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Jueves 19.11.2020
20:06

Por Carola Nin

La escuela que espera

Volver a las aula debe ser volver a una escuela mejor, que no repita la desigualdad sino que trabaje para mitigarla. Crédito: Archivo El LitoralVolver a las aula debe ser volver a una escuela mejor, que no repita la desigualdad sino que trabaje para mitigarla.
Crédito: Archivo El Litoral

Volver a las aula debe ser volver a una escuela mejor, que no repita la desigualdad sino que trabaje para mitigarla. Crédito: Archivo El Litoral



Por Carola Nin La escuela que espera ¿Sucumbiremos a la tentación de volver atrás, a la forma escolar que nos espera casi inmutable, débil para igualar pero tranquilizadoramente estable?

Por Carola Nin (*)

 

La irrupción de la pandemia de Covid 19 ha generado cambios en la vida cotidiana de las familias argentinas. Estas trasformaciones se manifiestan de diferente forma, según las actividades y condiciones de vida de cada hogar.

 

Sin dudas, en la tarea escolar, significó una enorme mutación.

 

¿Cuántos años hace que la escuela es la organizadora de la vida familiar argentina?

 

Sabemos que la "Gripe Española", a principios del 1900, o la "Poliomielitis" de 1956, trastocaron la rutina escolar, así como la reciente "Gripe A", que obligó a extender el receso de invierno, allá por el 2009. Sin embargo, desde que tenemos educación obligatoria, NUNCA vivimos un año escolar como este.

 

Nadie puede decir que hoy no hay escuela. Asistimos a una nueva forma de escolaridad, novedosamente desordenada y repetidamente desigual. Digo novedosamente desordenada, porque, por sus horarios y sus espacios, la escuela nos tiene acostumbrados a un ordenamiento que hoy ha volado por los aires. Afirmo esto de "repetidamente desigual" porque la escuela no escapa a su realidad y la Argentina es un país dolorosamente desigual. No decimos nada nuevo al afirmar que esta desigualdad se repite en la escuela y a veces también se agranda. Lo vemos en los resultados de la escolarización de nuestros niños, niñas y jóvenes. No se enseña ni se aprende lo mismo en todas las escuelas, porque las condiciones son tremendamente dispares. Repetiré ejemplos conocidos: niños y niñas que van a la escuela a comer, niños y niñas víctimas de violencias o del trabajo infantil. Pobreza y desempleo familiar atentan contra las posibilidades de los niños y jóvenes, a los cuales conceptualmente considero iguales en capacidades pero no lo son en posibilidades.

 

¿Seremos capaces de tomar el experimento escolar que está en marcha, compuesto por múltiples y diversas prácticas, para mejorar la escuela argentina? Mejorar significa hacer una buena escuela, una escuela que no repita la desigualdad sino que trabaje para mitigarla, para que seamos más justos socialmente, una escuela que ofrezca horizontes, que abra caminos, que tuerza repeticiones. Esa es una buena escuela, como nos enseñó Paulo Freire, una escuela donde preguntar no sea signo de debilidad, donde formemos chicos curiosos y comprometidos éticamente con su mundo.

 

¿Sucumbiremos a la tentación de volver atrás, a la forma escolar que nos espera casi inmutable, débil para igualar pero tranquilizadoramente estable?

 

Creo que quienes no apuestan a la educación como posibilidad de cambio y justicia social tienen una propuesta para la denominada "post- pandemia". Hace unos días releí una conferencia del sociólogo francés Dubet en un seminario de IIPE –Unesco (2004), en donde planteó que el neoliberalismo no es tanto un proyecto, es una respuesta basada en las elecciones utilitarias individuales. Agrego y repito es una respuesta "útil" a decisiones que las personas tomamos individualmente.

 

Tengamos cuidado. El cambio no puede ser más individualismo, sino más solidaridad. El cambio debe ser más justicia y menos desigualdad. Utilizar las tecnologías que incorporamos para llegar a los que no llegamos. Utilizar las experiencias de flexibilización del tiempo y el espacio escolar para dialogar con los adolescentes, buscando temáticas de su interés sin resignar la circulación del conocimiento.

 

El neoliberalismo ya sabe qué hacer, tiene la respuesta, ES la respuesta: más individualismo, más competencia, más meritocracia. Arrojados a la competencia, el discurso neoliberal se quedará con nuestras almas cansadas y hará estragos.

 

La escuela que espera tiene que porfiar al pretendido destino de la competencia, del sálvese quien pueda. La escuela que espera no puede esperar.

 

(*) Profesora en Ciencias de la Educación (UNR). Especialista en entornos virtuales de aprendizaje. Ex ministra de Educación de Santa Fe.

 

Asistimos a una nueva forma de escolaridad, novedosamente desordenada y repetidamente desigual. Desordenada, porque, por sus horarios y sus espacios, la escuela nos tiene acostumbrados a un ordenamiento que hoy ha volado por los aires.

Repetidamente desigual porque pobreza y desempleo familiar atentan contra las posibilidades de los niños y jóvenes, a los cuales conceptualmente considero iguales en capacidades pero no lo son en posibilidades.

¿Sucumbiremos a la tentación de volver atrás, a la forma escolar que nos espera casi inmutable, débil para igualar pero tranquilizadoramente estable?

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