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Lunes 26.10.2020 - Última actualización - 21:52
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Por Fabricio Welschen

Sobre un cuento de Juan Carlos Ghiano

Franz Kafka Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El LitoralFranz Kafka
Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El Litoral

Franz Kafka Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El Litoral



Por Fabricio Welschen Sobre un cuento de Juan Carlos Ghiano La importancia de un escritor suele medirse por la vigencia de su escritura. Resulta un criterio infalible: bajo esta consideración se desplazó a Manuel Gálvez del lugar que ocupaba en la literatura argentina a la vez que se revalorizaba a Roberto Arlt.

Por Fabricio Welschen

 

La importancia de un escritor suele medirse por la vigencia de su escritura. Se trata de un criterio que resulta infalible: bajo esta consideración se desplazó a Manuel Gálvez del lugar central que ocupaba en la literatura argentina hace más de medio siglo atrás a la vez que se revalorizaba a Roberto Arlt (esta suerte de enroque literario no es para nada azaroso puesto que la aparición de "El juguete rabioso" en 1926 implicó dejar fuera de juego el naturalismo trasnochado de novelas como "Nacha Regules" o "Historia de arrabal"). Este mismo criterio puede ser empleado a la hora de evaluar al escritor Juan Carlos Ghiano (Nogoyá, 1920), a quien el tiempo parece haber convalidado. Así lo demuestra la presencia de algunos de sus ensayos críticos (como "El matadero" de Echeverría y el costumbrismo) en los programas universitarios o las representaciones de las obras teatrales de su autoría.

 

Pero si hay un plano en el que resulte significativamente palpable su vigencia en la literatura argentina es en el de su producción como narrador. Los cien años que el próximo 27 de noviembre se cumplirán de su nacimiento es una excusa para indagar en algunos de los alcances de su narrativa. En este sentido, la lectura de uno de sus cuentos se ajusta a este propósito.

 

El cuento en cuestión es "Lo habían calumniado", que inaugura las páginas del volumen Días en el pueblo (1968). El título del libro parece anticiparle al lector (tal como se podría esperar de un autor nacido en Entre Ríos) una ambientación provinciana y, más aún, una impronta marcadamente regionalista. De hecho, la historia del cuento en cuestión empieza con un innominado narrador en primera persona que relata la llegada de un forastero a la hacienda de don Bernardo Fridman. El narrador se hace eco de las habladurías que surgen en el pueblo acerca de este forastero: se dice que es judío y que ha escapado de una convulsionada Europa que se desangra por las guerras intestinas y el auge de los totalitarismos. Un día el narrador tiene la oportunidad de ver al misterioso huésped de don Fridman cuando por cuestiones de negocios acude al campo de este último. Ve cómo el desconocido se encuentra encorvado sobre un escritorio, enfrascado en la escritura de unos papeles. Los testimonios de los peones del campo de don Fridman le confirmarán al narrador que esta escena es habitual, por lo que se entiende que la escritura es una práctica a la que el extranjero se ha dedicado con rigurosa exclusividad desde que llegó al país. Debido a esa indisimulable obsesión por la escritura se le adjudica el mote de "loco". Intrigado por este personaje, el narrador aprovecha una invitación a cenar en casa de don Fridman para conocer personalmente a su huésped. Pero lejos de lograr descifrar al hombre, el encuentro no hace más que acentuar el misterio: el narrador lo nota particularmente inquieto durante la cena, como si estuviera ansioso por abandonar la reunión para así volver a su tarea de siempre. Tiempo después llega la noticia de la muerte del forastero. El narrador le ofrece a don Fridman su ayuda en los trámites del entierro. En el cementerio sólo ellos dos y el sepulturero se encuentran presentes. Finalmente, una vez concluida la ceremonia fúnebre, el narrador logra reconstruir la historia del forastero y el porqué de su obsesión por la escritura: el hombre era austríaco y había vivido en Viena hasta que el hostigamiento a los judíos lo llevó a emprender el viaje hacia la Argentina. Pero muchos años antes de eso había trabajado en una empresa de seguros en la que trabaría amistad con un hombre extraño. Al morir este amigo, y siguiendo las indicaciones de su testamento, el forastero quema algunos de los papeles que aquel dejó. Pero no tarda en enterarse por un amigo en común que al seguir las indicaciones del testamento ha cometido un gran error puesto que destruyó algunas de las páginas esenciales de la literatura del siglo XX. Abrumado, el hombre dedica los siguientes veinte años de su existencia a tratar de reconstruir el contenido que recuerda de los papeles que quemó. Su reescritura de los originales de Franz Kafka no cesará ni siquiera en ese remoto rincón de América en el que transcurrirán sus últimos días.

 

La principal y más evidente conclusión que se desprende de esta borgeana vuelta de tuerca con la que finaliza el cuento de Ghiano es que incluso en el más remoto de los rincones del mundo (en lo más profundo del interior del país) se puede aspirar a escribir como Kafka. Es lo que al fin y al cabo hace el personaje del forastero. Y aspirar a escribir como Kafka es, desde luego, aspirar a una escritura mayor, universal. De esta forma se evita caer en las trampas del regionalismo que reduce la tematización del interior a un exotismo ramplón. Así como en los sesenta el final de este cuento implicó una clara oposición a los cerdos hambrientos de Juan José Manauta que masticaban niños pobres, en la actualidad el planteo narrativo de Ghiano constituye una propuesta paradójicamente más avanzada a la que se presenta, por ejemplo, en algunos de los relatos de Una chica de provincia de Selva Almada.

 

Sólo un escritor al que el tiempo ha convalidado tiene la capacidad de seguir interpelando a la literatura argentina muchos años después de su muerte.

 

La importancia de un escritor suele medirse por la vigencia de su escritura. Resulta un criterio infalible: bajo esta consideración se desplazó a Manuel Gálvez del lugar que ocupaba en la literatura argentina a la vez que se revalorizaba a Roberto Arlt.

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