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Jueves 29.10.2020 - Última actualización - 21:20
20:53

La peste en mi pago

No conozco a mi espalda

 Crédito: Pablo Aguirre
Crédito: Pablo Aguirre

Crédito: Pablo Aguirre



La peste en mi pago No conozco a mi espalda Vi pistolas y espadas en manos de niños dice Dylan. Polvo sin mundo dice Hernández. La poesía es la que asegura el vuelo. El que no vuela se cae.

El siglo XXI comenzó en serio, ojo, sin vueltas y la Peste en mi Pago terminó aquella geopolítica de la pos guerra, y en la que ya funciona, no jugamos... ni de espectadores. Se abrió para algunas informaciones, se cerró para muchas especulaciones regionales. Hay un solo mundo, es nuestro pero estamos lejos.

 

Una lluvia negra caerá. No ha dejado de llover ("vi diez mil oradores cuyas lenguas estaban rotas, vi pistolas y espadas en manos de niños, y es dura, es dura, es dura, y es muy dura, es muy dura la lluvia que va a caer…”). “Una fuerte lluvia ha de caer”. El poema de Bob Dylan, que estremece, no fue escrito para esta Peste, fue escrito para una peste guerrera pero igual: sobrecoge.

 

No hay fútbol, hay terapia de living. En mi pago, pasados los días y los días de esta Peste, miramos espectáculos deportivos con el entusiasmo resuelto como un fantástico efecto de sonido. No hay enojos. Es un diván que distrae. El living aparece como el gran terapista de las soledades y las cárceles voluntarias.

 

Cada uno de nosotros, puestos sobre este final de octubre, vemos tan lejano aquel 20 de marzo del 2020, el marzo de los idus, que es el marzo del comienzo de la cuarentena, un anuncio misterioso como el incierto final que, se insiste, solo depende de una vacuna que avise que nos salva de esta… de la que llegará después nadie tiene idea.

 

Parecemos tan enamorados de la confusión como Miguel Hernández. “Menos tu vientre, todo es confuso. Menos tu vientre, todo es futuro fugaz, pasado baldío, turbio. Menos tu vientre, todo es oculto. Menos tu vientre, todo inseguro, todo postrero, polvo sin mundo. Menos tu vientre, todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo”.

 

Es interesante advertir que, más allá de la belleza inagotable de la poesía de Hernández y lo suyo, las connotaciones, el poema nos presta detalles universales. Puestos en un sitio (escudriñando el vientre de la persona amada) todo es futuro fugaz y, a la vez, pasado baldío y turbio. Ni mañana ni ayer. Confusión. Ah… la sabiduría del poema.

 

La Peste en mi Pago, como en una cápsula, como puestos en una burbuja, deja fuera el almanaque y esas cuitas.

 

No tengo el mismo cuerpo que tenía ni lo conozco como antes. Ciertas zonas cercanas a las rodillas, la cansada elasticidad de los tobillos y la lejanía de la espalda, como específicas tiranteces entre el sentado y el parado de mi cadera y mi cintura, certifican que la Peste  no se mantiene en vano. Que hace lo suyo.

 

Se ha escrito, participo de tales escribanías, que la Peste es un hecho cultural sin retorno que los administradores de la cultura desconocen y confieso: me asusta que suceda pero es inevitable. La Burocracia Cultural es un escritorio, no un pensamiento. En rigor es todo lo contrario. La burocracia obtura el pensamiento. Se atreve a desafiarlo y le pone horarios. Pierde. Seguro.

 

Donde deberíamos fijar un hito, un punto de cancelación de los olvidos, es con el propio cuerpo, allí estamos rigurosamente solos y no podemos acusar al que ignora que estamos en mitad de la marea y organiza una canción, como un remedio mágico, que quita penas y trae fuegos artificiales. Deberíamos advertir que es en nosotros donde la Peste en mi Pago se ensaña de modo diferente a una cultura distraída o ignorante (ya no importa si es una, otra o las dos cosas).

 

Vi pistolas y espadas en manos de niños dice Dylan. Polvo sin mundo dice Hernández. La poesía es la que asegura el vuelo. El que no vuela se cae.

 

Prometo, con la firmeza que da el encierro, reconocerme en el letargo y procurar una salida a cada una de mis partes herrumbradas, enmohecidas, vacías de tono, ahítas de olvido.

 

Avanzaré, como cuando muy joven y entusiasmado, sobre partes de mi cuerpo. Juro que llegaré a mi espalda y tendré mucho gusto en saludarla.

 

No hay coronavirus que venza a la propuesta de conocerse. No puede, por más que sea dura la lluvia que cae, día tras día, sobre el sol que no entibia tanto en el pasillo, la escalera, el cuarto del fondo de la casa, donde supongo que llegará menos, más lento, cansado y distraído el enviado de la Peste en mi Pago… No, el virus no puede quitarme la promesa de visitar mi espalda. El virus no sabe de poesías ni de promesas. 

 





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