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Martes 01.12.2020 - Última actualización - 20:14
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Veintitrés relatos místicos

El eterno regreso de Don Augusto

 Crédito: Gentileza
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Veintitrés relatos místicos El eterno regreso de Don Augusto Don Augusto y Margarita, vivieron una década juntos, sin molestar a nadie y en armonía; tirando cartas y adivinando el futuro a quienes lo solicitaban, pero siempre de manera reservada.

Yo pensaba igual que vos… Igual que todos, pero la vida me ofreció un puñado de historias, historias místicas que lograron cambiar mi mirada. Las escribo dispuesto a compartirlas y sólo eso; sin ánimo de persuadir a nadie, pero convencido de que hay una parte de cada uno de nosotros que siempre supo la verdad… y espera.

 

Hace algún tiempo leí en el diario que había muerto Uwe Fischer; un viejo polaco que vivió casi toda la vida en su pequeña casa de barrio Ciudadela. Y me conmoví.

 

Uwe Fischer, vivió hasta su muerte con una mendocina llamada Margarita Ramírez. Lo curioso es que ella, su pareja, tenía treinta y cinco años más que él.

 

Eso, naturalmente, había dado lugar a ciertas habladurías en el barrio; pero sólo al principio, luego los vecinos se fueron acostumbrando. Incluso algunos pocos que conocieron parte de la historia miraban a la extraña pareja con cariño. Como yo.

 

Resulta ser que Margarita, había tenido un matrimonio anterior, corto pero intenso, que la alentó a dejar la tierra de la vendimia para instalarse definitivamente en Santa Fe.

 

Su marido era un brujo local de renombre, muchos años mayor que ella.

 

Por algún motivo que escapa a mi conocimiento (aunque bien puedo imaginar) ella, una joven agraciada y con buena vida por delante, decidió abandonar el paisaje cordillerano, padres, hermanos, amigos y hasta un prometido de familia acomodada, para venirse a vivir con Don Augusto, en su consultorio esotérico del barrio Ciudadela.

 

¡Brujería!

 

Una auténtica locura, inexplicable para la pacata sociedad provinciana de aquí y de allá.

 

Lo cierto es que Don Augusto y Margarita, vivieron una década juntos, sin molestar a nadie y en armonía; tirando cartas y adivinando el futuro a quienes lo solicitaban, pero siempre de manera reservada. Sin escándalos y con alegría, alegría de estar vivos, alegría de estar juntos. Y ya.

 

Llegados los años sesenta, Don Augusto enfermó y murió, durmiendo en su cama pobre de siempre, al lado de su joven amor.

 

Ella para nada se mostró afectada, lo que llamó la atención de la gente cercana. No se mostró afectada pero juró nunca volver a casarse pese a tener apenas treinta y ocho años.

 

Y cumplió, al menos hasta la llegada del joven polaco, veintisiete años después.

 

El destino puso en mi camino a Uwe Fischer el mismo día que llegó a Santa Fe.

 

Aun bien lo recuerdo. Pálido como la nieve de su tierra natal, rubio furioso, su pelo fino y ralo que avizoraba una calvicie inevitable; flaquito y enjuto; envainado en un saco de solapa ancha y pesado, sobrado por todos lados, altisonante para el calor santafesino.

 

Lo vi desorientado, parado en la puerta de la terminal con una valija de rígido cartón marrón, de esas que usaban los inmigrantes para traer vajilla y enseres incompletos.

 

Me preguntó, en español balbuceante, si sabía donde quedaba la dirección remarcada en el mapa que blandía en su mano libre.

 

Me sorprendió.

 

- ¿De dónde sos?

 

- De Radom a orillas del río Mleczna. Largó como si se tratara de acá a la vuelta.

 

- ¿De dónde? Volví a la carga…

 

- De Polonia.

 

- ¿Y qué haces en Santa Fe?

 

- Busco esta casa. Me dijo mirándome a los ojos, volviendo al punto rojo en el mapa.

 

Lo llevé.

 

Supuse que al abrir la puerta aparecería algún compatriota de innegable estirpe aria, pero me equivoqué. Apareció Margarita, una señorona morocha, con delantal floreado y una sonrisa amplia y rutilante; desde hacía casi treinta años, viuda del brujo del barrio.

 

Por algún motivo que escapa a mi conocimiento (pero bien puedo imaginar) luego de intercambiar tres o cuatro frases y una mirada larga a lo profundo de sus ojos, se echó a los brazos del joven polaco que no paraba de llorar como un niño.

 

Hasta la muerte de Margarita, diez años después de ese primer (re) encuentro, fueron inseparables. Los vecinos volvieron a mirarlos con recelo; pero sólo al principio, luego se fueron acostumbrando. Incluso algunos pocos que conocieron parte de la historia miraban a la extraña pareja con cariño. Como yo.

 

Ella solía justificarse diciendo a quien quería escuchar, que le costaba pronunciar su nombre polaco y por eso lo llamaba Augusto. Pero yo se que era excusa.

 

El jueves volví a la casa de Ciudadela después de muchos años. Sigue exactamente igual.

 

Bajé del auto con la intención de asomarme por el tapial del fondo. No llegué a hacerlo, una joven mujer desalineada me salió al cruce desde el interior.

 

- Estoy legal. Me dijo, confundiéndome vaya a saber con quién. Don Fischer me donó la casa antes de morir.

 

Nada dije. ¿Para qué? Sólo me dispuse a huir subiendo al coche.

 

Ella, en la vereda y acariciándose en redondo su panza embarazada me largó.

 

- Este será nuestro hogar. Y concluyó. ¡Maravillosa coincidencia!

 

Por algún motivo esa última frase, se clavó en mi conciencia. Desde hace días vengo buscando mil interpretaciones, todas delirantes.

 

Don Augusto y Margarita, vivieron una década juntos, sin molestar a nadie y en armonía; tirando cartas y adivinando el futuro a quienes lo solicitaban, pero siempre de manera reservada.

Supuse que al abrir la puerta aparecería algún compatriota de innegable estirpe aria, pero me equivoqué. Apareció Margarita, una señorona morocha, con delantal floreado y una sonrisa amplia y rutilante.

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