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Viernes 04.09.2020 - Última actualización - 21:32
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Educación pospandemia

La pedagogía del patio

 Crédito: Mauricio Garín
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Educación pospandemia La pedagogía del patio Donde quiera que haya una obra salesiana, el patio es el corazón de la casa: un sector protagónico, enorme, abierto, iluminado; una invitación a correr, saltar, revolcarse, jugar...

El punto 1 del Artículo 31 de la Convención Sobre Los Derechos del Niño señala: "Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes." Un siglo antes de este tratado, Juan Melchor Bosco, el sacerdote y pedagogo italiano creador de la obra salesiana, ya comprende que "De la sana educación de la juventud, depende la felicidad de las naciones"; entiende que la recreación, el juego, la música, el teatro y la alegría son los condimentos fundamentales de una propuesta educativa movilizadora. Entre sus máximas se leen frases como: "Una casa sin música es como un cuerpo sin alma". Es más, desde muy pequeño, para ganarse la confianza de sus vecinos y colaborar en la formación personal de estos, Juanito aprende las proezas de malabaristas, magos y saltimbanquis. De hecho, la iglesia católica lo considera el santo patrono de magos, actores, periodistas, cineastas, aprendices y, por supuesto, jóvenes. En sus Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales señala: "Durante la primavera, especialmente en los días festivos, se juntaba el vecindario y no pocos forasteros. (…) Entretenía a todos con algunos juegos que yo mismo había aprendido de otros. En ferias y mercados, a menudo, aparecían charlatanes y saltimbanquis a quienes yo iba a ver. Observaba atentamente sus más pequeñas proezas; volvía después a casa y me ejercitaba hasta aprender y lograr hacer lo mismo que ellos. Imaginen los golpes, revolcones, caídas y volteretas a que me exponía con cada prueba. ¿Alcanzarán a creerlo? A mis once años hacía juegos de manos, realizaba el salto mortal, caminaba con las manos, saltaba y bailaba sobre la cuerda como un titiritero de profesión." A esto puede sumarse que, en el año 1858, escribe las "Reglas para el Pequeño Teatro": orientaciones pedagógicas formuladas para –a través del drama- alegrar, educar e instruir a los jóvenes -sobre todo- moralmente.

 

Don Bosco -como grandes figuras de la talla de Pestalozzi o Itard- se caracteriza por trabajar con muchachos "difíciles" de sectores marginados; al sistema represivo de su época (basado en castigos) le contrapone su innovador sistema preventivo (sustentado en la razón, la religión y la amabilidad). A sus seguidores les recomienda: "La dulzura en el hablar, en el obrar y en reprender, lo gana todo y a todos"; o "Nunca castigos penosos, ni palabras humillantes, ni severas reprimendas en presencia de otros. Antes al contrario, óiganse en la clase palabras de dulzura, caridad y paciencia (…) que los que reciben un aviso, sean más amigos nuestros que antes y no se separen de nosotros desanimados". Es decir, muchos años antes de que se popularice la educación emocional, él señala que educar es cosa del corazón; que no basta amar a los niños y jóvenes: ¡ellos tienen que saberse amados!; que cuando alguien se siente estimado, oído, acompañado, cobijado y alentado se genera un clima de confianza y alegría que es germen de una propuesta educativa vital y transformadora. Hay una canción –"Don Bosco va…"- que sintetiza en verso el carisma de la obra salesiana: "Casa de los sin hogar, /padre de los sin fe, /patio para jugar, /escuela para aprender/ a ser feliz…". En el patio nos detendremos.

 

Arquitectónicamente, los patios de los hogares suelen estar al fondo, atrás. Por el contrario, donde quiera que haya una obra salesiana, el patio es el corazón de la casa: un sector protagónico, enorme, abierto, iluminado; una invitación a correr, saltar, revolcarse, jugar, dialogar, gritar con desahogo o cantar. Cruzar este espacio de punta a punta, a un visitante ocasional le puede llevar varios minutos: en su trayecto, tal vez tenga que sortear una marea de niños que se mueven como abejas en un panal; tal vez vaya esquivando pelotazos de tenis, básquet, vóley o rugby; tal vez tenga que hablar un poco más fuerte de lo habitual si es que quiere ser oído, si es que quiere contrarrestar los efectos del alboroto infantil. En cierta medida, esos patios se acercan al "hagan lío" formulado por el Papa Francisco: ¡un lío alegre y sanador! En ese "lío", el visitante ocasional verá confundirse a jóvenes, niños y educadores. Vale decir, no observará a mayores en posición de "policías" o "personal de seguridad" con el ceño fruncido y la "cachiporra" antidisturbios a punto de desenfundar; percibirá adultos con rostro hospitalario dispuestos a compartir con los más chicos un picadito de fútbol, un juego de soga o de cartas, una guitarreada o una charla amena. De hecho, en estos espacios comunes, los bancos son escasos: ¡Todos –a su modo y a su tiempo- en movimiento! ¡El patio es el lugar para estirar el cuerpo y el alma! Concretamente, por dar ejemplos ampliamente conocidos, ese espíritu del juego y la recreación en el patio está presente en los exalumnos donboscanos que fundaron la Juve de Turín o en los que crearon el CASLA en Boedo animados por el cura salesiano Lorenzo Massa.

 

Al respecto, en su "Carta sobre el estado del oratorio" del 10 de mayo de 1884 (4 años antes de morir) dirigida a sus seguidores, el propio Don Bosco imagina un encuentro con uno de sus exalumnos que le recuerda (su estrategia es ponerse en el rol del que siempre tiene que aprender algo) las virtudes de la convivencia en el patio dentro de su propuesta pedagógica: "Familiaridad con los jóvenes, especialmente el recreo. Sin familiaridad no se puede demostrar el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere ser amado, es menester que demuestre que ama (…) El maestro al cual sólo se ve en la cátedra, es solamente maestro y nada más; pero si participa del recreo con los jóvenes, se convierte también en hermano (…) Esta confianza establece como una corriente eléctrica entre jóvenes y superiores. Los corazones se abren, dan a conocer sus necesidades y manifiestan sus defectos. Este amor hace que los superiores puedan soportar las fatigas, los disgustos, las ingratitudes, las faltas de disciplina, las ligerezas, las negligencias de los jóvenes".

 

En este tiempo de pandemia, de especulaciones sobre el regreso a las escuelas, de ensayo de hipotéticos protocolos para el reinicio de las clases, tenemos un puñado de certezas más allá de las innumerables incertidumbres: ¡Resultará descabellado volver a las aulas y decir "¡saquen una hoja, pongan la fecha y abran sus manuales en la página 33!" como si nada hubiera pasado! ¡Habrá que darle cabida -darle voz- a las emociones que nos atraviesan, nos desbordan y son el fruto de esta crisis que nos interpela planetariamente! ¡El Covid-19 es y será una gran oportunidad para dar pie al aprendizaje situado o significativo (según el marco teórico elegido)! ¡En este contexto será vital repensar el papel pedagógico que tienen los patios de las instituciones educativas que habitamos! ¡La propuesta de Don Bosco puede resultar de gran utilidad! ¡Los chicos y jóvenes anhelan el reencuentro en el salón y, en especial, en el recreo! ¿Cómo podremos recuperar el abrazo, la palmada, el juego, la charla, la risa… en fin, la convivencia en el patio sin que este virus dañino y omnipresente nos avasalle el deseo de enseñar y de aprender de manera conjunta y cooperativa?

 

Donde quiera que haya una obra salesiana, el patio es el corazón de la casa: un sector protagónico, enorme, abierto, iluminado; una invitación a correr, saltar, revolcarse, jugar, dialogar, gritar con desahogo o cantar.

Esos patios se acercan al "hagan lío" formulado por el Papa Francisco: ¡un lío alegre y sanador! En ese "lío", el visitante ocasional verá confundirse a jóvenes, niños y educadores.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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