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Sábado 17.10.2020 - Última actualización - 19:40
19:35

Peisadillas

¡Ayyy mamita!

"Mother and child" de Gustav Klimt
Crédito: Archivo

"Mother and child" de Gustav Klimt Crédito: Archivo



Peisadillas ¡Ayyy mamita! Era el reclamo del alma, era el pedido urgente de la cura instantánea, la sanación a todo mal al que estábamos expuestos en nuestra mocosa vida.

Con Nicolás Peisojovich

 

"El niño reconoce a la madre por la sonrisa", León Tolstói.

 

Quiero aclarar algo con respecto a la cita que encabeza mi escrito y que no hace más que ensalzar la figura de la madre a vista de la humanidad; ¿ustedes se imaginan una sonrisa de una imponente rusa del siglo XIX? Uno ve esos vetustos cuadros o daguerrotipos de los europeos, o de esos rusos de sufrida existencia de principios del 1900 y cuesta imaginarlos sonriendo, pero así es la cosa amigos, después de estallar de dolor, de acariciar el umbral del suplicio, lo primero que una madre hace al ver a esa criatura que llevó por meses en su cuerpo es una gigante y emocionada sonrisa. Espero que no me multen por exceso de recuerdos, por andar cazando sueños pese a la restricción; que no me labren un acta por un acto de amor o por exceso de velocidad de mis latidos. Pero entiéndame usted, señor/a lector/a, cuando hablamos de las madres, debemos enjuagarnos el alma y jugarnos el corazón.

 

¡Ayyy mamita! como venimos con esta nueva normalidad… el título de la misma, de mi Peisadilla semanal, remite a un pedido de auxilio, al grito desesperado y automático, gutural y espontáneo, de esos que se decían con las rodillas peladas, con raspones en los codos por culpa de esa bicicleta que no se comportaba como nosotros queríamos; grito pelado a lastimaduras que ardían como el mismo fuego, grito silencioso y contenido cuando veíamos que la aguja iba a incrustarse en nuestra juvenil piel, que iba a atravesarnos impiadosa de lado a lado, cerrando los ojos para no ver que la miserable pinchadura iba a llevarse casi toda mi capacidad sanguínea, dejándome tirado, débil y chupado como un zombie, mientras con una sonrisa demoníaca escuchábamos desde el fondo del averno la voz manipuladora de la enfermera decirnos "viste que no era nada, tontito…" ¿Cómo que no era nada? Todo era un tormento indisimulable, todo era fatal e incurable. Por suerte estaba ella, la mami, la que todo curaba, la que tenía la palabra mágica, la caricia precisa, la mirada perfecta. Entonces la fatalidad del momento solo pasaba a ser anécdota y a veces ni eso. "¡Ayyy mamita!" era el reclamo del alma, era el pedido urgente de la cura instantánea, la sanación a todo mal al que estábamos expuestos en nuestra mocosa vida.

 

Este delicioso y maternal sueño, que sabe a flan casero con dulce de leche, que tienen sonidos de música con frituras, de fotos descoloridas, de imágenes cuyo papel se tornó sepia, con marco blanco y la fecha en uno de los bordes, imágenes lavadas por el tiempo y en cajones donde se guarda casi todo lo importante que ya no se usa, simplemente aromas de casa madre (el principio de todo), olores invernales de estufa de querosén, de buñuelos de manzana o pasas (para los grandes), a leche con chocolate o café con pan y manteca (con algo de azúcar espolvoreada); fragancias que son el túnel del tiempo y que tienen la propiedad de ser curitas sanadoras del alma en vuelo, el placebo de nuestro existencial andar. Su voz era el "Merthiolate" de nuestros raspones espirituales (el rosadito, el original, que uno no sabía si ardía más el remedio, la paletita con la que se aplicaba el líquido o las lastimaduras).

 

"En la vida hay olores que nunca, pueden olvidarse…" podría tararear la música de mi cabeza, esa que todos llevamos dentro, generalmente habla, pero muchas veces canta o tararea una melodía a modo de altavoz, pero que solo nosotros escuchamos, así que pensándolo bien, sería algo así como un "Bajavoz" o "Parlante Interno Silencioso" y cuya sigla sería P.I.S.

 

Sin la urgencia que a veces nos somete las ganas de hacer "pis" pero con la insistencia dictatorial del P.I.S. (Parlante Interno Silencioso) que me recordaba en forma de música, esa famosa cortina que es la banda de sonido de nuestras vidas, que no solo de olores y sabores está hecho nuestro túnel del tiempo, nuestro archivo emocional de re-cuerdos y re-locos, sino de música, de mucha música.

 

La madre fue es y será un tema recurrente en la música, desde baladas dolorosas como "Mother" de John Lennon, que a garganta pelada grita como un llanto primigenio la ausencia de la misma, y que también la recuerda en el tema "Julia" con The Beatles; "Mother" de Pink Floyd, donde un edípico Roger Waters se cuestiona los miedos y las dudas de sus decisiones; "Qué será, será" empalagosa melodía interpretada por Doris Day, ardorosos tangos, alegres cumbias, todos alguna vez cantaron a la madre. Existen centenares de canciones dedicadas a las madres y en todos los estilos musicales, baladas, tangos, rumbas, cumbias, rocanroles, etc.

 

Madre, mamma, mami, mamá, mother, mom, mere, mutter, mai. Todas esas palabras en distintos idiomas tienen un solo significado: Amor.

 

¡Feliz día mami!

 

"¡Ayyy mamita!" era el reclamo del alma, era el pedido urgente de la cura instantánea, la sanación a todo mal al que estábamos expuestos en nuestra mocosa vida.

Aromas de casa madre, fragancias que son el túnel del tiempo y que tienen la propiedad de ser curitas sanadoras del alma en vuelo, el placebo de nuestro existencial andar.

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