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Jueves 19.11.2020 - Última actualización - 20:44
20:32

La peste en mi pago

Voy a demandar a la Peste

 Crédito: Pablo Aguirre
Crédito: Pablo Aguirre

Crédito: Pablo Aguirre



La peste en mi pago Voy a demandar a la Peste La vida por Zoom no es lo mismo que la vida. El mejor ejemplo es que nadie oferta jugar al truco porque mirar el semblante del otro hace al juego.

Ni siquiera es cuestión de almanaques, es como con la inseguridad: “cuestión de sensaciones”. Yo sé que estoy en cuarentena desde el 20 de marzo, antes que comenzara el otoño. Mi sensación es plena. Personal, intransferible y de fácil acceso. Año 2020. Complicado.

 

Don Alberto Ángel Fernández, el porteño, nuestro presidente, nos aconsejó oficialmente la cuarentena. Nunca se supo bien qué penas había –y hay– por infringir una cuarentena.

 

En mi pago no se sabe qué pena hay por narcotráfico al por mayor y menudeo, ni qué policía te detiene y porque una te puede secuestrar el revólver y no la bolsa con droga; difícil solución cuando el delito es según el cristal y el carnet con que te detienen, así que es fácil imaginar que nunca sabremos qué penas hubo/hay/habrá por infringir la cuarentena. De hecho circulan fotos que demuestran que en todas las ciudades hay fiestas grandes y denuncias inmensas que terminan en un hola y adiós. El Alberto Ángel Fernández, el porteño, no usa barbijo para las fotos y en Brasil las playas están llenas de muchachos y muchachas asoleándose. El mundo es raro, pero pasaron cosas, como decía Mauricio. Por lo pronto la gente se muere de la Peste. Es un dato.

 

En lo personal, el centro nuestro es el ombligo y la neurona que lo conecta, en lo personal el tema adquiere un significado diferente. No soy el mismo. Insistencia y obcecación. Me planto en el espejo.

 

Diferente amplitud en el abdomen pero, ay, la clínica demuestra que era necesario caminar. Más peso cuando, ay, ay, ay, todo sugería verduras, algas, pescados y finas hierbas.

 

No hablemos del pensamiento. Oscuros y siniestros laberintos de las madrugadas y el antídoto imperfecto: series televisivas. Los psiquiatras y sicólogos (no es lo mismo el uno y el otro oficio) tampoco trabajan de igual modo en “sofáes” recalentados que en computadoras también recalentadas. Nadie explica mi inconciente cuando llega una Peste que enmascara mis aversiones, angustias y esa maza en el esternón. Nada es igual, diría Discépolo.

 

En lo personal perdimos un precioso tiempo que teníamos ganas de perder de otro modo. La imposición iguala y acobarda, pone imperfecta la mentira y la esperanza que la mentira encierra… o al revés: nos mentimos esperanzas que la cuarentena alteró.

 

El conocimiento se detuvo. Pestalozzi era claro: “paso a paso y acabadamente…”. Así definía la enseñanza. Primero sumar y restar, después el cálculo trigonométrico. Un año el cerebro detenido porque no es lo mismo el paisaje desde una computadora que el paisaje. Un año el cerebro detenido. Mucho, che. La vida por Zoom no es lo mismo que la vida. El mejor ejemplo es que nadie oferta jugar al truco porque mirar el semblante del otro hace al juego.

 

Enseñar es un juego presuntuoso y necesario. Se perdió mucho tiempo. El tiempo es una convención o, si quiere, algo que pesa como la luz (decía el tío Albert) y que se cae por cualquier agujero negro que ande cerca.

 

Abogado se busca. Debe patrocinarme. La enseñanza que no fue, la amante que no pude ver, el viaje que ya nunca jamás y ese paisaje y esa puesta de sol que no retornan. La fiesta de cumpleaños de la tía Maruca, la que con sus caderas, hace años, mató un peón porque no vió abierta la puerta que daba al sótano y le cayó encima, pobre hombre. Tristes caderas de la tía Maruca. Y amplias. Todos los años las festejábamos.

 

El abogado debe explicar hasta los jacarandáes de noviembre sobre calle Vera, en Santa Fe, con sus florecillas explotando en celeste/lila/casi azul en estos días en cuarentena cuasi medieval, sin que las oigamos cuando pasan los autos por la mano que va hacia allá, hacia la Avenida Freyre.

 

Abogado piola y sabio. Debe explicarle al juez que esos ruidos, la fiesta de la tía Maruca, tan empolvada que daba gusto mirar sus mejillas de muñeca pepona de sofá, son parte de un faltante que desequilibra eso, el pecho, la angustia, la única enfermedad de la cabeza que se retroalimenta y más y más si estamos despiertos y por allí  va la cosa.

 

Abogado tranquilo y de intuición penetrante. Debe demandar al estado por las horas diferentes de un sueño que no está, que se fue con la decisión del mundo de poner la esperanza, la caja registradora, el sexo en stand by y el esternón en modo angustia perenne, como de caja automática por la carretera que no va a ningún lado, como en una fotografía que no se despinta, que al menos eso consolaría. Algún abogado debe defendernos contra la criminalidad que significa la esperanza perdida en el 2020. Help. Como rogaba Virgilio Espósito: …"que por lo menos salga el sol este domingo”…





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