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Martes 27.10.2020 - Última actualización - 20:50
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La peste en mi pago

Periodismo, pandemia y política

El abrazo de Julio María Sanguinetti y José El abrazo de Julio María Sanguinetti y José "Pepe" Mujica al despedirse del Senado uruguayo.
Crédito: Captura de Internet

El abrazo de Julio María Sanguinetti y José "Pepe" Mujica al despedirse del Senado uruguayo. Crédito: Captura de Internet



La peste en mi pago Periodismo, pandemia y política Hay más horas disponibles para la intoxicación civilmente permitida. El dúo periodismo / política queda desnudo en Borgen. El abrazo Mujica / Sanguinetti, demuestra que no hay que ir a Dinamarca para envidiar.

Estar “guardados”, escondidos, y sabiendo que no hay vacuna y si re infección, pone el sofá en artículo de primera necesidad y el abono de la televisión por cable en condiciones de droga heroica. Hay más horas disponibles para la intoxicación civilmente permitida.

 

Este es un mensaje para los encargados de tramitar, en los gobiernos, el facto cultural. Cultura, amigos. El tema de la Peste. Qué desnudó la Peste. Muchachos, no es lo que ustedes saben, es lo que ustedes deben aprender. Advierto, día por día, que nada sé, y todo debe reformularse en este mundo por donde cruzamos en mitad de un vendaval inusitado y, de hecho, sin ensayo previo. Repito mi frase de cabecera: la Peste quitó las sábanas.

 

La Peste en mi Pago (tengo anticuerpos, estoy apto para la re infección cuando pase, una tarde de estas, que al virus se le ocurra volver a visitarme) re educa, convoca, entiéndalo de una vez: nos condicionó la Peste.

 

Leo pocos libros nuevos, re leo mucho. Hace dos jornadas que repito “… dura menos que la liviana melodía”…  es Borges y refiere a que ese “tanguito” sobrevive al hombre que lo creó. Cualquier tanguito. Borges habla del tango. Si buscan en Youtube recomiendo el poema leído por Luis Medina Castro, lo vuelve dramático.

 

En ese sitio de tantas memorias dibujadas, de tanto deterioro de la secuencia con que se viven las cosas, el periodismo se deslíe. Se rinde la crónica a la acumulación que ni siquiera es maliciosa, apenas abusiva y descuidada.

 

En el Youtube (como un sujeto mágico, que de eso se trata) se encuentra todo el mundo en un segundo y no fue así que sucedieron las cosas pero nada se puede hacer. Ni siquiera esta Peste en mi Pago llegó en el mismo día para todos y con igual resultado y, sin embargo, consideramos a la Peste como un punto común y deberíamos preguntarnos si llegó con un decreto o llegó después o, qué triste, acaso estaba.

 

Una Peste, convengamos, una Peste como ésta, de material invisible a los ojos e intangible… ¿quién la toca? Perdemos.

 

En el poema Borges sostiene que duramos menos que la liviana melodía y nos pone, a los humanos, a competir con la música en esa convención: el tiempo. Perdemos.

 

Pero la Peste (ay, los burócratas culturales que buscan su salvación en un streaming) ha fabricado una Torre de Babel tan infinita como caprichosa.

 

Busquemos en ésa Babel. Julio María Sanguinetti, un cultísimo librero liberal, fue presidente del Uruguay. Qué quedará de él o mejor, qué buscarán de lo suyo en esa memoria comprimida. Acaso… y lo aconsejo, el abrazo con otro presidente uruguayo, “Pepe” Mujica, alguna vez Tupamaro, que en su discurso de salida del parlamento uruguayo (che, se jubilan, se conocen, se saludan) hace el mea culpa como Neruda y confiesa que ha vivido. La peste permite repetir ese abrazo y esos discursos que, finalmente, pese a la Peste, insisten en lo que sostiene un viejo poema lunfardo: ”semo todo hermano, viejo, ya lo dijo ese rana llamao Cristo un día que la milonga humana se había puesto fiera…”. Lo firmó Dante Linyera. Al caerse la sábana somos piel y hueso,  carne de coronavirus todos y cada uno.

 

…Hay más horas disponibles para la intoxicación civilmente permitida; eso escribí en esta columna. Las usé. Las horas disponibles, tremenda discusión que la Peste agrandó es si son horas perdidas o triunfales. Estoy atragantado de televisión.

 

Miré Borgen, tres temporadas, una serie escandinava sobre la relación de periodismo y política, tomadas como partes de un todo indivisible. Esa es la tesis y la denuncia. Denuncia no: deschave sí.

 

Borgen gusta a los que siempre vieron tele adocenada, como la Argentina, las series mejicanas y las chabacanerías sobre capos de la droga y necesitaban disparar. Borgen ayuda a la evasión, a la ensoñación. Atrapa. Ah…, que lindo si fuésemos eso.

 

Una serie que, con un relato afectivo obvio, con los condimentos de novelón de la tarde que Nené Cascallar y/o Alberto Migré para esas “telenovelas de amor” ponen, como mensaje paralelo el juego del poder real que ejercen los políticos y los periodistas, partes de un mismo caramelo que los votantes degustan un día, en cada elección y se resuelve en televisión, pasillos y salas sin micrófonos. Desnuda allá para entender acá.

 

Entusiasma que las cosas son, como corresponde a esas formaciones culturales, más frías y menos latinas. No vaya buscando un drogadicto o un borracho, un desnudo o una orgía. Encontrará roles invertidos. Periodista veterana alcohólica, pero muy capaz, y jovencita aprendiz impetuosa. Mujeres, no varones. Nada es novedoso en la trama, excepto un punto: así son ellos y los envidiamos. Para ser como ellos, los daneses, deberíamos fumar Dinamarca. El “deslumbrón” de ver cómo son las leyes que aquí anunciamos y esquivamos es parte del atractivo; vamos, allá se cumplen... Hay otro: actores, escenarios, planos, actores secundarios, todo filmado por gente que sabe y sabe cómo gastarla.

 

En Borgen, en mitad de la Peste el dúo “Pe.Pe” (periodismo/política) queda desnudo con una serie televisiva que dice que son partes de una misma moneda. Visto en una serie. Y el abrazo Mujica/Sanguinetti, visto en un huequito de Youtube, demuestra que no hay que ir a Dinamarca para envidiar (envidia, uno de los siete pecados capitales que los argentinos practicamos, más algunos de nueva generación)

 

La Peste en mi  Pago no es buena (no es buena en ningún lado) pero serviría de algo, al menos un poquito, si usásemos uno de los vicios que nos agregó (la tele y la compu) para recitar a Dante Linyera, reflexionar que duramos poquito, mucho menos que una liviana melodía y recordar a Shakespeare y su olfato, allá por 1601, cuando ni siquiera hablábamos castellano los muchos indios de estos pagos.





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