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Jueves 06.08.2020 - Última actualización - 21:38
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La peste en mi pago

La revolución del anonimato

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Crédito: Archivo El Litoral

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La peste en mi pago La revolución del anonimato La Preste aprieta y acogota. Hay, en el sitio donde vivo, artistas conocidos que van a buscar su bolsón de comida a un “Banco de Alimentos”. Fin de la bohemia de altillo.

La Peste comunica lo suyo.Todas las informaciones sobre espectáculo dan cuenta de tremendos éxitos con 5 millones de visitantes a una cuenta de alguno de los soportes digitales por donde la humanidad se comunica a distancia y sin más datos que el sitio de encuentro.

 

La Peste no altera esencias elementales. El mundo del espectáculo es una cita a ciegas con alguien en algún lugar. Es más que un detalle o una modalidad, es una auténtica botella al mar o un sexo ideal con un sujeto desconocido. Una cópula tan claramente propuesta como inciertamente resuelta.

 

La Peste no redefine. Lo más parecido al arte, en su esencia, es el acto artístico: este es el mensaje y allá va… donde quiera que sea. Crear es disparar el tiro, el cañonazo, el alarido y que en algún lugar resuene, golpee, estalle. Nada más sencillo de advertir que La Gioconda en el fondo del mar sería un lienzo destruido por el salitre. Se necesitan dos para bailar el tango… el modo yanqui para referirse a las coimas. Coimeador y coimeado. El arte es un juego que necesita al otro.

 

La Preste aprieta y acogota. Hay, en el sitio donde vivo, artistas conocidos que van a buscar su bolsón de comida a un “Banco de Alimentos”. Fin de la bohemia de altillo. No son pocos, es una necesidad básica insatisfecha. Comer es lo que te pido, país…. diría una vieja canción setentista (decía “vivir es lo que te pido”, pero lo elemental es esto: comer).

 

La Peste actualiza herramientas. Preguntaba, a los que mandaban mensajes de “Espectáculo de danza en el Teatro La Comedia”, si se trataba de algo diferente, especial. Decían: “Es una cámara fija y suena la música y salen a danzar…”. Se hace lo que se puede… Hay tanta soledad en las oficinas oficiales… Va de suyo que los organismos oficiales son minúsvalidos en la Peste. La cultura es una idea y un mandato, no un formulario o un slogan. Cada quien con su boleto…

 

La Peste aporta conocimientos. Preguntaba, a los que mandaban mensajes sobre “Esta tarde Recital de Fulanita Baby y sus invitados”, tomar el “código”…. Preguntaba mecánicas y razones del simulacro… porque entiendo, es un simulacro…pero no, según se mire no, es otra cosa, es un modo nuevo del mismo pedido de la lengua y la construcción del pensamiento… Yo trasciendo si te cuento.

 

La Peste y el hecho artístico colectivo. La respuesta era, en sí, complicada; usaban partituras, convocaban a los músicos, sincronizaban audios, le sumaban los “invitados” en “las voces y los cantados”, como en los instrumentales, volvían a sincronizar, ofertaban / invitaban a  subir con ellos, combinaban algún  pago publicitario y, además, “a la gorra” a una cuenta bancaria… se insiste: crear es disparar el tiro, el cañonazo, el alarido y que en algún lugar resuene, golpee, estalle. Después, si se puede, vivir de ello, vivir con ello.

 

En el fin de los años ’60, sobre el mismísimo comienzo de los ’70 pero aún cerrando aquellos años en Argentina, por razones de actuación, del personaje, decía un texto que, para no distraerme, repetiré como está en la memoria: “… y si alguno de ustedes, padres nuestros, tiene una risa que daba ser reída, una lágrima que deba ser llorada que se acerque, al final de la jornada, a nosotros actores, cantores, llorones, reidores, cazadores de estrellas. Su historia contaremos allá, en lejanas plazas, para pocos o muchos, no importa, lo que importa es contarla y así, su pequeña historia acribillada será… otra historia para ser contada…”.

 

Era el cierre, mirando a sala, con las luces encendidas, los actores decíamos ese texto, el final de “Cuatro historias para ser contadas” de Osvaldo Dragún.

 

Imaginaba, por la libertad que esta presta, recordar: la libertad es un juego de la imaginación que sirve para correr los límites del alma, no del cuerpo, imaginaba que estaba el artificio escénico de Dragún tomado de los “cómicos de la Legua” que allá iban, llevando esas pequeñas historias pueblo tras pueblo y, de ese modo, entendía a Zampanó y el anuncio: “¡E arrivato Zampanó!”. Entre los cómicos de la Legua y el circo mínimo y elemental del pobrerío hay un hilo: la presencia, el acto. El acto de presencia. Para pocos o muchos… lo importante es contarla. Certifica Dragún. Es eso solo que…

 

Damas, caballeros y niños… ya no están en la platea, ya no hay escenario, ni siquiera ha quedado el teatro callejero y hasta la gorra para dejar las monedas es un número de cuenta bancaria.

 

Que nadie se haga el distraído. Se encienden las luces de la sala y estamos con un telefonito, una tableta electrónica, una pantalla más grande, menos grande, compartiendo aquella vieja necesidad, tan elemental como las conexiones nerviosas del azar por el líquido entre axón y dendrita, la conexión nada minuciosa que nos aleja del código binario, estamos en la participación anónima de mensaje. Totalmente íntima. Otra magia. Somos cinco millones dice Madonna, pero soy yo, only you.

 

Parezco tanto, me imagino, el tonto que se emociona con las luces de escenario y la música golpeando en el plexo, parezco tanto ese personaje que olvido que soy un número. Estoy escuchando por segunda vez un texto de Dayub y no advierto que para él, según Leyes de la Peste, soy un número que se suma a otros números en un sistema de conteo de cuántos vieron / oyeron ese cuento. Grata historia, por otra parte. Lindo lo de Dayub. Para mi…

 

El entusiasmo no da para que, pese a la invitación, participe de un recital de Soledad Pastorutti, la niña de la soja que revoleaba un poncho. Sería un número, otro número, igual de anónimo, pero advierto que, en mitad de la Peste y de este milagro de la técnica igual, igual, los anónimos podemos elegir. La libertad es, también, elegir. Acaso sea sólo eso. Si es así podemos vencer las técnicas y conservar el alma.





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