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Viernes 27.11.2020 - Última actualización - 4:07
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Con la mano en el corazón

Diego no murió, sólo se fue a devolver lo que Dios le prestó

A los que nos apasiona el fútbol, la noticia nos shockeó mucho más de lo que nos hubiéramos imaginado. Lo que parecía que nunca sucedería, pasó: Maradona ya no está entre nosotros.

La mano de Dios. Diego ya la usó para llegar antes que Shilton. Fue el 1-0 a Inglaterra, después vendría el mejor gol de los mundiales y días después la usaría para levantar la copa. Sin dudas, el más grande futbolista de la historia.    Crédito: ArchivoLa mano de Dios. Diego ya la usó para llegar antes que Shilton. Fue el 1-0 a Inglaterra, después vendría el mejor gol de los mundiales y días después la usaría para levantar la copa. Sin dudas, el más grande futbolista de la historia.
Crédito: Archivo

La mano de Dios. Diego ya la usó para llegar antes que Shilton. Fue el 1-0 a Inglaterra, después vendría el mejor gol de los mundiales y días después la usaría para levantar la copa. Sin dudas, el más grande futbolista de la historia. Crédito: Archivo



Con la mano en el corazón Diego no murió, sólo se fue a devolver lo que Dios le prestó A los que nos apasiona el fútbol, la noticia nos shockeó mucho más de lo que nos hubiéramos imaginado. Lo que parecía que nunca sucedería, pasó: Maradona ya no está entre nosotros.

Antes que nada voy a aclarar una cosa. Periodísticamente la noticia es el único recurso informativo objetivo. Por ejemplo, todos sabemos que Diego Maradona murió este miércoles al mediodía en la casa en la que estaba residiendo en Nordelta a causa de un paro cardiorespiratorio. No hay nada más objetivo que eso.

 

Ahora bien, la aclaración viene a cuento porque de ahora en más voy a escribir lo que la noticia me produjo, no sólo eso, lo que me producirá durante mucho tiempo (imposible saber cuánto), y será, por supuesto, muy subjetiva.

 

Para contextualizar, por las dudas, voy a decir también que soy contemporáneo de Maradona (nací un año después que él), o sea que además de ser un apasionado por el fútbol, me crié y crecí viéndolo jugar, en realidad, viéndolo hacer cosas que a nadie, nunca, se las había visto hacer, y eso que también he visto a Pelé y a Cruyf, entre otros, sólo me hubiera gustado ver a Alfredo Di Stéfano, de quien me han contado maravillas.

 

El primer sentimiento, lógico y por demás de normal, fue de una inmensa tristeza. Sabía que ocurriría y que no iba a tardar mucho el día en que pasaría, pero igual, Diego me marcó no sólo en lo futbolístico sino en lo que me transmitía emocionalmente, sobre todo cuando jugaba para la Selección Argentina.

 

Cuando Diego se calzaba la camiseta albiceleste se metía dentro de la piel de todos los argentinos. Con la celeste y blanca nunca se guardó nada. Jugaba con las piernas y con un enorme talento, pero siempre el pecho adelante, porque con la casaca argentina su corazón latía mucho más de lo normal, justo ese corazón que poco después de cumplir 60 años dijo "basta".

 

Nunca olvidaré aquellas mañanas del '79, cuando cada vez que la Selección Juvenil Argentina jugaba en el mundial de Japón me levantaba más temprano que de costumbre (cursaba de mañana la secundaria en la antigua ENET Nro 1 Dr Nicolás Avellaneda) y llegaba más tarde a la escuela, pero feliz por haber visto a ese gran equipo del "Flaco" Menotti, que se coronó campeón por primera vez en su historia.

 

Tampoco se me borrará la imagen de su rostro cuando el mismo Menotti lo dejó afuera de la lista de 22 jugadores que disputaría el Mundial '78 (junto a Víctor Bottaniz y Humberto Bravo). Diego, con 18 años, nunca perdonó la decisión del DT, pero siempre la respetó.

 

Cuatro años después llegó su revancha, pero fue frustrante. Argentina, en un pésimo contexto político y social, no sólo fue eliminada en la segunda fase del Mundial '82 en España, sino que Diego fue expulsado en el último partido de nuestra selección en ese mundial, justamente contra Brasil, por una "plancha" a Batista (cansado de recibir patadas), cuando nuestro equipo era netamente superado y perdía 3-0.

 

Pero llegó 1986. México le daba a Maradona otra posibilidad, para la cual se preparó especialmente. Y no la desaprovechó. Si bien ya era una gran figura a nivel mundial por lo hecho en Italia vistiendo la camiseta del Napoli, no quería dejar pasara la oportunidad de cumplir su segundo sueño (el primero era el de jugar en la selección): "Salir campeón en un mundial".

 

Y lo logró. Esta vez de la mano de Carlos Bilardo y un equipo diametralmente opuesto al de cuatro años antes. Pero claro, el Maradona del '86 era un extraterrestre. Sabía que era "su" mundial y así lo tomó. ¡Qué suerte tuvieron los mexicanos de ver a los dos mayores exponentes del fútbol universal! Pelé en 1970 y Maradona en 1986, aunque lo realizado por Diego para Argentina fue mucho más trascendental lo de Pelé para aquella formidable selección de Brasil.

 

Muchas situaciones se dieron en México '86 para que Diego Armando Maradona pueda superar a "O Rei" Pelé en el '70. La que quedó como ícono indiscutible fue la tarde del 22 de junio, cuando por cuartos de final Argentina superó a Inglaterra 2 a 0. Le bastaron cinco minutos para derrumbar a una potencia futbolística, pero que además significaba (aunque muchos quieran evitarlo) saldar una cuenta pendiente con el desastre producido en las Malvinas en 1982.

 

A los 6 minutos del segundo tiempo, Diego le pidió prestada la mano a Dios para llegar antes que Shilton a esa pelota rechazada por un defensor inglés. La "trampa" del potrero, en ese momento perdonada por todo el pueblo argentino, sólo tardó 5 minutos en ser perdonada por todo el mundo futbolero.

 

Cuando Diego se disfrazó de cohete y desde la mitad de la cancha se lanzó hacia el área inglesa, eludiendo a todo rival que se animara a tratar de evitar lo que ya tenía en su mente: convertir el mejor gol de la historia de los mundiales. Lo logró, y no se conformó con eso. En semifinales le hizo dos goles a Bélgica para llegar, por primera vez a jugar una final de un mundial.

 

Faltaba muy poco para cumplir su segundo sueño. La poderosa Alemania estaba en el camino. Y Diego se puso el overol para cumplirlo. Argentina campeón y Maradona, por supuesto, el mejor. Y si era mejor que "O Rei", lo que quedaba era bautizarlo "Dios". Diego Armando Maradona: "Dios del fútbol mundial".

 

De todas maneras, el "Dios del fútbol" seguía con hambre de gloria. Llegó el Mundial 1990 en Italia, nada más ni nada menos que en el país al que Diego había dividido en la Italia del Norte y la Italia del Sur, la que lo amaba por todo lo que había ganado con el Napoli.

 

Sinceramente esa selección del '90 llegó a la final nuevamente contra Alemania "a los tumbos", y con un Maradona maltrecho físicamente (primero por una uña del pie a la que le habían extirpado y luego por un tobillo que parecía una pelota) pero con un corazón enorme. El partido definitorio se perdió por un penal dudoso cobrado por Codesal, pero ese equipo dejó una lección histórica.

 

Pero a Diego le quedaba más todavía para darle a la selección. Para jugar en Estados Unidos 1994 Argentina debió jugar el repechaje con Australia después de unas malas eliminatorias, las que habían sido jugadas sin él. Para esos dos partidos fue convocado mientras jugaba en Newell's, y gracia a su influjo se pudo clasificar.

 

Otro mundial con Maradona en cancha, ya con casi 34 años y con un par de retiros encima, pero anteponiendo su amor por la celeste y blanca antes que su salud y su físico. El antidoping lo dejó afuera del mundial por haber consumido una substancia prohibida, la que le había sido recetada por su médico personal. Fue su despedida como jugador de la Selección Argentina.

 

Nunca se guardó nada con la camiseta albiceleste. Se equivocó y pagó varias veces. Esta vez fue la última. Pero Diego no murió, sólo se fue a devolver lo que Dios alguna vez le prestó: su mano derecha.

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