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Sábado 19.12.2020 - Última actualización - 19:38
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Peisadillas

El año que vivimos en peligro

Médicos chinos apenas comenzaba el 2020. El mundo nunca imaginó que esta imagen se repetiría en todos los países del globo. Crédito: Archivo El LitoralMédicos chinos apenas comenzaba el 2020. El mundo nunca imaginó que esta imagen se repetiría en todos los países del globo.
Crédito: Archivo El Litoral

Médicos chinos apenas comenzaba el 2020. El mundo nunca imaginó que esta imagen se repetiría en todos los países del globo. Crédito: Archivo El Litoral



Peisadillas El año que vivimos en peligro 2020 comenzó con un rumor. En vísperas del último día del año nos enterábamos que en China había una nueva gripe de alta mortandad. Lo que se descubrió aquel último día del año viejo, es lo que nos acongojó en el año por venir.

"La única manera de conservar la salud es comer lo que no quieres, beber lo que no te gusta, y hacer lo que preferirías no hacer." Mark Twain

 

¿Cómo hacer para dejar de soñar? ¿andar con los ojos abiertos? No, no sirve, es maravilloso soñar con los ojos abiertos, porque los sueños de ojos abiertos son deseos. Es así nomás, escribiendo estas "Peisadillas" y a sólo semanas de finalizar el año que imagino todos queremos que termine, me pongo a soñar con ojos abiertos, o sea, me pongo a desear. Y en ese transcurrir de buenos deseos creo que todos soñamos –deseamos- lo mismo, que esta perversa enfermedad que se lleva principalmente a nuestros viejitos, finalice de una buena vez. Mientras miramos con espanto la nueva ola de contagio que empezó a azotar Europa, acá, en la agrietada sociedad argenta, se discute a nivel mediático la vacuna rusa. Se encara el tema desde lo ideológico y se utiliza políticamente, detractores y defensores ponen el grito en el éter. La vacuna que el gobierno nacional está negociando se desconoce o se reconoce; se ensalzan sus virtudes o se humilla por su origen. Parecería que la decisión de vacunarse o no, va a depender exclusivamente de si somos zurditos o si somos fachos, si nuestro corazón mira al norte; si somos europeos enclavados en la tierra de las oportunidades desechas por culpa de sus habitantes originales o criollos de sangre gauchesca, o si simpatizamos con las ideas comunistas de nuestros lejanos parientes de las estepas que se "aggiornaron" gracias a la ya lejana Perestroika.

 

Asistimos a este circo mediático sin pan; algunos esperando el aguinaldo, otros esperando algún que otro bono bonito y, los más, imagino, esperando que se termine este año de porquería (el único sinónimo respetable para no decir "mierda").

 

No hay caso, en un abrir y cerrar de ojos ya estaremos en las gateras ansiando salir presurosos para empezar a vivir –si se puede- el año que viene, el 2021. Dejaremos atrás este maldito año que por suerte se deshace en días. A principios de los años ochenta hacía su aparición una película con el nombre que da título al texto, en ella aparecía un joven Mel Gibson que luego y a lo largo de la década siguiente haría las delicias del gran público norteamericano y mundial; pero no es mi intención hablar de él, solo me remito al título de esa película australiana para graficar el sentir de nuestras castigadas humanidades en el año que corre definitivamente a la meta. Y pongo que brindaremos por dejar atrás este merd… perdón, este último mes del año en que vivimos en peligro.

 

El 2020 comenzó con un rumor. Recordemos que en vísperas del último día del año nos enterábamos a través de las noticias, a modo de cuento chino, que en China se había descubierto un nuevo tipo de gripe de alta mortandad. La llamaron, como todos sabemos, Coronavirus o Covid-19, si se hubiera manifestado un par de horas después quizás se hubiese llamado Covid20, pero bueno, eso queda en el plano de la suposición. La cuestión es que lo que pasó después, nos agarró a todos por sorpresa. Todo, o casi todo, proviene de China, estoy seguro que el celular que portas en tu bolsillo, las placas y componentes de la computadora donde lees el diario online, las zapatillas de marca yanqui o italianas; hasta los escarbadientes con los que pinchas las aceitunas mientras degustas un liso; es casi seguro que tendrá la etiqueta o la impresión de que está fabricado en China.

 

Por aquellos días escuchábamos a Trump, ahora "trumpita", echándole odiosos y furibundos mensajes a los chinos por su descarada manera de conquistar al mundo sin usar armas, sin imponer democracias y por fin, acusándolos de estar jugando a la guerra química. Todo muy bien respaldado por noticias que rozaban lo amarillista (no porque venían de los chinos, sino por el enfoque tremendista de algunos medios, conste). Entonces, comenzamos a asistir al flujo constante de la enfermedad con cierta despreocupación, pues la veíamos muy lejos, como si el problema fuera de otros, desestimando con cierto desdén e inacción la pandemia que se estaba desarrollando frente a nuestras narices, ahora enfundadas con tapabocas. Intereses en juego más, intereses en juego menos, lo que se descubrió en aquel último día del año viejo, es lo que nos acongojó en el año por venir.

 

Una de las lecturas autoimpuestas y que prevalecieron en la elección del público lector apenas se declaró la pandemia fue "La Peste", del escritor francés Albert Camus. Los sitios de internet, blogs, redes y demás plataformas se llenaron de textos, frases, referencias y ensayos del citado libro para descontextualizarlo y compararlo analógicamente con lo que estábamos viviendo. Si bien el contexto en el que fue escrito era totalmente diferente, cuando uno vuelve a leer ese libro, o para quien lo lee por primera vez, descubre que el comportamiento humano frente a la epidemia que relata la novela y que Albert Camus describe con excelencia, es prácticamente igual al que nos sucedió. Estamos hablando de una novela que fue publicada hace poco más de 70 años, y salvando algunos matices propios de la época y de la visión del autor a través del personaje, el doctor Rieux, mucho no ha cambiado.

 

Por suerte contamos con el humor, el buen humor nacido del buen amor, ese hermoso sinsentido del tacto, ese mecanismo de defensa que nos protege del ridículo; esa fantástica coraza que nos defiende de las malas vibras; esa inyección adrenalínica tan necesaria cuando nos ubicamos en el lugar políticamente incorrecto. El humor salva.

 

Siendo conscientes y sabiendo que el espíritu humano sigue buscando las maneras de apaciguar los sinsabores de la existencia o el dolor de la pérdida, nos encontramos con maravillosos memes o acciones que reconfortan los malos momentos. Y vemos últimamente replicado en las redes la publicidad de un espumante de una centenaria y reconocida bodega cuya etiqueta reza: "2020 es un Extra Brut de un color amarillo brillante, fresco, con delicadas notas frutales y cítricas, pensado para ocasiones tan sublimes como de enviar este año calendario de dos mil veinte a lugares especiales, oníricos". "2020 LPQTP".

 

Hay que reírse de la adversidad, pues no existe mejor puente que la risa colectiva, la risa nos conecta, nos une, nos iguala. Mientras tanto sigámonos cuidando que el 2020 está empezando a terminar, y queda mucho 2021 por empezar.

 

2020 comenzó con un rumor. En vísperas del último día del año nos enterábamos que en China había una nueva gripe de alta mortandad. Lo que se descubrió aquel último día del año viejo, es lo que nos acongojó en el año por venir.

Por suerte contamos con el humor, el buen humor nacido del buen amor, ese hermoso sinsentido del tacto, ese mecanismo de defensa que nos protege del ridículo; esa fantástica coraza que nos defiende de las malas vibras.

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