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Sábado 14.11.2020 - Última actualización - 19:08
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Por Ana María Cecchini de Dallo

La mudanza: un tiempo entre dos ciudades

Mapa Geográfico de América Meridional, de D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, Año de 1775. Existente en el Museo de América (Madrid). Parte pertinente adonde se ubican las dos ciudades. Crédito: GentilezaMapa Geográfico de América Meridional, de D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, Año de 1775. Existente en el Museo de América (Madrid). Parte pertinente adonde se ubican las dos ciudades.
Crédito: Gentileza

Mapa Geográfico de América Meridional, de D. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, Año de 1775. Existente en el Museo de América (Madrid). Parte pertinente adonde se ubican las dos ciudades. Crédito: Gentileza



Por Ana María Cecchini de Dallo La mudanza: un tiempo entre dos ciudades El 15 de noviembre de 1573, el campamento provisorio de la expedición de Juan de Garay asentado en el borde del río, hoy llamado San Javier, se convirtió en el sitio fundacional de la ciudad de Santa Fe.

Por Ana María Cecchini de Dallo

 

Han pasado 447 años desde que el campamento provisorio de la expedición de Juan de Garay, asentado en el borde del río, hoy llamado San Javier, se convirtió –el 15 de noviembre de 1573- en el sitio fundacional de la ciudad de Santa Fe.

 

Durante más de setenta años, los santafesinos desarrollaron allí viviendas, iglesias, sembrados para subsistir, mercado para comerciar, pero vivieron asediados por el río y los calchaquíes. El primero, en sus periódicas crecientes, irrumpía llevándose fracciones del borde de la ciudad, que por ser ribereña, tenía la plaza y edificios principales próximos a la barranca, los segundos incursionaban periódicamente con agresividad.

 

El Cabildo se planteó mudarla a un sitio mejor, alternativa que Juan de Garay había consignado en el acta fundacional. Requirieron la autorización al gobernador Jacinto de Lariz y al rey Felipe IV. En torno a 1650 se agravó la situación, la ciudad estuvo aislada, sin comercio, sin vacunos, sin metálico, fue así que tomaron la gran decisión, y el 12 de abril de 1651 se aceptó el sitio para el nuevo emplazamiento: el rincón de la estancia de Juan de Lencinas, ubicado unas doce leguas al sur.

 

El cabildo comisionó a vecinos principales para realizar la traza, idéntica a la que abandonarían, repartir solares y tierras para chacras en los alrededores inmediatos e incorporó religiosos en las tareas. Quienes poseían propiedades debían presentarse, para que se les guarde justicia, si no lo hicieran se declararían desiertas dichas tierras.

 

Se organizó la empresa con previsiones que aseguraran los trabajos, tales como la de no expulsar a los portugueses -dispuesta por el Rey de España en razón de encontrarse en guerra con el de Portugal-, ya que el carpintero, el herrero y el médico, ocupados en la mudanza, eran de ese origen. Se fijó un salario para los aborígenes que marcharían a la construcción de la iglesia mayor y el cabildo, y se designó al capitán Alonso Fernández Montiel, para dirigir esas obras ya que estaba allí levantando su casa.

 

Los vecinos estaban obligados a colaborar en las tareas, es por eso que, quien oficiaba de chasqui, al ser obligado a trasladarse a Corrientes, solicitó que los días de su viaje se le computen como de asistencia y trabajo en la obra de la mudanza.

 

Ante la imperiosa necesidad de recursos, en 1653, el Cabildo fijó nuevos arbitrios, controlar el ingreso de vino para asegurar que el derecho de mojón no fuera un fraude y que lo asuma el Cabildo. Éste producto escaseaba por eso tomaron las botijas de algunos barcos arribados. También aplicaron privilegios impositivos que poseía el Paraguay sobre el ganado cimarrón y la yerba, para compensar las carencias de propios. Dichos gravámenes tendrían vigencia hasta completar el traslado de la población, por la necesidad urgente que esta ciudad tiene de proseguir su mudanza. Se obtuvieron también aportes de vecinos, así como otros se marcharon definitivamente.

 

Los trabajos se reanudaron y como el padrón de la fundación no se encontró, la repartición se realizó conforme la situación existente, los vecinos debían alegar sus derechos si se consideraban perjudicados.

 

En 1653 el gobernador Pedro de Baigorri, emitió un auto para regular la elección de regidores sin perjudicar la mudanza al sitio nuevo de la Vera Cruz, ya se lo conocía con éste nombre. El historiador Manuel Cervera lo atribuye a la cruz que se forma en el lugar por el cruce de los ríos o tal vez, porque pusieron a la ciudad bajo la protección de la Santa Cruz.

 

En 1654 se prohibió la extracción de comida, a fin de no obstaculizar la manutención en el proceso de la trasmuta, también se protegieron canoas y maderas.

 

Pero, aun así, la pobreza obligó a suspender las obras; como último recurso demandaron la autorización para vaquear en la otra banda del Paraná, era un derecho en poder de los descendientes de Jerónimo Luis de Cabrera, su hijo, Francisco Luis, que estaba en Santa Fe, nieto de doña Jerónima de Contreras, acordó donar 20.000 cabezas e incluso ofreció la ayuda de sus bienes y persona para que se continúe la mudanza.

 

Entre 1655 y 1658, llegaron a soñar con devolver al río Salado a su anterior cauce, para alejarlo de las estancias por las inundaciones, una audacia que se frustró, impensable para un pueblo que no excedía las 3000 almas y afrontaba la empresa de mudarse. Recién en 1657 el procurador solicitó que el cabildo dispusiera la recogida de las cabezas donadas, lo que hicieron vecinos principales más la gente necesaria de mancebos e indios.

 

Se retomaron los trabajos, ahora contaban para los trabajo con guaraníes provistos por la Compañía de Jesús, pero una sublevación de los calchaquíes le exigió a la ciudad participar de una entrada al Valle para retirar la frontera; a la vez, los nuevos accidentes del río y otras razones forzosas les plantearon acelerar la construcción de la nueva ciudad, fue entonces que le pidieron al Obispo disponer de las 4000 cabezas de ganado que legara Jerónima de Contreras para los pobres, como también de los 300 pesos destinados a ornamentos, todo ello para sostener salarios aborígenes y gastos de la mudanza, además que facilite al cura del Salado para los Oficios de Semana Santa en la nueva población.

 

El trasiego tomó unos diez años, durante ellos se desarmaron los edificios y trasladaron por agua, en carros y mulas, a la nueva construcción, dejando muros y techos en el sitio viejo.

 

En 1660 ya constan asientos institucionales en la Santa Fe de la Vera Cruz, un bautismo el 6 de enero y una escritura pública el 31 de marzo, en tanto que el Cabildo sesionó por primera vez en noviembre de 1661.

 

La ciudad vieja siguió existiendo con unos pocos vecinos y una guardia para repeler a los aborígenes rebeldes hasta que los costos lo hicieron imposible.

 

La Real Cédula de la Reina Gobernadora que aprobó el traslado se firmó el 6 de mayo de 1670, cuando ya era una realidad.

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