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Miércoles 19.08.2020 - Última actualización - 21:57
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La peste en mi pago

Tortitas negras y churros

Biblioteca Pedagógica Domingo Faustino Sarmiento Crédito: Archivo El LitoralBiblioteca Pedagógica Domingo Faustino Sarmiento
Crédito: Archivo El Litoral

Biblioteca Pedagógica Domingo Faustino Sarmiento Crédito: Archivo El Litoral



La peste en mi pago Tortitas negras y churros Esta peste no morirá nunca mientras la recordemos y evocarla será tenerla cerca, acaso dentro… sin dudas será la que nos quitó un otoño, un invierno y, acaso, una primavera.

Desde el reproductor sale, a los gritos por los parlantes, la canción de Jaime Dávalos y Eduardo Falú. “…yo sé que no vuelve más, el verano en que me amabas, que es ancho y negro el olvido y entra el otoño en mi corazón…”

 

Trae paisajes propios la canción. Una vez, en una de aquellas peñas de los años’70, con las luces, el vino, el humo y el sentimiento de una pareja apretando los brazos. Otra oportunidad en una fogata juvenil de las que, en serio, no vuelven más, con arena, mantas y el viento del mar.

 

Todas las canciones son brochazos, pinceladas donde no sólo es el poema y la melodía sino quien canta y lo otro, lo inconmensurable, lo que no tiene medida. Cuándo, dónde, cómo se la escuchó y qué paisajes trae desde el alma a la evocación.

 

Cuando de esta peste que azota mi pago tengamos eso, memorias, algo habrá de bueno y algo de reproches. Es la certeza que no fue nuestra decisión que llegase, aun cuando, para todos los especialistas, es nuestra conducta quien la disemina más o la expande menos. Las culpas deben repartirse, dice el manual de Salvataje Político.

 

Mientras sube la voz de Los Fronterizos y ese timbre especial de Gerardo López, evoco el alma de Los Chalchaleros y el “color” Saravia o mejor: Los Trovadores que sin Pancho Romero (“Romerito”) no existían.

 

Todos los grupos tienen su voz, su color, su identificación y eso, la propia voz que define, la que da la fama y la perdurabilidad. La Voz Sinatra, la voz Coltrane, Gardel, esa sonoridad de Pugliese, ese cascajo único que tiene Aznavour. Cada uno tiene los suyos y la perdurabilidad la da un sonido. La guitarra de Woodstock, Carlos Santana, ese alarido que todos entendíamos de Camarón.

 

Nadie muere mientras alguien lo retiene en su memoria. Recuerdo aquel camino hasta la Biblioteca Pedagógica de Calle San Martín, en Santa Fe, donde me encontré, abandonado sobre la mesa y leído así, al socaire, mi primer Neruda.

 

Encerrado en esta peste hogareña (como remedio) evoco ese camino hasta la biblioteca. Esa Biblioteca, donde encontrábamos los libros necesarios, pero de difícil compra, no ha muerto.

 

Esta peste en mi pago no morirá nunca mientras la recordemos y evocarla será tenerla cerca, acaso dentro, tal vez culpa de una pérdida personal y sagrada y, sin dudas, la que nos quitó un otoño, un invierno y, acaso, una primavera.

 

Tenía un desvío ese caminito hasta la biblioteca. Panadería El Sol o Panadería el Porvenir. En ambos casos una, acaso dos tortitas negras, con el azúcar esa, derretida sobre la masa y ese mordisco con los granos de azúcar cayéndose sobre una mano habilidosa y habituada que los retenía, para mandarlos garganta dentro.

 

De aquellas peñas con aires gauchescos, vino tinto de damajuanas, bancos, mesas comunitarias y guitarras compartidas salíamos, sobre la noche más oscura y tranquila (eran años de noches tranquilas, oscuras y caminatas a pie) de regreso a las pensiones con un desvío obligado. Los churros calientes de la madrugada, ya rosarina y universitaria.

 

Desde el balcón observo, en este anochecer de peste en agosto, con más de 150 días sin recibo de canje, perdidos para el recuento, días apestados sin recibo de vividos, que la canción me pone el alma en estado de penumbra y ensoñación de aquellos sabores.

 

Las tortas negras de aquellas panaderías de cuadra larga, con la pila de leña y las bolsas de harina y ese mostrador de madrugada de la “fábrica de churros” tibios, grasa en estado de alienación sentimental de un sábado de folk y miraditas que certificaban que ni diabetes ni colesterol eran lo nuestro, sino un caminito de ida hacia algo nuevo, posible, diferente.

 

Era un bastión aquella Biblioteca Pedagógica, una Biblioteca Pública. Recuerdo de ese libro, abandonado en la mesa de lectura, muchos fragmentos. Ese libro me trajo Neruda a mi vida. Un verso decía: “A nadie te pareces desde que yo te amo”. También el cierre de ése poema, el 14. Ese cierre quisiera que sucediese después de este 21 de setiembre que anuncian apestado: “…Quiero hacer contigo, lo que la primavera hace con los cerezos”. Sigue siendo la amenaza perfecta.

 

Parece Vivaldi el almanaque de la peste. La secuencia virósica ubica a Las cuatro Estaciones. Si ejercitamos cierta violencia contra el olvido y ponemos a vivir a la memoria venceremos este encierro como cura de abuela, volverán las tortitas negras, los churros calientes, las canciones a gritos con una guitarra y Neruda, un general que no se muere, no todavía, no fácilmente, no con una sola peste.





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