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Miércoles 28.10.2020 - Última actualización - 21:42
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Por Lic. Magín Ferrer

El estado de la política en Argentina

 Crédito: Archivo - Lucas Cejas
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Por Lic. Magín Ferrer El estado de la política en Argentina Los políticos bajo los auspicios de un partido político necesitan ganar elecciones para llegar, permanecer y acrecentar poder. En ésta lógica interviene la relación entre partido político, dirigente político y elector.

Por Lic. Magín Ferrer

 

La política es una actividad humana cuyo fin es la dirección o influencia sobre la dirección de una asociación política. La asociación política más importante que reconocemos es el Estado. En este sentido describimos al político como aquella persona que al tener interés en esta actividad manifiesta un deseo por el poder. Decimos entonces que quien hace política aspira al poder y una vez que llega lo mantiene y/o lo acrecienta. Política y poder son dos caras de una misma moneda, siendo el poder la materialización de la actividad política.

 

En este punto aclaramos que no toda la actividad política se desarrolla en el Estado, sino también en la sociedad civil ya que es el ámbito donde se generan los consensos y disensos que se manifiestan por la vía de las elecciones, protestas, exigencias mediáticas, escraches, movilizaciones, etc.

 

Acá es donde nos concentraremos, en la vinculación de la política con la sociedad civil. El nexo que los conectaba y que servía de canal de comunicación, de selección de demandas y de dirigentes, de identificación, etc. era el partido político. La relación resultante, en función de afinidades ideológicas o programáticas, era partido-afiliado, partido-militante, partido-candidato o partido-elector. En resumidas cuentas, para ser candidato debían ser militantes, haber cumplido con la estructura jerárquica del partido y ser electo por los afiliados.

 

Pues bien, esa relación ha sufrido una transformación y, si bien los partidos no desaparecieron, lo cierto es que han dejado la escena para cedérsela a los medios de comunicación ya que es ahí a donde se desarrolla la política para la obtención de votos. Aquí entramos en otra cuestión que es la legitimidad otorgada por los electores a un político, vía elecciones, para que éste asuma la dirección de una asociación política. Esta acción cívica es un derecho político que poseen los ciudadanos de las democracias modernas y como tal tiene características y regulaciones específicas que lo controlan y lo protegen.

 

En concreto, por un lado, los políticos necesitan de una mayoría de votos para acceder a los cargos electivos por los cuales compiten con otros partidos respetando las reglas establecidas por la ley electoral. Por otro lado, los partidos políticos son los únicos autorizados a presentar candidatos a elecciones para ocupar cargos públicos electivos; se deja claro que aún habiendo cedido la escena son imprescindibles. Por lo tanto, cualquier persona que desee presentarse a elecciones debe hacerlo bajo el paraguas de un partido político.

 

Retomemos, los políticos bajo los auspicios de un partido político necesitan ganar elecciones para llegar, permanecer y acrecentar poder. En ésta lógica interviene la relación entre partido político, dirigente político y elector. Este último se volvió más volátil, indeciso y libre de ataduras partidarias con lo cual ha hecho que los políticos moderen sus discursos y trabajen para ganar su confianza.

 

En Argentina la dirigencia política se ha ganado la desconfianza del electorado por sus repetidos engaños en cuanto a las propuestas de campaña versus lo que hacen y dicen una vez ganada la elección. A los hechos me remito: la revolución productiva, el salariazo, el que depositó dólares recibirá dólares, vamos a reforzar el aspecto institucional, aumento a los jubilados, no vamos a devaluar, etc. etc. Esta engañosa operatoria política está totalmente internalizada y aceptada en nuestro país. No obstante y a pesar de este discurso falaz sistemático, tienen que ganar elecciones.

 

En función de ello, desde hace unos años se ha instalado en un amplio sector de la dirigencia política nacional una modalidad perversa en la que, aprovechándose de una condición socioeconómica adversa de un gran sector de la población, y no cumpliendo con la misión fundamental de redistribuir la riqueza y de igualar oportunidades, han dispuesto una batería de asignaciones directas (erogaciones monetarias asistencialistas) que por la vía de organizaciones sociales o ministerios específicos mantienen vínculos de subordinación impuesta al crear una necesidad que de otra forma (igualando oportunidades) no debería mantenerse indefinidamente.

 

La teoría neo-marxista denomina a este fenómeno, tanto para las relaciones internacionales como para el interior de un país, dependencia estructural o violencia estructural ya que entiende que hay una relación de predominio y de poder entre colectividades. En esta relación se establecen vínculos entre algunas de sus partes integrantes mediante relaciones de armonía de intereses y, entre otras, mediante relaciones de discordia o conflicto de intereses. Este tipo de predominio es establecido entre un centro-centro (políticos, ministerios y Estado en este caso) (hay un centro que no es central y que estaría integrado por las elites políticas provinciales y sus gobiernos) y el centro de la periferia (dirigentes barriales [punteros], organizaciones sociales, fundaciones y organizaciones de la sociedad civil dedicadas a ayuda social) en donde se establecen vínculos beneficiosos entre ambos centros y mantienen a la periferia (sector social desprotegido, necesitado y elector) sin modificar su estado de situación ya que de esa manera funciona la ecuación.

 

Siguiendo con la aplicación de esta tesis neo marxista propuesta por Johan Galtung, es interesante ver una manifiesta resistencia a transformar esa desigualdad que se explica a partir de una lógica de intercambio desigual o interacción asimétrica que se genera entre las partes. Para comprender mejor, dice el autor, es conveniente pensar en términos de fases que van desde una explotación lisa y llana hasta un vínculo más complejo pero siempre manteniendo y reforzando la desigualdad con el objetivo de no perder este tipo de relación de predominio. A esto último el autor lo denomina "estructura de interacción feudal".

 

En otras palabras en cada fase, desde la inicial en donde el intercambio es muy desfavorable, este sector político va ofreciendo algo más a cambio pero nunca llega a ser una relación de igualdad o a establecer una posición de igualdad. Se dispensa más "ayuda" económica directa (esto tiene un límite que se va estirando con el aumento de la presión fiscal hacia otros sectores y la impresión de dinero) o se van adoptando actitudes de desidia y descuido de la capacidad inherente al Estado de mantener el orden civil para descontracturar la presión social (permitir cortes de calles y rutas, connivencia con el hampa, narcotráfico, remesa dinerarias sin control para organizaciones de la sociedad civil o fundaciones, relajar los controles municipales y policiales, etc.)

 

El lector ya se habrá dado cuenta de cuál es la lógica estructural establecida entre un sector político y las estructuras estatales por un lado y, por otro lado, actores y sectores electores carenciados. La interacción es tan asimétrica que llama la atención: poder político a cambio de asistencia social directa "permanente" (la permanencia depende de la subordinación a esta estructura).

 

Está claro que este asistencialismo dista mucho de aquel que fue pensado para igualar oportunidades, para superar la situación de pobreza e indigencia y mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos. No es éste el objetivo; el objetivo es llegar y permanecer en el poder, manejar y gastar el dinero público a discreción evitando los controles democráticos y para conseguirlo, entre otros recursos, mantienen y fomentan el asistencialismo desviando su auténtica finalidad. Y lo más interesante y preocupante es que todas las partes están interesadas en que esto siga así.

 

Este tipo de relación de predominio en donde una parte de la colectividad política necesita votos para acceder a los cargos públicos electos y otra que tiene necesidades y por ello es asistida económicamente establece vínculos beneficiosos para ambos. Unos reciben erogaciones económicas directas (permanentes y sin contraprestación alguna) y otros, que otorgan esas erogaciones, reciben los votos necesarios para acceder al poder. Ésta no es una vinculación lineal y directa en la que se establece literalmente un contrato por el cual el recipiendario de una erogación directa vota al otorgante de la misma. Por el contrario, este vínculo está aceptado de manera tácita lo que no asegura directamente el voto y es por ello que esta clase dirigente política necesita ampliar la base del asistencialismo directo para asegurarse, al final de cuentas, un caudal de votos que le permita acceder a los cargos electivos.

 

Cualquier estadística, ya sea la del observatorio de la UCA o del INDEC, respalda empíricamente el crucial aumento de este tipo de asistencialismo directo sin disminución de la pobreza; por el contrario ha aumentado. El objetivo de este artículo de opinión es advertir que hay una relación de predominio político que impone una subordinación económica enmascarada bajo el reparto de riquezas creando una estructura de dependencias que impide o traba el cambio o, mejor dicho, evita terminar con la pobreza y, por el contrario, la acrecienta con el objetivo de asegurarse los cargos electivos y mantenerse en los mismos.

 

La política se ha transformado y los políticos y funcionarios se convirtieron en los nuevos burgueses por la vía de escandalosos sueldos y negocios atados a la administración pública, han asimilado un alto grado de hipocresía que llama poderosamente la atención, son indignos de confianza y aún así ganan elecciones. La ambición por el poder, que debería estar enmarcada y encasillada dentro de normas, valores y creencias democráticas, ha establecido y enquistado conductas informales para la obtención y mantenimiento del poder político.

 

El carácter de permanente del mal entendido asistencialismo directo imparte un meta mensaje peligroso para el conjunto de la sociedad y más aún para aquellos que no forman parte de esta estructura de dependencia de intercambio asimétrico.

 

Los políticos bajo los auspicios de un partido político necesitan ganar elecciones para llegar, permanecer y acrecentar poder. En ésta lógica interviene la relación entre partido político, dirigente político y elector. Este último se volvió más volátil, indeciso y libre de ataduras partidarias.

 

Este asistencialismo dista de aquel que fue pensado para igualar oportunidades, para superar la situación de pobreza e indigencia y mejorar la calidad de vida. El objetivo es llegar y permanecer en el poder, manejar y gastar el dinero público a discreción evitando los controles democráticos.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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