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Jueves 24.09.2020 - Última actualización - 17:28
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Opinión

Crónicas santafesinas

 Crédito: Archivo El Litoral
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Opinión Crónicas santafesinas

I

 

La foto fue tomada por el fotógrafo Hugo Rayna quien entonces trabajaba conmigo en el diario "Hoy en la Noticia", diario que pasó a mejor vida hace más de treinta años. Es una foto de 1986 y estimo que debe de haber sido tomada entre los meses de octubre y noviembre. Cuatro personas estamos acomodados a esa mesa colocada en la vereda de lo que entonces se conocía como el bar San Jerónimo, levantado en diagonal al rectorado de la UNL y en una imagen cuyo ángulo es el mismo que ilustra la tapa de mi primera novela: "Aquellos fueron los días". Los lectores veteranos habrán podido advertir que las personas que están en la foto son Ricardo Piglia, Juan José Saer, Manuel Inchauspe y un periodista (este humilde servidor), que está de perfil con treinta y cinco años menos, bigote y unos cuantos kilos menos. La escena quedó congelada en el tiempo y yo la tengo presente porque a la foto la hice enmarcar y está en la pared del living de mi casa.

 

II

 

Curiosamente, y a pesar de los años transcurridos, a la escena la tengo presente. Es más, tengo presente los detalles que la precedieron y el contexto en la que se dio, es decir, la suma de circunstancias que coincidieron para que a determinada hora de la tarde (si la memoria no me falla fue un sábado) nos encontráramos en ese bar histórico de Santa Fe para conversar de literatura un rato antes de que Piglia y Saer brindaran una conferencia en el Paraninfo de la Universidad, conferencia que si la memoria no me traiciona luego se transformó en un libro o en un librito que hasta el día de hoy continúa circulando. Un dato si se quiere lúgubre de la foto: todos los que están en el plano han pasado a mejor vida, incluido el fotógrafo. El único testigo de la escena es quien escribe lo cual no es más que un melancólico privilegio.

 

III

 

Retornemos a la foto. Rayna era una muy buen fotógrafo y siempre encontraba el ángulo justo, el plano preciso y la luz adecuada. La foto es en blanco y negro. Saer está de frente con una camisa clara mangas cortas y un cigarrillo en su mano derecha que está levantada casi a la altura de la cabeza. A su lado, está Piglia, de camisa oscura y por su expresión pareciera que es el que está hablado con el periodista. Al frente de Ricardo, está Juan Manuel, de remera y también con un cigarrillo en su mano izquierda. Manuel luce barba, remera y escucha. En realidad está allí porque en esos tiempos yo me encontraba con él casi todos los días en mi casa de calle Necochea o en la casa de él de calle Las Heras ubicada a media cuadra de bulevar, cuando no en algunos de los bares de la zona para hablar de literatura o política y tomar un café o un vino, según sea la hora y las ganas. Fui yo quien lo invitó a esta cita con Piglia y Saer, cita que él aceptó gustoso porque los conocía y los respetaba a los dos escritores, pero en particular era amigo de Juani desde hacía muchos años.

 

IV

 

El cuarto personaje de la foto soy yo, también de remara, con una birome en la mano derecha (la otra está descansando en el borde de la mesa) y unos papeles apoyados en la mesa anotando las palabras que seguramente en esos momentos está diciendo Ricardo. En aquellos años yo postulaba que un buen periodista no usaba grabador, que a lo sumo tomaba algunos apuntes, algo así como huellas o señales para orientarme luego en el proceso de escritura de la entrevista. Con los años fui modificando ese criterio, pero está claro que en la ocasión de la foto aplico a rajatabla ese principio aconsejado por ese notable periodista que fue Gabriel García Márquez. En la mesa –repito, colocada en la vereda del bar, hay un servilletero, un paquete de cigarrillos Particulares que seguramente deben ser los míos porque son de la misma marca que yo fumaba en esos años. La foto debe de haber sido tomado antes de que nos atendiera el mozo, porque no se ven ni pocillos de café, ni vasos, ni botellas de gaseosas, aunque –misterios de la memoria- me acuerdo que Juani pidió un agua mineral pero sin gas. ¿Por qué recuerdo esa momento insignificante y, por ejemplo, no tengo presente en detalle lo que conversamos esa tarde? No lo sé.

 

V

 

Sí recuerdo que esa tarde Piglia me adelantó algunas de sus hipótesis acerca de la estrategia de Hemingway y Chejov para escribir un cuento. Ya para entonces Ricardo tenía desarrollada su teria de "Las dos historias", una variante creativa del paradigma del "iceberg", creado por Hemingway. En aquellos años, de Piglia yo había leído "Respiración artificial", una novela a la que regreso periódicamente, y un cuento publicado en su libro, "Nombre falso". Ese cuento se titula "Actas de juicio", una supuesta declaración judicial de uno de los gauchas que asesinó a Urquiza en el palacio San José. No era la primera vez que lo entrevistaba a Ricardo, y tampoco sería la última. Otro dato: el libro de cuentos, "Nombre falso", me lo recomendóo y me lo vendió en 1978 Edgardo Russo, ocho antes de de la escena que se registra en la foto.

 

VI

 

Edgardo Russo entonces tenía una librería con Estela en la galería Peyrotén: "El Aleph". Lo menciono, porque para 1986 Edgardo fue el organizador, junto con Jorge Ricci, del Encuentro Nacional de Literatura, motivo por el cual Saer y Piglia estaban, entre otros, en Santa Fe. De ese encuentro, cuyas conferencias y reuniones se celebraron en el Paraninfo de la UNL, recuerdo la presencia de Hugo Gola, Abelardo Castillo y ese insólito personaje y exquisito poeta que fue Edgar Bayley y de quien alguna vez voy a escribir en esta página, porque en esos días compartimos algunas tardes y algunas noches siempre acompañados de lo que el juglar español llamaría "un vaso de bon vino". De más está decir que los sucedido aquellos días en los que se celebró este encentro o congreso de literatura, integra algunos de los momentos, no sé si mas felices pero sí mas intensos, de mi memoria literaria. Y no era para menos. Fueron jornadas que de mañana, de tarde, de noche y trasnoche nos encontrábamos con unos y con otros para hablar de literatura. Los encuentros podían ser en algún bar de la peatonal, en Las Cuartetas, en el San jerónimo, "tenidas" en las que abundaban las sesudas reflexiones literarias, las cuereadas a la intervención de algún expositor o los sabrosos chismes que acompañan inevitablemente a estos encuentros, chismes que incluyen celos, antiguas o nuevas refriegas teóricas y, por supuesto, nuevos o renovados amoríos, porque nada más propicio que un encuentro literario para iniciar una placentera y riesgosa aventura amorosa con imprevisibles consecuencias legales e ilegales. Y no digo más para no resucitar historias viejas.

 

VII

 

Juani Saer había llegado de París hacía un par de semanas y estaba instalado en su casa familiar de Mendoza y Salta, esa planta alta con terraza y cuartito que los lectores de su obra conocemos al detalle, incluido el paisaje que desde allí se ve de la ciudad. Para el momento de la entrevista que registra la foto, yo conocía al detalle toda su obra, aunque para entonces faltaba, entre otras, uno de sus libros decisivos como es "Glosa", texto que supongo ya lo debe de haber escrito, porque, según los registros, se publicó ese año, aunque yo lo leí en 1987. Exageraría si dijera que fui un amigo de Juani (ni en broma se me ocurriría despertar las iras y las furias de sus temibles " viudas" masculinas, atribuyéndome relaciones que no fueron tales), pero me honro de dos cosas. Haber leído su obra muchas veces, haber estado en su casa de París en dos ocasiones y haber sido el último santafesino que lo entrevistó en su ultima visita a la ciudad durante más de una hora en la radio. A ello agrego, hasta que alguien me demuestre lo contrario, que debo de haber sido también el último santafesino que estuvo con él compartiendo a fines de marzo de 2005 un café en el Hotel Meridien, levantado frente a su casa en el barrio Monparnasse. Alguna vez, en la terraza de su casa de calle Mendoza, estuvimos toda la tarde tomado café y hablando de amigos comunes santafesinos, y un mediodía compartimos unos pescados en un bolichón de la costa y hablamos largo y tendido de nuestro amigo común, Tito Mufarrege.

 

VIII

 

La foto continúa allí, en la pared del linvg de casa. Y seguramente continuará cuando yo me vaya, porque son fotos que disponen de la virtud de perdurar en el tiempo. Es una foto, que registra ese instante único en tiempo presente, pero sugiere un pasado y la posibilidad de un futuro. De esa relación entre pasado, presente y futuro y de sus posibles conexiones e inevitables digresiones, es lo que he procurado regostar en esta crónica.

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