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Sábado 14.11.2020 - Última actualización - 18:54
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Crónica política

"Dicen que dicen"

Los banderazos pueden ser interesantes y en algún punto necesarios, pero la oposición no debería caer en la tentación de que puedan sustituir la legítima actividad política. Crédito: Marcelo ManeraLos banderazos pueden ser interesantes y en algún punto necesarios, pero la oposición no debería caer en la tentación de que puedan sustituir la legítima actividad política.
Crédito: Marcelo Manera

Los banderazos pueden ser interesantes y en algún punto necesarios, pero la oposición no debería caer en la tentación de que puedan sustituir la legítima actividad política. Crédito: Marcelo Manera



Crónica política "Dicen que dicen" El gobierno nacional da señales de agotamiento como consecuencia de problemas objetivos reales que incluyen sus propios errores.

I

Se dice que el actual gobierno en diez meses padeció un desgaste que otro gobierno de signo diferente en otras circunstancias o con otras decisiones hubiera necesitado diez años para hacerlo. El desgaste es visible y no es necesario abundar en detalles porque está a la vista. Lo que es verdad, también, es que a los problemas estructurales de la Argentina se le sumó este año la pandemia con sus consecuencias para sociedades y gobiernos que carecían de experiencias y en más de un caso de recursos para afrontar una desgracia de estas dimensiones. Dicho con otras palabras, admitamos que cualquier gobierno en este contexto hubiera tenido serios problemas de gestión y gobernabilidad. Si a esto se suman errores innecesarios provocados por un gobierno con una crisis interna de representatividad que es cada vez más notoria y con tensiones internas que el gobierno no puede o no quiere resolver, a nadie le debería llamar la atención que estemos donde estamos: desocupación, pobreza, caída de la actividad productiva, brecha cambiaria, inflación y todas las calamidades que leemos en los diarios, escuchamos en la radio y vemos por televisión.

 

II

El gobierno nacional da señales de agotamiento como consecuencia de problemas objetivos reales que incluyen sus propios errores. Dicho esto, admitamos dos cosas: que por un motivo o por otro no hay una alternativa política superadora y que la exclusiva virtud, si es que esta palabra nos está permitida, es que el peronismo sigue siendo, para bien o para mal, un regulador del conflicto social. No se equivocan los críticos a este gobierno cuando observan que si el peronismo fuera oposición el país estaría literalmente incendiado. El ejemplo más aleccionador de lo que digo es el de los jubilados o de la legislación sobre los jubilados. En diciembre de 2017, por una reforma opinable el peronismo opositor provocó lo más parecido a una insurrección popular con toneladas de piedras arrojadas contra el gobierno y todo el peronismo, todo, en la calle y en el Congreso, participando del jolgorio. Tres años después, disponen medidas sobre las cuales hay motivos para suponer que para el bolsillo de los jubilados son más perjudiciales que las programadas en 2017, pero sin embargo, salvo protestas aisladas, todo hace pensar que el peronismo aprobará su proyecto. Y al respecto podemos referirnos a su cinismo, a su mala fe, a su talento para hacer realidad su consigna acerca de que cuando "no gobernamos nosotros incendiamos todo", pero prestemos atención que esa misma imputación admite tácitamente que estas bajezas las pueden realizar porque regulan el conflicto social, es decir, controlan los sindicatos, los movimientos sociales y las principales estructuras corporativas, de tal modo que si bien puede haber alguna disidencia, alguna protesta aislada, en general el consentimiento es lo que tiende a imponerse.

 

III

En estos días se repite con frecuencia que por primera vez en su historia el peronismo deberá realizar un ajuste, es decir, deberá presentarse como el malo de la película. Puede que sea así, pero importa advertir que en 1951, en 1975 con Isabel o en 2002, el peronismo ajustó y en algunos casos lo hizo impiadosamente. ¿Lo hará ahora? Depende de muchas cosas, entre otras, depende de lo que lo dejen hacer. ¿Lo dejarán hacerlo? Es posible que sí. Puede que Grabois o el Polo Obrero protesten o salgan a la calle, o que algún burócrata sindical amenace con algún paro, pero me da la impresión que en líneas generales la resistencia se expresará entre las clases medias con banderazos incluidos, pero convengamos que con todo el valor republicano que exhibe esa resistencia, como tal no alcanza para alterar este principio general, es decir, que el peronismo controla el conflicto social. Los interrogantes a responder en todo caso son, en primer lugar, ¿qué costos pagará el peronismo y la propia sociedad por este control?, ¿y qué contenidos tendrá este ajuste, quiénes serán los más y los menos perjudicados? En definitiva: ¿Logrará el peronismo resolver la gran ecuación histórica y política de la Argentina, es decir, poner en funcionamiento el capitalismo en una sociedad de masas con altos niveles de demandas?

 

IV

¿Y la oposición? ¿Cómo sostener en el actual escenario una oposición republicana y responsable, una oposición que ponga límites y controles a un gobierno habituado a desbordarse y, al mismo tiempo, se haga cargo de los rigores de la coyuntura y las propias exigencias institucionales, esas exigencias que, como se sabe, el peronismo cuando fue opositor nunca se interesó en cumplir? El primer acierto de la oposición en estos tiempos ha sido el de mantener su unidad, una unidad que incluye diferencias visibles, pero no afectan la convivencia. Los banderazos pueden ser interesantes y en algún punto necesarios, pero esta oposición no debería caer en la tentación de que los banderazos puedan sustituir la legítima actividad política e incluso la legitimidad republicana. La misma legitimidad que nos dice que los cambios de relaciones de fuerzas en el poder se ganan a través de una multiplicidad de recursos, pero ninguno de ellos sustituye a las urnas. A continuación, importa saber que en democracia el poder se gana o se pierde en las urnas pero previamente se lo gana o se lo pierde en la sociedad. Y "sociedad" somos todos, los pobres y los ricos, los cultos y los incultos, los lindos y los feos. Puede que el peronismo regule el conflicto social y, como dijera alguna vez un conocido economista, hoy tiene la misión de hacer el ajuste. Veremos en primer lugar si lo hace y cómo lo hace, pero esa "virtud" de disponer de una representación fuerte entre los sectores de menos recursos no significa que esa relación se exprese automáticamente en una mayoría electoral. Si así fuera, jamás habrían sido elegidos presidentes Alfonsín, De la Rúa o Macri o, para no irnos tan lejos, jamás habría ganado en la provincia de Santa Fe el Frente Progresista.

 

V

Algunas observaciones más "coyunturales". El reinicio de clases. Lo que está ocurriendo en este tema es una vergüenza. Una mezcla de barbarie con un toque de "alpargata sí libros no". Lo extraño es que la mayoría de la sociedad está de acuerdo con que se reinicien las clases presenciales. También están de acuerdo los padres, están de acuerdo los políticos y quiero creer que la mayoría de los maestros están de acuerdo. ¿Y entonces? Los sindicatos. Claro, los sindicatos del magisterio. No puede ser. No puede ser que una pandilla de burócratas sindicales alienados de poder, ideología o arribismo decidan sobre la educación en la Argentina y en el camino destrocen la educación púbica con el apoyo de funcionarios políticos oportunistas o intimidados. Segunda cuestión: se fue María Eugenia Bielsa y en su lugar llegó Jorge Ferraresi. De María Eugenia Bielsa no tengo mucho para decir, salvo que es una política santafesina que alguna vez admitió que el peronismo real, el de Cristina y Néstor, robó (robamos dijo), una acusación que se disolvió en el aire, que nadie respondió, ni siquiera ella misma. Quienes la conocen dicen que es una mujer honrada y no tengo motivos para desmentirlos. Pero si bien no estoy en condiciones de abrir juicios sobre Bielsa, sí lo estoy para decir algunas palabritas sobre el señor Ferraresi, un peronista típico, supuestamente incondicional del Instituto Patria, pero también incondicional de su identidad de político peronista de Avellaneda. Haber convocado a los niños y haber obligado a un niño para que lea una declaración de juramento de toma de posesión del cargo en nombre de Perón y Evita, Néstor y Cristina, revela la calaña moral y política de este personaje más que cualquier consideración económica o social. Dicho sea de paso, avanza viento en popa la iniciativa de reinstalar la reelección indefinida de los intendentes bonaerenses. Y pareciera que incluso algunos intendentes no peronistas andan con ganas de sumarse al beneficio. No hay vuelta que darle: el coronavirus tal vez en algún momento se vaya, pero me temo que los vicios de la política criolla sean eternos.

 

El gobierno nacional da señales de agotamiento como consecuencia de problemas objetivos reales que incluyen sus propios errores.

Admitamos que por un motivo o por otro no hay una alternativa política superadora y que el peronismo sigue siendo, para bien o para mal, un regulador del conflicto social.

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