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Sábado 24.10.2020 - Última actualización - 18:48
18:47

Crónica política

"Cruel en el cartel"

 Crédito: Mauricio Garín
Crédito: Mauricio Garín

Crédito: Mauricio Garín



Crónica política "Cruel en el cartel" La estrategia de Grabois y el Proyecto Artigas se parecen a una caricatura de lo que fueron las utopías revolucionarias del siglo veinte.

I

Funcionarios del gobierno nacional advierten sobre los riesgos de una devaluación, y en particular sobre el perjuicio que esa devaluación representaría para los sectores de menores recursos. Los escucho y si pudiera conversar con ellos les diría dos cosas: que estoy de acuerdo con lo que dicen pero no estoy de acuerdo con lo que hacen. Los señores del gobierno no descubren la pólvora cuando discurren acerca de las consecuencias de una devaluación contra el ya raquítico bolsillo de los pobres, pero para que la frase no sea un deseo, un lugar común o un recurso retórico tramposo, lo que se impone es hacer todo lo necesario para que la devaluación no se presente como un hecho inevitable, es decir, hacer todo lo contrario de lo que el gobierno está haciendo y dejando hacer hasta la fecha. Y al respecto me temo que una vez a este gobierno hay que juzgarlo no por lo que dice sino por lo que hace. Y lo que hace en el tema que nos ocupa es todo lo necesario para que más temprano que tarde la devaluación sea la única alternativa.

 

II

Si me tomo una botella de whisky en ayunas no debería sorprenderme que me emborrache; si juego a la ruleta rusa todos los días, no debería extrañarme que en algún momento me mate; si fumo cinco paquetes de cigarrillos diarios, no puedo asombrarme de las consecuencias para mis bronquios y pulmones. Pues bien, si emito doscientos mil millones de pesos por mes, no tengo derecho a escandalizarme por los resultados inevitables. Me dirán que no se puede comparar un vicio con una necesidad. No estoy tan seguro de que en la Argentina la emisión desenfrenada no sea un vicio, pero más allá de las disquisiciones todos sabemos que incluso para atender las necesidades hay un límite. Un límite que en primer lugar lo impone la lógica de la economía, pero también la propia justificación de esas necesidades. No hace falta ser un adivino para saber cómo termina esta historia. Lo peor de todo es que con esa piedra ya hemos tropezado varias veces. Y como le gusta decir a tío Colacho: "Boludo no es el que se equivoca una vez, boludo es el que se equivoca dos veces con lo mismo". Tío Colacho suele ser algo escatológico, pero no es escatológico saber que el ajuste que no hace la política lo hace el mercado. Con una diferencia: el ajuste del mercado es siempre más brutal que el que no se animan a decidir los políticos. El problema de este aforismo es que por razones emocionales u oportunistas los políticos populistas siempre se niegan a reconocer la ley de la gravedad y nos precipitan al infierno tan temido del ajuste en sus versiones más duras. De Rodrigo en adelante, sobre estos temas no se han equivocado nunca. A los populistas no se les debe reprochar sus pretensiones por manejar la economía sino exactamente lo contrario. Su empecinamiento en negar su lógica en un primer paso y acto seguido someternos a la "impiedad" de las reglas del mercado. ¿Tienen otra alternativa? Admito que mucho margen no les queda. Tal como se presentan los hechos no queda otra posibilidad que elegir entre lo peor y lo detestable. Como suele repetir tía Cata: "Que Dios nos agarre confesados".

 

III

En los lejanos años sesenta se suponía que la reforma agraria inmediata y profunda era la llave que aseguraba la libertad y prosperidad de los pueblos. Los ejemplos eran los de la revolución mexicana, boliviana y cubana. En la Argentina hasta los partidos denominados burgueses agitaban esa consigna. Las experiencias y los estudios arribaron a la conclusión de que la supuesta llave de la felicidad no era tal y en más de un caso fue la antesala de nuevos problemas y desgracias. Por lo pronto, se estableció una diferencia entre reforma agraria burguesa con entrega de la tierra en propiedad y reforma agraria socialista con propiedad estatal. Después vinieron otros problemas. En su libro "El llano en llamas", Juan Rulfo cuenta a través de la voz de un campesino sus desdichas. "Nos han dado la tierra" merece ser leído. Bien por Emiliano Zapata y Pancho Villa, pero su historia y su pasión podría contarse desde la distancia que hubo entre lo que quisieron hacer y lo que efectivamente hicieron.

 

IV

Cien años después, el señor Juan Grabois nos viene a recordar los beneficios de la reforma agraria a través de una consigna con resonancias guevaristas: "Va a haber una, dos, tres, cinco, Guernica". El Che hablaba de "Dos, tres Vietnam". En Bolivia, Guevara aprendió, tal vez algo tarde, que no era tan fácil incendiar con las llamas de la revolución las praderas de América latina. La lección se completó con el dato humillante de ser entregado por los propios campesinos que pretendía liberar, campesinos beneficiados por la reforma agraria de Paz Estenssoro y amantes de la propiedad privada, de la miserable, reducidísima e indigente propiedad privada que el comunismo –así les dijeron- pretendía derogar. Se me ocurre que lo de Grabois es mucho más modesto y se parece a una caricatura de lo que fueron las utopías revolucionarias del siglo veinte. ¿O es necesario probar que hay algunas diferencias decisivas entre Emiliano Zapata y Juan Grabois? Una diferencia que va más allá del hecho de que uno, Zapata, fue amado por los campesinos, mientras que Grabois hasta la fecha el único amor que nos consta que fue capaz de despertar es el del compañero Papa. Dicho con otras palabras: lo de Grabois en términos de ética social y revolucionaria es poco serio. Con todo respeto, lo suyo se parece más a una travesura hippie que a un proyecto de liberación de los más postergados. Una travesura que a veces se confunde no con los afanes revolucionarios sino con la mala leche. ¿Ejemplo? Valerse del conflicto familiar de los Etchevehere para ocupar el campo de un apellido emblemático de la Sociedad Rural y de un ministro que también fue emblemático de la gestión de Macri. De la señora Lola Etchevehere se pueden decir muchas cosas, menos que sea Rosa Luxemburgo o Juana de Arco. Pero a los efectos políticos de los tiempos que corren, ella resulta muy funcional a la estrategia de Grabois y a la supuesta defensa de género de la señora Donda. De todo esto es muy posible que más allá de la agitación mediática no pase nada. Ni a favor ni en contra. Ni Cooperativa Artigas ni paraísos comunitarios. Sin ánimo de ser aguafiestas, me animo a decir que lo único que sobrevivirá de toda esta polvareda será el conflicto pasional y añejo que Dolores Etchevehere mantiene con su familia, conflicto más cercano a un culebrón que a la liberación de los trabadores rurales inspirados en la consigna de Tupac Amarú: "Campesino, tu patrón no comerá más el pan de tu pobreza".

 

V

Le guste o no a Grabois, a los populistas de todo pelaje y a la izquierda, el capitalismo no está agotado, está en crisis, es decir en un estado ideal, porque la historia del capitalismo es la historia de sus crisis que más que otorgarle un certificado de defunción aseguran renovarlo, porque ya se sabe que son las crisis las que garantizan la buena salud del capitalismo. Dicho esto, admito que por lo menos en el discurso oficial este gobierno se propone reconstruir el capitalismo. Por lo menos es lo que dicen, lo cual me parece muy bien, siempre y cuando se tenga presente que el capitalismo se reconstruye con burgueses, con empresarios capaces de invertir, de innovar, de crear fuentes de trabajo. Hablo de burgueses en el tono que reclamaba Alberdi o Schumpeter y no de especuladores o piratas o ladrones. Hablo de burgueses al estilo Gustavo Grobocopatel o Marcos Galperín, por ejemplo. Y menciono a estos señores porque me temo que además de ser un emblema de los burgueses que necesita una nación son al mismo tiempo los burgueses que se van del país en un gesto que en las actuales condiciones expresa más que una mudanza o una decisión particular. Por el contrario, hay motivos para sospechar que estos "exilios" son más que un anécdota, una tendencia. Y a propósito de burgueses y millonarios: ¿Nadie se preguntó qué logros y esfuerzos schumpeterianos realizó el señor Máximo Kirchner para ser, por ejemplo, el diputado más rico del Congreso y la promesa política del trajinado movimiento nacional y popular?

 

Lo de Grabois en términos de ética social y revolucionaria es poco serio. Con todo respeto, lo suyo se parece más a una travesura hippie que a un proyecto de liberación de los más postergados.

Le guste o no a Grabois, a los populistas de todo pelaje y a la izquierda, el capitalismo no está agotado, está en crisis, una crisis que asegura renovarlo, porque son las crisis las que garantizan la buena salud del capitalismo.

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