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Sábado 28.11.2020 - Última actualización - 15:28
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Peisadillas

Alto en el cielo

No todos amaron a Maradona, pero quienes lo hicieron, no conocen de desamor, lo amarán sobre todas las cosas, sin condiciones, con la ceguera del amor y la estupidez del amor incondicional. Crédito: NANo todos amaron a Maradona, pero quienes lo hicieron, no conocen de desamor, lo amarán sobre todas las cosas, sin condiciones, con la ceguera del amor y la estupidez del amor incondicional.
Crédito: NA

No todos amaron a Maradona, pero quienes lo hicieron, no conocen de desamor, lo amarán sobre todas las cosas, sin condiciones, con la ceguera del amor y la estupidez del amor incondicional. Crédito: NA



Peisadillas Alto en el cielo

Nicolás Peisojovich

 

"Si yo fuera Maradona viviría como él. Porque el mundo es una bola que se vive a flor de piel" Manu Chao - "La vida es una tómbola"

 

Advertencia: todo lo que usted, querido/a lector/a va a leer en este texto, seguramente lo habrá leído, escuchado y, con seguridad, lo habrá sentido. Porque todo lo que aquí escribiré, muchos miles lo han escrito, leído, cantado, poetizado, contado, recitado, meditado y premeditado alguna vez.

 

Los sueños que hoy te cuento no son cuento, son sueños de taquitos, de rabonas; un sueño de amagues y boleas, de piques cortos y caños. Son sueños de feroces guerras campales en una cancha de fútbol, son sueños de una feroz guerra campal consigo mismo. Son sueños de camisetas de colores, de la celeste y blanca orgullosa como estandarte de guerra en paz. Los sueños que hoy te cuento no tienen forma de cuento, pero si comienza como tal, porque en todo comienzo siempre hubo una vez. Y cuando dentro de cientos de años se hable de fútbol, va a seguir existiendo alguien que le cuente a su hijo, a su nieto o a una audiencia informal, que hace muchos años hubo una vez un tipo llamado Diego Maradona, un petiso de Villa Fiorito que supo jugar al fútbol y que reinventó la manera de sentirlo.

 

Hubo una vez un pibe que maravilló al mundo con su zurda. Un metro sesenta y cinco centímetros medía, un metro sesenta y cinco lo retenía la gravedad terrestre desde sus pies pegados al piso hasta sus rulos (pongámosle un par de centímetros más en aquellos ochentas cuando lucía impresionante porra; otro centímetro más en su andar de pechito inflado y cabeza altanera), pero lo que hizo, lo hizo en ese corto cuerpito de 1.65 metros. El pibe, ese que después lo llamaron de oro, volaba con la pelota en los pies. Flotaba en la cancha y flotaba entre los reporteros gráficos, tratando de desaparecer en medio de ese mar de flashes y palabras inquisitivas, es que todos querían tener un poco más de él, todos querían un cacho de Maradona, y no importaba si era por sus actos dentro de la cancha o por lo que hacía afuera de ella, todos querían tener una parte de Diego, como si él no hubiera dado nada. El miércoles 25, que fue el día en que se pararon las rotativas -término desusado– a las 13:15 más o menos nos enteramos que había dejado de existir "El Diego"; no hacía falta explicar de qué Diego hablábamos, porque existen miles de Diegos, pero uno sabía fehacientemente que cuando hablaban de "El Diego", solamente se referían a un Diego, el único Diego existente en el planeta argento. ¿Che, se murió el Diego?; y sí, ya sabíamos por quién preguntaba, y sí, se había ido "el Diego", y con él se iba parte de nuestra historia conjunta, parte de nuestra argentinidad, argentinidad más al palo que nunca. Diego Maradona tuvo todo aquello que representa a la argentinidad de exportación. Pido perdonen mi exceso de generalidad, pero Maradona tenía lo mejor y lo peor del argentino, y en Diego se potenciaba porque siempre había una luz de cámara prendida, cientos de micrófonos abiertos y miles de testigos que reprodujeron sus actos y sus palabras. Sus logros y sus humanas miserias siempre estuvieron expuestas. Nosotros somos insignificantes ignotos, pues todo lo que llevaba su firma era periódica carne de cañón que los programas de tv, radios y diarios reprodujeron hasta la exasperación. Diego tuvo la mala fortuna de tener como víctima a Maradona.

 

Imagínese, si ya es difícil ser humano, comprenda un minuto lo que debe ser estar en la piel de dios. Pongámosle que muchos "psicolocos" y aquellos que están atrás de la psiquis (psiquiatras) digan que Maradona tenía un gran complejo de dios; término introducido allá por la década del 30 por el psicoanalista Ernest Jones, complejo que describía a aquellas personas que tienen una personalidad ególatra, arrogante y altiva, con un pronunciado exceso de orgullo. ¿Cómo no ser orgulloso si había todo un país detrás con todas las ilusiones puestas en ese jugador excepcional? ¿Cómo no inflar el pecho, con la mirada llena de bronca, cantando el himno y mirando de soslayo a ese equipo que lucía la bandera colonialista que 4 años antes flameaban sus congéneres mientras se llevaban las vidas de unos cuantos pibes y que ya se habían adueñado de las islas otros cientos años atrás, en un acto de piratería extrema? La venganza fue terrible, la lucha no fue desigual -te teníamos a vos, Diego, utilizando la famosa "Mano de Dios"-, nuestro angustioso y primal grito estalló desahogado y aliviador, cargado de bronca contenida, de ojos acuosos y sanguíneo sentir. No importaba si era la mano del 10 o la de dios, era el uno a cero que nos sacaba de la miseria y la tristeza; que nos colocaba del lado de la ilusión, aunque sólo fuera por una pelota que embarazaba la red, y que para nosotros fue como un juramento eterno de amor a la patria y a Maradona como parte crucial -Maradona era el artífice, el artesano- porque fue su mano la que dio forma a la ilusión. Y cuando todo indicaba que la historia no se reescribiría, en el minuto 55´ y en solo 10 segundos, Maradona recorrió 52 metros y dejó afuera a 5 ingleses para dejar en claro que a partir de ese preciso instante se convertiría en ese hombre idolatrado fútbolísticamente y amado incondicionalmente hasta la eternidad. Maradona fue sinónimo de Patria. El fútbol pasó a ser una cuestión nacional, de orgullo patrio, símbolo de nuestra lucha eterna, el renacer de los desvalidos. El fútbol dejó de ser deporte para pasar a ser gesta y lucha nacional.

 

No todos amaron a Maradona, pero quienes lo amaron, no conocen de desamor, lo aman y amarán sobre todas las cosas, sin condiciones, con la ceguera del amor y la estupidez del amor incondicional. Y quienes no lo quisieron, tampoco pudieron ser impermeables a todo lo que Diego generó, son los convidados de piedra de esta fiesta de amor popular y despedida de su paso a la inmortalidad.

 

Recitó, "cuenteó" alguna vez mi admirado Eduardo Galeano: "Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón".

 

Vuela alto en el cielo, así como lo hiciste en nuestra tierra.

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