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Jueves 01.10.2020 - Última actualización - 18:49
18:47

Crónicas santafesinas

 Crédito: Archivo El Litoral - Amancio Alem
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Crónicas santafesinas Cada esquina, cada cortada, cada callejón, cada plaza, cada avenida tienen cosas para decirme, imágenes que existen si yo las convoco. Solo se trata de saber mirar. O de saber recordar.

I

Los que peinamos canas (hay que ser viejo para usar ese giro, no tanto por lo de las "canas" como por la imagen. Doble contra sencillo que mi hijo y mi nieto no la conocen) decimos que uno no sale a caminar por la ciudad, sale a conversar con los recuerdos. O, por lo menos, a ponerse al día con ellos. La ciudad es la página donde están escritos nuestros recuerdos. Mi vida podría escribirla caminando por las calles de mi ciudad. Cada esquina, cada cortada, cada callejón, cada plaza, cada avenida tienen cosas para decirme, imágenes que existen si yo las convoco. Solo se trata de saber mirar. O de saber recordar. El escritor Claude Simón aseguraba que para escribir una buena novela alcanzaba y sobraba con caminar cuatro o cinco cuadras alrededor de la casa. Todo está disponible. De nosotros depende transformar lo que miramos en literatura, música, pintura. O aunque más no sea en crónica.

 

II

Estuve cenando en la casa de un amigo que vive en barrio Roma. Entre el asado y los vinos; los chismes y las historias, se hizo tarde. Una o dos de la mañana, horario en que en otros años recién me preparaba para salir, pero como diría el poeta: "Nosotros los de entonces ya no somos los mismos". El amigo se ofreció a llevarme a casa en su auto, pero yo preferí caminar. Quince o veinte cuadras, no es una caminata demasiado larga. Y además la noche invitaba a hacerlo. Noche hospitalaria, con estrellas curiosas y silencio de pandemia. Un abrazo, la promesa de repetir el encuentro, esta vez en mi casa. Y la caminata por las calles de ese barrio Roma que dispone de su discreto encanto hecho de luces y sombras, de casas bajas y veredas desparejas.

 

III

Camino por calle Paraguay. Al costado las sombras del Parque Garay. El club de bochas. Me acuerdo de otro amigo que tampoco ya está, un amigo que viajó mucho por el mundo, que le pasaron cosas buenas y cosas terribles, pero por encima de los detalles era un tipo macanudo. Alegre, generoso. Me acuerdo de un mediodía en su casa. Me acuerdo cuando me dijo que en algún momento pensaba dejar de viajar y vivir a mil. Y alquilar una casita frente a Parque Garay y hacerse socio del club de bochas para ir todas las tardes a jugar, a compartir una copa con los nuevos amigos y algún asado de vez en cuando , para luego regresar a la casa hasta el otro día. Cuarteles de invierno, como quien dice. Jugando a las bochas como le gustaba a mi padre. Y en ese club del Parque Garay. No lo hizo. No pudo hacerlo porque se murió antes. Pero ese era su proyecto de vida.             

 

IV

En la esquina de Salvador Caputto y avenida Freyre está el bar El Parque. Creo que no se puede escribir la biografía de avenida Freyre sin ese bar que está plantado en la misma esquina desde que tengo memoria. Siempre abierto. En verano y en invierno. Con mesas en la vereda, en el cantero de la avenida o en salón. Hace medio siglo me juntaba con el Flaco Tercero, el Cuervo Gervasoni y Juan Gonella a tomar un café después de haber almorzado en el Comedor Universitario. Corte y toma nueva. Tengo una foto en la que estoy solo en la mesa de la vereda del bar. Los cigarrillos y el encendedor. No tengo cara de buenos amigos. La foto me la tomó la chica que terminaba de decirme que no quería ser más mi novia. Manera original de despedirse: regalándome una foto. Una foto en la que yo estoy con la cara que tiene un tipo cuando la mujer que quiere le termina de decir que se va con otro. Seguramente tenia sus buenas razones. Me habló de un novio del secundario que había regresado. "Y vos sabés…siempre lo quise". Yo no lo sabía, pero así son las cosas. Mirando a la distancia supongo que tomó la decisión correcta. En aquellos tiempos yo era, como decía mi tío, una bala perdida. Capaz que nunca dejé de serlo. 

 

V

¿Qué más decir del bar El Parque? Me acuerdo de un consejo de Raymond Chandler. "Cuando no se te ocurra cómo continuar con la novela poné unos tipos con unas pistolas y todo se arregla". Tiene razón el maestro. En los primeros días de octubre de 1974 el dirigente gremial peronista Juan Mario Russo entró al bar con su esposa y se acomodaron en una mesa dispuestos a cenar. Eran más o menos las once de la noche de un día de semana. Un Fiat 128 estacionó en la esquina y bajaron cuatro tipos. La situación excedía al consejo de Chandler porque en lugar de calzar pistolas calzaban ametralladoras. Pero bueno, a los consejos no siempre se los puede seguir al pie de la letra. Los caballeros, encapuchados -ahora le dicen barbijo- entraron al bar. Tres de ellos le dijeron a los parroquianos que se queden tranquilos, recomendación que, atendiendo los argumentos "manuales" de estos señores, los parroquianos cumplieron al pie de la letra. El enmascarado cuarto se dirigió a la mesa donde estaba Russo y sin decir "agua va" lo liquidó con una ráfaga de ametralladora. Sin abrir la boca, los señoritos subieron al auto y se fueron lo más campantes. Un par de horas después Montoneros se atribuyó la "ejecución del traidor". Russo fue dirigente del gremio de la Madera. Era el obrero que los peronistas universitarios llevaban a la facultad para demostrarnos a los reformistas que ellos tenía obreros y nosotros no éramos más que unos despreciables intelectuales pequeños burgueses y gorilas. Mientras lo escuchaba hablar en el aula Vélez Sarsfield o el aula Alberdi y ponderar la virtudes de Evita y Juan Domingo, jamás se me hubiera ocurrido pensar que dos o tres años después iba a ser ejecutado por traidor por los mismos ( o por lo menos parecidos) que con tanto entusiasmo lo llevaban a la facultad a darnos lecciones de peronismo. ¿Era un traidor? No lo sé. De lo que estoy seguro es que no merecía morir así.

 

VI

Continúo caminando por Salvador Caputto en dirección a San Lorenzo. La ciudad desierta. Como si yo fuera el exclusivo habitante. Miro la hora. Cerca de las dos de la mañana. Pasa un patrullero, pero no me lleva el apunte. Soy un hombre mayor bien vestido y correcto. La policía por lo general no se mete conmigo. No siempre fue así, pero ahora lo es. Cuando estoy a punto de cruzar la esquina de San Lorenzo y Suipacha regresa el tiempo perdido. Fecha: agosto de 1972. Una manifestación enorme. Recuerdo que en la primera fila hay varios profesores de la facultad. La marcha salió de calle Tucumán entre 25 de Mayo y Rivadavia. ¿Motivo? El "entierro" de Jorge Ulla, asesinado en Trelew por orden de la Marina. Hay que entender ese tiempo y esos años. Al episodio la historia lo registra como "La masacre de Trelew". Las víctimas habían intentado fugarse, Fueron detenidos y trasladados a la base Almirante Zar. A la madrugada del 22 de agosto los obligaron a salir a las puertas de las celdas. Y los mataron sin asco. Creo que se salvaron tres. Hubo mucha indignación. Creo que hasta Lanusse estaba indignado. Corten. Toma siguiente. La manifestación avanza por Tucumán hasta San Lorenzo. La marcha se extiende por dos o tres cuadras. De allí en dirección al norte. La idea es llegar caminando al cementerio. Marcha de silencio. Como que estaba todo dicho. En la esquina de San Lorenzo y Suipacha, la misma esquina en la que en este momento exacto estoy cruzando, nos detuvo la policía. Eran muchos, estaban armados con unos garrotes enormes y si bien no le veíamos la cara porque estaban con los cascos, no hacía falta ser un psicólogo lacaniano para saber que sus intenciones con nosotros no eran precisamente amorosas. Los muchachos de la Guardia Rural "Los pumas" a los estudiantes nunca nos quisieron muchos. Capaz que sus buenas razones tenían, pero en aquellos años yo no era tan objetivo. Un profesor de la facultad, abogado hasta por el modo de encender el cigarrillo, se acercó a parlamentar con la policía. Parece que no tuvo suerte. Otro profesor empezó a cantar el Himno Nacional. Pobre. Suponía que, como ocurría en otros tiempos, los policías al escuchar el Himno se iban a cuadrar y pedirnos disculpas. Nada de eso. Se nos vinieron al humo. Y empezó la repartija de machetazos. Yo corrí hacia calle Saavedra. Al respecto, puedo decir que no me consta que haya sido muy valiente, pero me consta que corría rápido, sobre todo si el que venía detrás lo hacia blandiendo una cachiporra del tamaño de un garrote. Corten. La película continuará cuando aclare y dispongamos de mejor presupuesto.

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