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Jueves 15.10.2020 - Última actualización - 20:23
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Por María Teresa Rearte

Santa Teresa de Jesús doctora de la Iglesia (*)

Hace cincuenta años, Pablo VI proclamó a Santa Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia.  Crédito: Archivo El LitoralHace cincuenta años, Pablo VI proclamó a Santa Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia.
Crédito: Archivo El Litoral

Hace cincuenta años, Pablo VI proclamó a Santa Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia. Crédito: Archivo El Litoral



Por María Teresa Rearte Santa Teresa de Jesús doctora de la Iglesia (*) El suyo no fue un camino exento de dificultades y sospechas por la virtud de una mujer. Y por sus obras. Pero no se amilanó. Por el contrario, vivió intensamente su vida en el tiempo y mundo en los que vivió.

Por María Teresa Rearte

 

Hace cincuenta años, el 27 de septiembre de 1970, Pablo VI proclamó a Santa Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia. Con definido acierto este Papa de notable profundidad humana y espiritual, puso de manifiesto el singular carisma femenino y cristiano de Teresa de Ávila, la primera mujer en la historia en ser proclamada Doctora de la Iglesia. A la que siguió pocos días después el doctorado de Santa Catalina de Siena.

 

Con este reconocimiento el Pontífice destacaba la contribución de las mujeres a la Iglesia y la sociedad. "¿No saben, decía San Pablo, que un poco de levadura fermenta toda la masa? Despójense de la vieja levadura para ser nueva masa, ya que ustedes mismos son como el pan sin levadura. Porque Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado." (1 Cor 5, 6-7) Sería muy alentador para nuestra vida espiritual que esta figura bíblica otorgara sentido a la conmemoración. Que nos motivara con el dinamismo de la fe, en tiempos en los que la acedia desgana el corazón humano, renuente en procurar lo grande para lo que se está llamado.

 

PERFIL TERESIANO

 

En la homilía de ese día, un emocionado Papa Pablo VI decía de Santa Teresa de Jesús: "La vemos aparecer ante nosotros como una mujer excepcional, como una monja que, velada en la humildad, la penitencia y la sencillez, irradia a su alrededor la llama de su vitalidad humana y su vivacidad espiritual; luego como una reformadora y fundadora de una orden religiosa, histórica y distinguida; una escritora brillante y fecunda a la vez; una maestra de la vida espiritual; una incomparable e incansable contemplativa activa."

 

"Poned los ojos en el Crucificado, decía Santa Teresa de Jesús, y todas las dificultades os parecerán poca cosa. (…) ¿Saben en que consiste la verdadera espiritualidad? En hacerse esclavo de Dios, señalado con su marca que es la de la Cruz, a consecuencia del abandono de nuestra libertad en sus manos."

 

Detengámonos un momento para meditar acerca de la Encarnación del Verbo como un acontecimiento único en la historia, por medio del cual Dios se ha dado a conocer a los hombres. Todo lo que se pueda pensar y decir de Jesucristo, si no se detiene a profundizar en el hecho de que es el Hijo que se hizo Hombre para rescatarnos de nuestro extravío, y que emprendamos nuestro retorno a Dios, se soslaya el núcleo cristológico de la fe. Y aún el sentido último del peregrinar humano por la historia.

 

El cristianismo no es el fruto de una civilización. Tampoco es una elaboración del pensamiento humano, por más elevado que éste pudiera ser. El cristianismo se sintetiza en este anuncio: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros." (Juan 1, 14).

 

Esta verdad se constituyó en pilar de la vida de Teresa de Jesús. Sugiero meditarla.

 

SINGULARIDAD DE SU VIDA

 

A diferencia de la altiva exaltación de la propia persona a la que orienta la vanidad del mundo, su singularidad no reside tanto en las dotes de ella misma. Sino que se arraiga en Cristo. Como ella también lo reconoce: "en las mercedes que el Señor me ha hecho". Puede ser difícil entenderlo para el mundo en el que vivimos, triste e insatisfecho. Y hoy visiblemente alterado por la pandemia que a su paso siembra incertidumbre y desolación.

 

Se racionaliza y humaniza la fe, reduciendo "todo" a hechura humana. Y no se ve el divino rayo de la gracia que se filtra entre las espesas nubes de nuestro tiempo. Una santa Teresa que pase la noche en oración puede ser entendida. Pero una santa Teresa que pase la noche riendo y cantando con sus monjas, porque sufren escasez de frazadas y tiritan de frío, no se puede entender. Se ha elaborado un estereotipo de la fe. Y se olvida que cada uno de nosotros, toda persona, con lo mudable de su vida, con sus tristezas tanto como con su entusiasmo y alegría, puede acercarse a Jesucristo. La Iglesia, tan vapuleada por las tormentas de adentro y de fuera, como por los rencores de los que no quieren que sea fermento que transforme el individualismo imperante, continúa no obstante la misión de Cristo en la tierra. Y la gracia da frutos de santidad.

 

En ciertos momentos de la historia como el actual, de hambre, guerras, persecuciones, injusticias, de confinamiento, en fin, de tanta impiedad, necesitamos la gracia del momento contemplativo que nos permita percibir el Amor de Dios, en el contexto del desamparo existencial que atraviesa el mundo.

 

El desposorio místico espiritual de Teresa de Ávila adquirió especial relieve en una época en la que, con coraje y decidido empeño, afrontó los acontecimientos históricos y religiosos del siglo XVI, marcados entre otros aspectos por la Reforma protestante.

 

LEGADO ESPIRITUAL

 

En el Castillo interior volcó toda su experiencia espiritual. En la Séptima Morada de ese castillo refiere que llegada a esa etapa de su camino "no desea, como antes, morir para ver a Dios. Ahora prefiere vivir muchos años para trabajar por Él."

 

Aunque ya no hay sequedades, y "el alma se encuentra en quietud, pues se encuentra junto al mismo Señor", Teresa de Jesús advierte que, "sin embargo, no falta la cruz, pero sin pérdida de la paz interior".

 

El suyo no fue un camino exento de dificultades y sospechas por la virtud de una mujer. Y por sus obras. Pero no se amilanó. Por el contrario, vivió intensamente su vida en el tiempo y mundo en los que vivió, sabiéndose profundamente hija de la Iglesia. Y nos invita a recorrer nuestro camino, no obstante parecidas situaciones que podamos transitar.

 

Quiero terminar refiriéndome a la advertencia de San Pablo en el sentido de "que las mujeres deben guardar silencio en las asambleas." (1 Cor 14, 34). ¿Cómo entender la amonestación paulina con relación a esta proclamación del Papa Pablo VI de Santa Teresa como Doctora de la Iglesia? El mismo pontífice lo aclara: "No se trata, en efecto, de un título que tenga una función jerárquica de magisterio; pero hay que subrayar al mismo tiempo que esto no significa en modo alguno una menor estima por la sublime misión de la mujer en medio del Pueblo de Dios."

 

(*) La liturgia conmemora a Santa Teresa de Jesús como Virgen y Doctora el 15 de octubre.

 

El suyo no fue un camino exento de dificultades y sospechas por la virtud de una mujer. Y por sus obras. Pero no se amilanó. Por el contrario, vivió intensamente su vida en el tiempo y mundo en los que vivió

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