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Domingo 25.10.2020 - Última actualización - 16:14
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Por María Celeste Nessier

La otra curva pendiente de aplanar

La pandemia reveló la intrínseca comunión entre la comida y el ambiente, fue necesaria esta hibernación forzada para que reparemos en que la dieta tiene complicidad con el cambio climático. Crédito: María Titos. El Periódico.La pandemia reveló la intrínseca comunión entre la comida y el ambiente, fue necesaria esta hibernación forzada para que reparemos en que la dieta tiene complicidad con el cambio climático.
Crédito: María Titos. El Periódico.

La pandemia reveló la intrínseca comunión entre la comida y el ambiente, fue necesaria esta hibernación forzada para que reparemos en que la dieta tiene complicidad con el cambio climático. Crédito: María Titos. El Periódico.



Por María Celeste Nessier La otra curva pendiente de aplanar

María Celeste Nessier (*) | Equipo Hoy Para el Futuro – UCSF (**)

 

El Homo Pandemicus se sentó a la mesa. Su irrupción de alcance planetario (para el filósofo Enrique Dussel "la primera peste de consciencia universal") vino a profundizar viejos problemas y a arrimar otros de reciente fecundación, en diferentes ámbitos de la vida. Quizás en lo referente a lo alimentario, la pandemia dejó revelada la intrínseca comunión entre la comida y el ambiente, fue necesaria esta hibernación forzada para que reparemos en que la dieta tiene complicidad con el cambio climático. Un divorcio forzado o cegado por el juego de preferencias contradictorias, por la patológica tendencia a separar, dividir, sectorizar con que tendemos a entender al mundo, a entendernos a nosotros mismos.

 

Y justamente no es un juego de suma cero. La delgada línea roja que separa lo tolerable (o gestionable) de lo indisciplinado (o desconocido) fue cruzada por la vida microscópica, rindiendo a un mundo y a un sistema a sus pies, y con efectos colaterales que lejos están aún de ser descifrados. Hubo quienes marginal o tímidamente venían advirtiendo de que la cuerda estaba demasiado tensa. Hace tiempo que algunos actores vienen denunciando que la forma de producir y de comer debe ser revisada, debe ser des-ingenuizada.

 

En este experimento mundial, donde el lenguaje epidemiológico permeó la vida del ciudadano de a pie, y aprendimos de curvas, de Ro, de mesetas, de cuarentena, de fases, de efectividad; olvidamos que había antes una pandemia silenciosa, creciendo a velocidad de incrementos anuales pero que no reunió el marketing ni atención necesaria.

 

Hay una curva que desde 1975 se triplicó a nivel mundial y cuya meseta lejos está de alcanzarse. Hay una curva que al mezclarse con la curva del COVID-19 demostró agravar seria y severamente la sobrevida. Hay una curva en la que están contados 7 de cada 10 adultos, y 5 de cada 10 niños y niñas en edad escolar en Argentina. Esta curva no ha entrado en tendencia descendente en ningún país, y hoy ya se aplaude a aquellos que al menos logran estabilizarla. Tener un peso por encima de lo normal es "la otra pandemia", que escala ante determinadas etiquetas (pobre, migrante, mujer, pueblo originario…).

 

La curva nuestra de cada día, comenzó con un coronavirus en un mercado de Wuhan, ahora podríamos preguntarnos: ¿La otra curva, invisibilizada cómo se originó? Ambas curvas nos permiten habilitar la respuesta: hay un sistema alimentario que tiene fisuras en cada etapa: una oferta interrumpida, crisis en el acceso, proteccionismo económico que destruye economías locales, proceso de concentración y coorporización de la industria alimentaria, producción de alimentos que en lugar de nutrir enferman. Hay un sistema alimentario tan perverso que lo muerto vale más que lo vivo. Podría llegar a ser posible un titular como "Un respirador para el sistema alimentario por favor".

 

El COVID-19 instauró un debate de mesas separadas: mientras algunos para matar el tiempo regresaron a sus cocinas, otros contaban las horas de no tener comida. Así estamos en una u otra mesa sentados, con responsabilidades en cada parte, pero reflejando la desigualdad alimentaria en estado puro. Algunos ensayaron comidas con nuevos utensilios y otros se quedaron mirando la olla vacía. No sé en qué mesa está sentado cada uno, pero, sí, es seguro que en ninguna de las dos se puede estar cómodo o tranquilo. La pandemia universalizó la vurlnerabilidad. Los estimadores hablan de un incremento de 265 millones de personas que se irán a la cama sin comer en el mundo, lo que tirará por el piso los logros alcanzados en los últimos 20 años.

 

Bajo este panorama que no resulta estimulante, nos queda la custodia de respuestas que no degraden el bienestar común. Así como Naomi Klein en su Teoría del Shock da cuenta de que fácilmente podemos perder de vista lo que se gesta como oportunista, del mismo modo tendremos que distinguir aquellas recetas que se ensayen como vía de escape, a problemas que se vienen presentando como íntimamente vinculados.

 

Argentina tiene historia larga y reciente de dar respuesta frente a crisis de hambre pero que no están libres de vicios: asistencia alimentaria a base de alimentos de baja calidad nutricional (ya conocidos como ultraprocesados), la desmaterialización de la alimentación porque las intervenciones no resguardan dinámicas tradicionales de consumo (los almacenes de barrio no trabajan con posnet), raciones de alimentos deshidratados que quizás resultan oportunos para una emergencia pero que en procesos de larga duración borran la cultura y despersonalizan la preparación doméstica de la comida, la implícita protección del interés privado de las corporaciones alimentarias que disfrazan de responsabilidad social empresaria la conservación de su renta, las contribuciones académicas que promueven negocios sectoriales y no están libres de conflicto de interés, la ausencia en las lógicas de suministro de productos provenientes de la agricultura familiar… y seguro faltan unos tantos más.

 

Son respuestas que al cronificarse podrían sentar las bases de cierta transmisión epigenética del comer en comedor. Es decir, la intervención nunca partió de un reconocimiento genuino de la perspectiva del Derecho Humano a una Alimentación Adecuada. A pesar de la experiencia no hemos logrado innovar ni aprender en las intervenciones implementadas.

 

Es preciso revisar el tratamiento. Hasta ahora, la resolución en el mercado de las necesidades nutricionales, no contempla la naturaleza ni la vida. Precisamos comprender al exceso de peso como problema colectivo y asumir que traspasa la frontera de la medicina. Un problema que se reconoce eco-sistémico pero que lejos estamos de abordarlo desde la integralidad, de recuperar su dimensión comunitaria. No hay salvación sin pueblo, no salimos de esta sin fraternidad.

 

Chesterton dijo una vez que nunca vio un monumento a un Comité, y quizás esto podría ser el cambio radical, heroico y revolucionario de nuestra generación, que despierte de la anestesia de las pantallas y los likes, que se corra de la comodidad de espectador y que se arremangue para servir la mesa y resignifique los modos de vinculación entre nosotros y con la naturaleza. Perseguir el incentivo de un acuerdo plural y sostenido para responder con generosidad intergeneracional y redimir a la humanidad de esta hipoteca.

 

(*) Magister en Ciencias de la Nutrición por la Universidad de Chile. Coordinadora de la carrera Licenciatura en Nutrición de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UCSF

 

(**) Hoy Para el Futuro es un equipo interdisciplinario de profesionales pertenecientes a la comunidad de la UCSF movilizados por las problemáticas que la pandemia ha puesto de manifiesto en algunos casos y profundizado en otros, que pretende constituir un espacio de reflexión que permita pensar los desafíos socio-económicos y espirituales de nuestra sociedad en el escenario de la post-pandemia, con una mirada integral y abarcativa en el marco de un nuevo paradigma de convivencia humana.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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