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Sábado 17.10.2020 - Última actualización - 19:49
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Día de la madre

A cielo abierto

Viviana, mi vieja, era una jugadora de toda la cancha que no tenía miedo de arremangarse, embarrarse, tirar caños o arrojarse a los pies de la adversidad para dar pelea. Crédito: Gentileza Martín DuarteViviana, mi vieja, era una jugadora de toda la cancha que no tenía miedo de arremangarse, embarrarse, tirar caños o arrojarse a los pies de la adversidad para dar pelea.
Crédito: Gentileza Martín Duarte

Viviana, mi vieja, era una jugadora de toda la cancha que no tenía miedo de arremangarse, embarrarse, tirar caños o arrojarse a los pies de la adversidad para dar pelea. Crédito: Gentileza Martín Duarte



Día de la madre A cielo abierto "El corazón de una madre no es sólo un músculo que late sin parar. Es un lugar mágico donde suceden las cosas más extraordinarias". 

Comparto un cuento del acervo folklórico occidental: un hombre ama ciegamente a una celosa y despiadada mujer; es capaz de hacer cualquier chifladura con tal de complacerla. ¡La dama en cuestión no se conforma con tener el mundo a sus pies o la luna en su ventana! ¡Exige el corazón de su suegra como ofrenda! "¿A quién amas más? ¿A ella o a mí?" Para mitigar estos crueles caprichos, el descocado enamorado mata a su madre, le arranca el corazón, lo pone en una bolsa y corre enajenado a la casa de su amada para testimoniar su fidelidad. En el camino, tropieza, se desploma y suelta la sangrienta bolsa por cuya boca asoma el corazón de su madre que le dice, dulce y angustiada: "¿te has hecho daño hijo mío?" Este relato matricida dispara múltiples interrogantes; entre ellos: ¿Resulta exagerado mostrar el cariño de una madre como incondicional, inagotable, paciente, indulgente e inmortal? Tal vez tengan razón Isabel Minhós Martins y Bernardo Carvalho cuando señalan que: "El corazón de una madre no es sólo un músculo que late sin parar. Es un lugar mágico donde suceden las cosas más extraordinarias. El corazón de una madre está unido al corazón de cada hijo por un hilo muy fino, casi invisible. Gracias a este hilo, todo lo que le sucede a un hijo hace que algo pase también en el corazón de una madre."

 

Lejos del tono desmesurado del primer párrafo, aquí quiero compartir la historia real de una madre que le habla a su hijo más allá de la muerte. Te quiero hablar de "El cuaderno de Nippur". María Vázquez: 43 años, arquitecta, casada con Sebastián, madre de un nene de 3 años (Nippur: como el de las historietas). Marie -como la llaman sus íntimos- tiene cáncer y los días contados. Arrinconada por el filo de la espada de Damocles, se hace conocida por hablar con desparpajo en Twitter de la enfermedad que padece. Despliega su humor negro en "El show de Kimmy Oh": "me asombra lo mucho que me dicen que soy valiente y fuerte. Me parece que lo que hago es la única opción posible. ¿Qué más se puede hacer? ¿Hundirse en la lástima por sí misma? Mejor hagamos el Show del Cáncer en Tuiter (…) En el show cuento detalles de cómo es tratar el cáncer. Tip: no es como en esa película malísima con Charlize Theron. No hay Iluminación, hay constipación." Como sospecha que tal vez no podrá ver crecer a su hijo, pasa todo el tiempo que puede pegada a la criatura; durante siete meses le escribe y dibuja un cuaderno que combina chistes, poemas, dibujos, consejos, listas de películas, sugerencias de comidas, recomendaciones de lugares turísticos, fotos, collages… Mil cosas que parecen fundar –como sostiene su marido Sebastián- un nuevo género: "mina que se está muriendo con un hijo de tres años y va a volcar su alma en las páginas para que el nene sepa cómo era ella (…) Yo creo que ella escribe el libro para que Nippur lo pueda leer toda la vida (…) Así lo escribió para Nippur y así creo que es para cualquier lector (…) porque en definitiva de lo que habla es de la vida, de la muerte y del amor. Tres cosas más universales no puede haber". Marie murió en 2015: su cuadernito artesanal destinado a su hijito se convirtió en un libro editado por Planeta. Lo tengo en mis manos ahora, cada vez que lo abro me interpela y conmueve. Especialmente, hay un sobrecito que el lector puede abrir y curiosear; dentro hay un poema de Raymond Carver titulado "Colibrí": "Vamos a suponer que digo verano,/escribo la palabra "colibrí",/la meto en un sobre/y la llevo colina abajo/hasta el buzón. Cuando abras/la carta, te acordarás/de aquellos días y lo mucho,/muchísimo que te quiero."

 

En esta parte final, deseo hablarte de mi vieja, Viviana. Era una jugadora de toda la cancha que no tenía miedo de arremangarse, embarrarse, tirar caños o arrojarse a los pies de la adversidad para dar pelea. Era una topadora Caterpillar multitasking que te empujaba cuando te quedabas sin nafta o te remolcaba si el cagazo te paralizaba: kioskera, cheff, modista, catequista, maestra, madre, abuela, esposa y etc. Mis amigos adoraban sus menúes sabrosos y abundantes: te hacía un banquete con lo que tenía en la heladera. ¿Estaba cara la carne? ¡Podías comer una pizza de espinaca o unas milanesas de berenjena como si fueran ambrosía! En el barrio nos "envidiaban" las pilchas: ella era la modista que confeccionaba nuestro vestuario con los saldos y retazos que había al alcance de sus habilidosas manos. ¡Cuando empezaba a tramitar su "jubilación" la camisa de mi viejo, ella la convertía en el vestido de mi hermanita! ¡Más tarde, ese vestido se transformaba en un shortcito para el más chico de la familia! ¡Y, antes de darle la extremaunción de la moda al pantaloncito del nene, hacía el milagro de la multiplicación de los pañuelos de tela! ¡Todo se reciclaba y nadie notaba las múltiples reencarnaciones de esos trapos! Murió a los 53 años en 2004. Sin prolegómenos, un lunes de julio, su corazón clavó los frenos. ¡Dos días antes de que yo rindiera la última materia de mi carrera universitaria! No pude despedirme de ella como hubiera querido. No entendía qué parte de la película me había perdido.

 

En un nuevo aniversario de su fallecimiento, el pasado julio, voy al cementerio a llevarle flores. Me acompañan mi padre, mi esposa y mi hija, Catalina. Es la primera vez que Cata –en sus 6 años de vida- visita el sitio: por su corta edad, no tuvo la fortuna de conocer a mi mamá. Mientras acomodo las flores del nicho, a mis espaldas, Caty me dice: "Papá, yo la veo a la abuela, está ahí". No giro, supongo que se refiere a la foto de la lápida. Insiste: "Papá, yo la veo a la abuela. Es hermosa. Me dice que está bien, que no nos preocupemos, que nos quiere a todos y que extraña mucho a su hijo. Está ahí, al lado tuyo." Me quedo helado. Un nudo en la garganta me estrangula las palabras. La incredulidad me nubla la mente. Las lágrimas me nublan la vista. Sólo puedo balbucear: "Cata, decile que yo también la quiero mucho y la extraño más…".

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