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Miércoles 26.08.2020 - Última actualización - 22:38
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La peste en mi pago

Heridas de la primavera

 Crédito: Manuel Fabatía
Crédito: Manuel Fabatía

Crédito: Manuel Fabatía



La peste en mi pago Heridas de la primavera La peste en mi pago pone de modo diferente a los sentimientos que rebotan en las paredes, salen por un “zoom”, un teléfono hablado y al cabo aparece la verdad derramada: son remedos del aire.

Una de las más importantes obras corales del país fue la “Crónica Cantada de la Forestal”, sobre investigaciones de un santafesino (La Forestal: la tragedia del quebracho colorado Libro de Gastón Gori. En esta línea, La Forestal, considerada la obra cumbre de Gastón Gori, relata la tragedia del quebracho colorado en el norte de la provincia de Santa Fe y denuncia la explotación que grandes compañías extranjeras ejercieron históricamente sobre los trabajadores rurales) en base a estas investigaciones un pampeano radicado en Rosario, hombre del Estado Municipal desde 1983, formidable poeta recreador de climas, Rafael Oscar Ielpi escribió los textos para la música de José Luis Bollea y nació la Crónica Cantada de la Forestal).

 

Queríamos traer aquel pasado de un norte sodomizado, fusilado, torturado. Una parábola perfecta del capitalismo salvaje. La cantábamos, con un estilo Brechtiano. Para la recreación, años después, Jorge Cánepa, un músico entendido de “lo popular” como mandato, le agregó temas y arreglos, un director entendido de “lo popular” como mandato, Néstor Zapata al dirigirla y formular la puesta en escena le agregó lo que necesitaba, la impronta teatral de lo dicho: una expolio nacional, una tragedia popular. Llopis como la voz cantante y Emilio Lenski como “relator” conformaron un fenómeno popular (qué cosa es “La Cultura” sino la condensación del pueblo expresándose…) que no tiene muchos fenómenos parecidos, porque los fenómenos son eso: incomparables. Trabajar en el área Cultura es peligroso para los elefantes. La Cultura es, en cierta forma, un inmenso palacio de mínimos cristales personales. La sema ese palacio que brilla a la distancia y parece intocable.

 

Hoy, atardecer de peste en mi pago me acordé de “El negro” Ielpi. La cercanía de la primavera. Cuestiones de la cabeza que nadie ataja en mitad del soliloquio de la peste.

 

La primavera, en sí misma, es un fenómeno incomparable. Cada fin de agosto en el hemisferio sur se comienzan a abrir los capilares, la clorofila sube, verdean la enredadera y el malvón. El jacarandá se prepara para sus flores sobre octubre/noviembre y no hay más hojas resecas que barrer. Un fenómeno incomparable hasta un año después, casi justo en día y horas.

 

Hay quienes tienen dolores de muelas, pulmones con algo de asma en esos fuelles (pondría fueyes si no fuese que el uso de la “y griega” lleva al tango) hay una suerte de respiración fulminante que nos obliga a mirar los ojos de aquella que, durante el invierno, nos miró dos veces. A saludar por las dudas. A esperar un llamado con más dudas y más esperanzas porque digámoslo como lo sentimos: la primavera es esperanza.

 

No es muy difícil acercarse a lo que siento: la peste en mi pago pone de modo diferente a los sentimientos que rebotan en las paredes, salen por un “zoom”, un teléfono hablado y al cabo aparece la verdad derramada: son remedos del aire.

 

La primavera es el aire, un aire diferente que no puede explicarse y no lo necesita. Si uno escribe: la peste en mi pago está torciendo los vientos de la primavera, además de ser un escritor connotativo, cualquiera puede entender que los vientos desvían una historia y le quitan lo bueno.

 

La primavera es una flor que seguro estará y esa esquina del encuentro que allí se quedará. Una melodía, un suspiro diferente, un plan que al fin es certero. De eso se trata cuando se menciona la torcedura. La peste ha torcido las veletas. Ya nada es verdaderamente cierto ni emocionadamente imaginado.

 

Hoy, atardecer de peste en mi pago, me acordé de “el negro” Ielpi. “La primavera viene, te lo digo, en medio del silencio despacito, la primavera con su sol amigo y su verde infinito. Viene sin golondrinas, apenada y empobrecida por el largo viaje, la tristeza le come la mirada y le oscurece el traje. Pero que importa si es un espejismo, hay que esperar lo mismo su llegada, aunque se haya quedado así de corta, de tanto andar al borde del abismo. La primavera viene mal herida y hay que salvar su vida. La primavera es nuestra por derecho, tan frágil como el sueño que nos queda, hay que salvar su corazón desecho bajo el pecho de seda”.

 

Esa era la canción que bailaba y me traía las antiguas charlas con “el negro Ielpi”. Para salvar la primavera (Letra: Rafael Ielpi; Música: Enrique Llopis).

 

Entender la cultura como el imaginario que no se acaba es ubicar esta canción de los ‘70 como protesta ante un país desarrapado, desarraigado y torturado. Una inmensa Forestal.

 

Entender la cultura es una tarea incompleta, algo es posible, se puede aprovechar el pasado y usarlo para crecer. En mitad de este ataque mundial al raciocinio el caminito es la cultura. La vacuna verdaderamente popular, memoriosa, necesaria.

 

La peste trajo problemas nuevos. Usemos la frase: la primavera viene malherida y hay que salvar su vida. No es un “streaming” o vanagloriarse de hacer 100 o 500. Es una idea para salvar la primavera, que es salvar la esperanza…¿se entiende?... La peste es la oscuridad. La Cultura es la luz o mejor, la eterna esperanza, la infinita primavera.





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