestarla. Ahora salí. Dos días seguidos que hay sol y salgo, con mi hijo, a comer la hamburguesa mirando hacia la calle. Al mediodía es hamburguesa doble, un día con lechuga y tomates, otro día con papas fritas, siempre con jamón cocido y queso. Es amplio el balcón, una mesita pequeña y dos sillas, el vino y el mantel, que es necesario. Le pido que coma despacio porque quiero ver que pasa…”.

 

La conversación tenía una lógica que no se escapaba de la peste, pero traía fragmentos de otro paisaje, el living de Juanito en el sexto piso del edificio céntrico que se abría al aire del mediodía de un invierno soleado.

 

“Vi los buses desde arriba, el balcón, me di cuenta, estaba más alto que las copas de los árboles, no se ve el rostro de la gente que camina, pero se adivinan sus marchas y los ruidos son distintos con la ventana cerrada que puestos a comer en el balcón. Se puede caminar, es largo… están pasando cosas desde que miro por el balcón…”.

 

Hicimos silencio, respetuoso. Continuó: “con esto de la peste, mirando la calle desde el balcón descubro que hay muchas cosas de las que yo no sabía nada…”.

 

La tentación fue completa, general, advertirle que a todos nos pasó, que la peste cambió las cosas y, al decir todos, dejamos dentro a los patrones y los funcionarios del Estado, pero consideramos prudente asentir con la cabeza. Descubrir la vida desde un balcón no es sencillo para nadie, imaginamos para alguien como Juanito. Lo mejor fue eso. Un SSdeP. Silencio Social de Pandemia podríamos llamarlo.

 

Romeo y Julieta, puestos a observar el mundo desde un balcón, definieron una clásica historia de amor y tragedia. Hay mucha literatura con el balcón, con los balcones. Ahora la de Juanito.


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